Es extraordinariamente difícil tratar de efectuar un balance de una presidencia tan disruptiva como la de Donald Trump, de advenimiento tan inesperado –incluso para el propio interesado-, de desarrollo tan accidentado y con un final de mandato caracterizado por dos sucesos extraordinarios, primero el fallido impeachment –procesamiento y eventual remoción el cargo- y a continuación la epidemia del coronavirus. El propio personaje tampoco era fácil de interpretar, elegido presidente con 70 años cumplidos, tras una carrera empresarial básicamente inmobiliaria jalonada por algunos éxitos pero también estrepitosos fracasos, programas de televisión de considerable audiencia y una vida personal y afectiva pasto de los tabloides populares.

Primer presidente sin experiencia anterior en cargos electos o militares desde Herbert Hoover, el ingeniero de Minas y empresario bajo cuyo mandato arrancó en 1929 la Gran Depresión, Trump llegó a la Casa Blanca en enero de 2017 con tres o cuatro líneas de actuación fundamentalmente presididas por el America First, América lo primero, un aislacionismo populista y demagógico que sin embargo cuenta con amplios precedentes en la historia norteamericana. Así, en el transcurso de unos pocos meses apartó a su país de los acuerdos de París sobre el cambio climático, abandonó las negociaciones del Acuerdo Transpacífico de Cooperación, se propuso la reforma –culminada con éxito- del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) con México y Canadá, al tiempo que expresaba sus reservas, cuando no su abierta hostilidad, por organizaciones internacionales como la Alianza Atlántica (OTAN), la Organización Mundial de Comercio o, más recientemente, la Organización Mundial de la Salud.

Al poco tiempo de llegar al poder se embarcó en una esperpéntica iniciativa diplomática con el régimen comunista de Corea del Norte, a cuyo presidente, Kim Jong Un, primero amenazó, luego ridiculizó –le llamaba Rocket Man, como la canción de Elton John- y finalmente cultivó, para, contra el consejo de propios y extraños, reunirse con él en Singapur y acordar no se sabe exactamente qué, ya que el régimen norcoreano no ha dado la menor señal de proceder a su desnuclearización.

De mayor calado y de consecuencias potenciales más graves fue la retirada y boicot al acuerdo nuclear con Irán, tan meticulosamente negociado por su antecesor, Barack Obama. Irán y el estrecho de Ormuz se han convertido en permanentes focos de tensión, especialmente cuando la Administración Trump procedió a eliminar a un alto cargo militar iraní en enero de este año, un atentado mortal que la Casa Blanca reivindicó abierta y escandalosamente en tiempo real.

Pero si la coherencia y la consistencia no son virtudes a destacar en la gestión presidencial, sí que hay que reconocer que el antes aludido aislacionismo ha afectado a escenarios bélicos que fueron muy relevantes en el arranque del siglo XXI. En Irak, por ejemplo, Estados Unidos tiene actualmente destacados unos 5.000 efectivos militares, cifra que contrasta con los casi 170.000 soldados allí desplazados en plena guerra, una contienda que causó unas 4.500 víctimas mortales estadounidenses.

También se ha suscrito recientemente un precario acuerdo de paz con los talibanes afganos que pondría el punto final a la contienda bélica más dilatada nunca antes sostenida por Estados Unidos, casi 20 años, en los que llegaron a destacarse en ese atormentado país asiático unos 100.000 efectivos estadounidenses, muriendo unos 1.400 soldados americanos.

En todo caso, si hay un aspecto de las relaciones internacionales norteamericanas en las que habrá un antes y un después, complete Trump un mandato presidencial o dos, que es de la pugna comercial, industrial, financiera y a la postre estratégica entre Estados Unidos y China. Aunque el estilo del magnate neoyorquino suele ser el de empujar al adversario hasta la cercanía del precipicio para llegar en el último momento a un acuerdo provisional y de mínimos, la pugna con China trasciende la guerra comercial cuyo impacto negativo sobre el comercio internacional ha sido cifrada por algunos analistas antes de la pandemia en unos 470.000 millones de dólares.

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Obviamente, Donald Trump no es el único estadounidense que recela del presunto ciberespionaje chino y de las permanentes acusaciones de violación de los derechos de propiedad intelectual, con el telón de fondo de la constante sospecha de que en el ámbito comercial, industrial, financiero, laboral y de tipo de cambio, China no compite con las mismas armas que Occidente. El creciente autoritarismo chino, en cambio, nunca le ha quitado el sueño al inquilino de la Casa Blanca.

