En las últimas semanas hemos hablado y oído hablar mucho del Sahara. Este es un debate que viene de lejos y, por tanto, es ciertamente complejo.

Si bien antes de la Transición ya era un asunto espinoso por diferentes motivos, desde que España, en los últimos compases del régimen, se retiró del Sahara Occidental y facilitó que Marruecos y Mauritania dominaran el territorio, los vaivenes y la ambigüedad han sido un continuo en la política exterior española y una fuente de incomodidad para los sucesivos gobiernos del Estado.

Es relevante que, al coincidir el final de la dictadura —y el inicio de la Transición— con el nuevo estatus del Sahara Occidental, esta no haya sido casi nunca una cuestión de consenso en la política española, a diferencia de otros grandes acuerdos que sí se alcanzaron en los incipientes primeros pasos de la democracia en nuestro país. En un primer momento, los gobiernos de la UCD tuvieron que hacer frente a las críticas a derecha e izquierda por su bajo perfil. Más tarde, Felipe González prefirió privilegiar las relaciones con Marruecos en detrimento del pueblo saharaui. Los siguientes gobiernos mantuvieron posturas similares hasta que, recientemente, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ha considerado —de la misma manera que lo habían hecho Alemania y Estados Unidos en los últimos meses— la propuesta de autonomía formulada por Marruecos en 2007 como la opción «más seria, realista y creíble».

Al margen de la política, sin embargo, la población del Sahara ha sufrido las consecuencias del conflicto durante las últimas décadas. Dieciséis años de conflicto armado (1975-1991) y una numerosa llegada de ciudadanos marroquíes (350.000 solo en la Marcha Verde de 1975) constituyen dos muestras de los cambios que se han producido económica y socialmente en este territorio norteafricano.

Protagonizan este álbum imágenes que testimonian el impacto de todo ello. Y, sin embargo, ya sea gracias a los recursos naturales o a la ayuda de organismos de cooperación internacionales, la región se ha mantenido viva, desarrollando y manteniendo actividades económicas como la pesca, conservando las tradiciones y las costumbres conservadas durante siglos. Se ha luchado para mantener también la ilusión y la fuerza vital de la población infantil; muchos niños han sido acogidos en verano en pueblos y barrios de nuestro país. Y viva se mantenía también la esperanza de resolver el conflicto, como lo habían mostrado en España durante los últimos años diferentes movimientos sociales, los mismos que recientemente han protestado en todo el país por la última decisión del gobierno de Pedro Sánchez.

Desconocemos cómo evolucionará esta cuestión incómoda que ha sido y es el Sahara. No obstante, más allá de la geopolítica, perdurará una manera de ser y de vivir, una muestra de la cual os acercamos en estas páginas.