Se han hecho muchas interpretaciones de la decisión de Vladímir Putin de invadir Ucrania provocando, además de los desastres de la guerra, una gravísima crisis internacional. Algunas abundan en la idiosincrasia del personaje, marcada por la historia reciente de Rusia. Se puede aportar una interpretación más, basada en los efectos, poco considerados, del deficiente desarrollo de Rusia, que en 2021 ocupaba el puesto 52 de 189 en el Índice de Desarrollo Humano, elaborado por las Naciones Unidas. España se situaba en el 25.

La URSS fue el país más extenso del planeta, 22,4 millones de kilómetros cuadrados, un imperio continental donde por tierra nunca se ponía el sol. La Federación de Rusia, heredera de la URSS, ha quedado reducida a 17.098.250 km² al desmembrarse aquella. Entre otros desgajamientos, los de Ucrania (603.700 km²) y Bielorrusia (207.600 km²). Aun así, Rusia es ahora el país más extenso, con 11 husos horarios de los 24 existentes en el mundo.

Rusia dispone de una de las mayores y más variadas reservas de recursos energéticos y minerales del planeta: gas natural, carbón, petróleo crudo, hierro, níquel, bauxita, cobre, estaño, sales de potasio, cobalto, wolframio, uranio, plomo, zinc, oro, diamantes, platino, antimonio… Es una potencia cerealista, principalmente en el cultivo de trigo, produce el 13% del total mundial de fertilizantes y tiene el 22% de la madera del planeta.

La población de 143.446.060 habitantes (2021), con una evolución demográfica un 0,4% negativa, estaría formada y capacitada para un desarrollo económico y social avanzado, no logrado hasta ahora. Rusia es rica, pero los rusos no son proporcionalmente afortunados.

El PIB de Rusia es de 1.502.737 M€ (2021), solo un 24.8% superior al de España, 1.206.842 M€ (2021) –por las magnitudes respectivas debería quintuplicarlo como mínimo–, y el PIB per cápita de 10.312 M€ (2021) –un indicador descarnado del bajo nivel de vida de los rusos, oligarcas y nomenklatura aparte– es un 40,44% inferior al de España, 25.500 € (2021). El salario mínimo interprofesional de Rusia, aumentado con toda intención un 10% en mayo último en plena guerra de Ucrania, es de 241 € mensuales, el de España, de 1.000 € (2022).

Y un par de datos más para redondear el cuadro macroeconómico: el gasto público per cápita de Rusia es de 3.746 € anuales, el de España 12.856 € (2021); la pensión media de jubilación en Rusia, también incrementada un 10% en mayo de 2022, es de 303 € mensuales, la de España, de 1.251,54 (abril 2022).

Si la comparación se hace, como tocaría, con Alemania –la primera potencia económica de Europa y rival histórico de Rusia–, 357.580 km², el 2% de la superficie de Rusia, 83.237.124 habitantes (2022), el 58% de la población rusa, un PIB de 3.601.750 M€ (2021), un PIB per cápita de 43.290 € (2021), 4,19 veces superior al ruso, un gasto público per cápita de 22.084 € (2021), un salario mínimo de 1.585 €, una pensión mínima de 1.250 + 404 € (2022), entonces Rusia sale muy mal parada.

Todavía hay algo peor que la comparación con las economías europeas. Putin aspira a dirigir un sistema mundial librado del dominio de los Estados Unidos, de Occidente en sentido lato, incluida Europa. La pretensión –poder nuclear al margen, el mayor por el número de cabezas nucleares– resulta ridícula ante el PIB (2021) de los Estados Unidos (19.443.700 M€), de China (14.994.600 M€), de Japón (4.174.700 M€) y de una India en ascenso (2.683.200 M€).

