De las muchas respuestas que se han dado a la eterna pregunta de para qué sirve la literatura, creo que la que mejor cuadra con mi última novela es aquella que atribuye a la narrativa cierto poder catártico. Aristóteles ya preveía que la poética tuviera esta función en la Grecia clásica, pero lo cierto es que este no era mi propósito inicial cuando decidí cerrar la trilogía que había escrito sobre la guerra civil y el exilio con una novela que narrara la peripecia humana de una familia durante la primera mitad del siglo XX que fue nuestro infierno de Dante.

Mi objetivo era más modesto, más propio de una novela histórica, sin derivadas tan ambiciosas, entre otras cosas porque pienso que la literatura tiene que plantear más preguntas que respuestas y el novelista no debe tener pretensiones que no sean la de contar historias y escribirlas bien. En esto coincido con Sergi Pàmies cuando dice que «en general la función catártica (de la literatura) es escribir, no aquello que escribes».

Lo que yo pretendía, más modestamente, era escribir una historia protagonizada por personajes ficcionados que atravesaran este periodo tan terrible de nuestra peripecia colectiva, especialmente el que va de 1936 a 1945. Una década ominosa que sufrieron muchos exiliados catalanes y españoles desde que empezó la guerra civil hasta que acabó la segunda guerra mundial. Así es como empecé, con un relato que tenía que reflejar el sufrimiento dantesco de aquellos años aun siendo una historia de superación de las penurias que tuvieron que sufrir los vencidos.

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