Poco podían imaginar los ermitaños y peregrinos de las iglesias de Tigré cuando, en febrero de 2020, recibieron a un grupo de viajeros de la agencia Terres Llunyanes, que un mes después llegaría la cruel pandemia del Covid, que seis meses después empezaría una guerra civil contra el gobierno de Addis Abeba y que, al mismo tiempo, se quedarían sin alimentos por culpa de la peor sequía que ha vivido el país en cincuenta años, según Save the Children

El aislamiento en el que se encuentra actualmente esta zona de Etiopía hace que no haya cifras oficiales de las víctimas de la guerra, pero la ONU advierte de miles de muertos y dos millones de desplazados. Amnistía Internacional, por su parte, alerta que la ayuda internacional casi no llega y que la necesitan 22 millones de personas.

Con la firma, el 2 de noviembre, del alto el fuego y el posterior acuerdo de desarme y de apertura de corredores humanitarios existe la esperanza de que la paz vuelva a este remoto y desconocido rincón del mundo.

Tigré es la región más al norte de Etiopía, fronteriza con Eritrea y con la región de los Afar, una belicosa etnia del Cuerno de África. El altiplano de Abisinia está salpicado por las abruptas montañas de Gheralta que ocultan, como tesoros que proteger, centenares de iglesias ortodoxas excavadas en la roca. El acceso a ellas es extremadamente difícil, hasta el punto de que en algunos casos incluso hay que escalar para alcanzarlas.

Los cristianos ortodoxos escogieron esto lugares tan remotos e inaccesibles para esconderse ante las incursiones musulmanas. Una leyenda que ha llegado hasta nuestros días explica que el Arca de la Alianza estuvo oculta en una de estas iglesias. Ahora los etíopes dicen que se guarda en una iglesia de Aksum, pero no se puede visitar para comprobarlo. La reina de Saba recibió el Arca, que guardaba en su interior las tablas de los Diez Mandamientos, de manos del rey Salomón y la llevó a la actual Etiopía.

Las paredes de las ermitas están cubiertas de frescos del siglo XV en estado original, sin restaurar. Entre las escenas bíblicas y religiosas, destaca una pintura en el templo de Abreha y Atsbeha de un Sant Jordi montado a caballo matando al dragón.

Unos sacerdotes que parecen salidos directamente de un pasado muy lejano son los guardianes de estas joyas de la antigüedad en una región castigada históricamente por las guerras, la violencia y el hambre.

Texto y fotografías de Xavier Jubierre