Además de la patente inferioridad macroeconómica respecto a las grandes potencias, Rusia carece de poder blando (soft power), no tiene nada que ofrecer, nada que incite a ser imitado –salvo la autocracia por los ultraderechistas europeos y de otros lares–, poder blando que tan bien explica la hegemonía cultural de Occidente, y, especialmente de los Estados Unidos. Una tienda de un concesionario local de Apple, de las que tantas hay, revela en todas partes la presencia norteamericana. A Rusia no se la ve en ningún lado.

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Convenía recuperar estos datos, que en las regiones periféricas a la Rusia europea aún son peores, para la comprensión de los movimientos de Putin.

El conjunto de las cifras pone en evidencia un desarrollo económico y social de Rusia muy por debajo de sus potencialidades, un atraso en casi todos los órdenes respecto a Occidente, lo que significa un innegable fiasco, tanto histórico como actual, de la clase dirigente rusa y, en particular, de Putin instalado en el poder desde 1999 –entonces como presidente del gobierno– y desde el 2000 como presidente de la Federación de Rusia.

Putin ha alternado ambos cargos con Dímitri Mevédev, fiel lacayo, para eludir la limitación constitucional a 4 años, y tiene la pretensión de detentar la presidencia hasta 2036, de acuerdo con una ley hecha a medida, aprobada en abril de 2021 después de una reforma constitucional refrendada. Si lo consiguiera, tendría 85 años y superaría en 6 años el récord de Stalin de permanencia en el poder. Esta ambición desmesurada encaja en la visión determinista de Putin y de su propio destino personal de (re)construir la Gran Rusia, en la que Ucrania sería una pieza obligada.

Las agresiones a Ucrania, en 2014 y 2022, con las anexiones de Crimea y Sebastopol el 2014 y ahora con las de los territorios de Donetsk, Lugansk (Donbás), Jersón y Zaporíjia, que no ha conseguido ocupar o retener militarmente por entero, en todos los casos con la celebración de referendos ful, Rusia adquiriría mediante el uso de la fuerza, vulnerando la Carta de las Naciones Unidas y, consecuentemente, sin reconocimiento internacional, un 19,4% del territorio ucraniano, unos 117.000 kilómetros cuadrados, mucho más que la superficie de Portugal, pero una pulgada comparado con la inmensidad del territorio de la Federación, tan rico y tan mal aprovechado.

 

¿Qué busca Putin en esos territorios, que no tenga abundantemente en su país?

A pesar de que el valor estratégico de Crimea es muy importante para Rusia –asegura el control del Mar Negro por la flota estacionada en la base naval de Sebastopol– y el Donbás, antes de su destrucción por los unos y los otros, estaba bien dotado en producción cerealista, minería del carbón e industria pesada (obsoleta en su mayor parte), la ganancia no compensa el coste ni de lejos.

Lo que la Rusia de Putin está perdiendo con la guerra de Ucrania ha sido bien analizado. Lo que pretendía ganar territorial, económica y estratégicamente es el chocolate del loro, la aventura está falta de cualquier justificación por una necesidad real.

Tampoco se justificaría como un intento de frenar la expansión hacia el este de la OTAN y de desestabilizar la Unión Europea; en este sentido a Putin le ha salido el tiro por la culata. Ha pasado exactamente lo contrario: la OTAN se ha reanimado y se amplía con el previsto ingreso de las otrora neutrales Suecia y Finlandia, los Estados Unidos vuelven a comprometerse en Europa –han enviado nuevos efectivos militares, lo que no habían hecho desde 2014–, la unidad de Europa se ha fortalecido, los occidentales rearman a Ucrania y la sostienen financieramente.

Mientras que en el embate Rusia ha perdido el mercado energético europeo mucho más rentable que el asiático (donde tiene que hacer rebajas de saldo), además de las cuantiosas pérdidas en personal y armamento ha mostrado debilidades militares y de inteligencia que más le hubiera valido ocultar, está padeciendo duras sanciones económicas y financieras y un aislamiento internacional como nunca conoció la URSS.

La Asamblea General de la ONU ha condenado el intento de anexión ilegal de los territorios ucranianos por la aplastante mayoría de 143 votos, 35 abstenciones y solo 5 votos en contra, los de Corea del Norte, Nicaragua, Siria y Rusia.

El ataque a Ucrania es una guerra personal de Putin, una decisión de autócrata, aparentemente injustificada, por eso cuesta tanto entender. Más allá de su pensamiento historicista de andar por casa, en extremo fantasioso sobre una Gran Rusia –una retahíla de ideas ideológicas que no resisten un mínimo de racionalidad y de contraste con la realidad–, Putin, buscando victorias y trofeos espectaculares a las puertas de Europa, de hecho, intenta compensar, sublimar en cierta manera, el eterno fracaso de Rusia en el desarrollo económico y social, la democratización y la modernización cultural, siempre frustrados, siempre pendientes, y presentar a la población rusa tal muestra de poder como una suerte de compensación.

Tenía la misma función, pero paródica del poder, la mesa de 4 metros de largo a la que Putin sentó en el otro extremo al canciller Olaf Scholz y al presidente Emmanuel Macron cuando lo visitaron y les dijo, pocos días antes de la invasión, que no pensaba invadir Ucrania.

Igual como la URSS, la Rusia de Putin teme la comparación con Europa, a la vez que envidia su prosperidad. Por el contrario, a Putin las libertades europeas –inseparables de la prosperidad– le traen sin cuidado, las considera una debilidad y una decadencia. Ya en los años 1980, Putin se percató de la prosperidad europea siendo oficial del KGB en la República Democrática de Alemania, un observatorio privilegiado por el contraste con la pujante Alemania Occidental, exponente de la exitosa reconstrucción de Europa después de 1945, mientras que Rusia había hecho una reconstrucción insuficiente y de mala calidad.

La URSS, incluso ocupando, vía estados satélites, el glacis de Europa oriental nunca dejó de temer a «Europa». En el fondo, excusas ideológicas aparte, reprimió Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) y Polonia (1980) para impedirles un acercamiento al modelo de Europa occidental. Y ahora Rusia, que tanto imita a la URSS, invade Ucrania para evitar que sea «más Europa».

Formulemos metafóricamente la interpretación: si la pensión media de jubilación en Rusia se hubiera ido acercando a unos 1.500 €, que hoy día corresponderían a los ciudadanos rusos gracias a la riqueza de su país, Rusia no habría sido tan agresiva e innecesariamente expansionista después de la URSS, ni ahora habría invadido Ucrania.

Hasta que no se rompa el nudo gordiano del temor y la envidia, reconozca que también, entre otras cosas, es Europa y se abra a cooperar de mutuo interés en seguridad y desarrollo, Rusia representará una amenaza para Europa.

Lamentablemente, la idea concebida por François Mitterrand y Václav Havel en 1990-1991 de invitar a la URSS, en aquel momento inmersa en un proceso de transición todavía incierto, a formar parte de una Confederación Europea de Estados, hoy por hoy parece irrecuperable. La idea era entonces incipiente, pero innovadora y rompedora como proyecto, contenía así mismo el atractivo de la cooperación económica con la URSS tan prometedora por su riqueza en recursos. Mitterrand había recibido el apoyo público al proyecto del influyente Conseil National du Patronat Français por las implícitas perspectivas de negocio.

La Comunidad Política Europea, idea ambivalente del presidente Emmanuel Macron –busca reducir la presión sobre la UE de los estados que hacen cola para entrar «integrándolos» ya en una Europa amplia–, que 44 líderes europeos han inaugurado en Praga los días 6 y 7 de octubre de 2022 con vagos propósitos de consulta y cooperación, nace sin Rusia, por no decir contra Rusia.

El nudo gordiano aprieta políticamente a Europa, la atenaza, y a la vez, deja a Rusia aislada y resentida. En resumidas cuentas, una peligrosa inestabilidad.