¿Cuál es el balance de la política económica de Trump en estos tres años y medio de mandato? Al apropiarse tan descaradamente de los méritos de la continuidad del mayor período de expansión nunca antes experimentado por la economía estadounidense, el primer mandatario debió experimentar una evidente sensación de vértigo cuando, a raíz de la pandemia del coronavirus, los mercados de valores se derrumbaron con estrépito, las peticiones de subsidio de paro remontaron a niveles desconocidos desde la Gran Depresión y el Producto Interior Bruto se contrajo severamente.

Pero si tal vértigo llegó a producirse, Trump no dio la menor muestra pública de acusar el golpe; antes al contrario, fiel a su inveterado estilo, rápidamente se autoproclamó como la persona más indicada para retornar al país a la senda de la prosperidad, de ahí su obsesión, no exenta de muchas contradicciones y otros tantos palos de ciego, de abrir los comercios y las fábricas cuanto antes.

Al César lo que es del César, Trump consiguió en un tiempo récord, apenas siete semanas entre noviembre y diciembre de 2017, que el Congreso aprobara una ambiciosa reducción de impuestos, permanente y muy generosa para las empresas y temporal y más modesta para las personas, que sin duda prolongó el citado ciclo expansionista unos cuantos meses más.

Por aquel entonces, el Partido Republicano gozaba de mayoría en ambas cámaras legislativas y el paquete fiscal pasó sin un solo voto a favor procedente de los escaños de la oposición. Eso sí, como no podía ser de otra manera, el déficit público se disparó en el ejercicio 2019 hasta el billón –millón de millones- de dólares, un 4,6% del PIB, lo que obviamente no era la mejor situación para enfrentar las gigantescas inversiones públicas necesarias para aliviar la pandemia del coronavirus.

Para algunos economistas, como el Premio Nobel Joseph Stiglitz, o el prestigioso columnista del Financial Times Martin Wolf, la prolongada expansión económica estadounidense ha tenido, en términos de desigualdad de rentas, esperanza de vida y productividad, obvias deficiencias. Sin embargo, de cara a las ya cercanas elecciones presidenciales, es asimismo evidente que las percepciones cuentan tanto o más que las realidades. En este sentido, una encuesta publicada a principios de año por el citado Financial Times y la Fundación Peter G. Peterson indicaba que los hombres estadounidenses blancos eran los que consideraban mayoritariamente que su situación financiera había mejorado desde la llegada de Trump a la Casa Blanca.

En cuanto a las promesas electorales efectuadas en su día y no llevadas a cabo, dos de los mayores fracasos de este inconcluso mandato del 45º presidente de Estados Unidos han sido la reversión de la reforma sanitaria aprobada por la anterior administración –el famoso Obamacare- y la erección de un muro físico en la frontera con México.

Lo primero ocupó la agenda del Senado durante los primeros meses de 2017. Bajo la fórmula repeal and replace, derogar y sustituir, que ya revela la imposibilidad material de intentar volver sin más a la situación anterior de desamparo sanitario de millones de ciudadanos estadounidenses, la cámara alta buscó todo tipo de medidas que desvirtuaran el principal legado de la Administración Obama.

Fue simbólicamente un senador republicano con cáncer terminal y candidato a la presidencia en 2008, John McCain, el principal responsable de que la contra reforma no prosperase. Desde enero de 2019, con la Cámara de Representantes controlada por la oposición y presidida por la speaker Nancy Pelosi, tales intentos decayeron decisivamente. De todas formas, en un sistema federal como el norteamericano, los gobernadores y los parlamentos estatales disponen de gran autonomía para acogerse o no al marco sanitario nacional, como se ha podido comprobar dramáticamente con la pandemia del coronavirus.

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La otra gran promesa de la campaña del 2016 no materializada ha sido el famoso muro con México, santo y seña de la política anti inmigratoria de Trump y que sin duda alguna será resucitado como issue electoral en los meses que faltan para los comicios presidenciales. Quede para la historia que la financiación del dichoso muro, que en el discurso inicial de Trump debía correr a cargo del estado mejicano, provocó en enero del 2019 una nueva paralización temporal del Gobierno federal, al negarse la Cámara de Representantes a asignar los fondos necesarios para tan inútil proyecto. (La cifra de sin papeles en Estados Unidos está estabilizada desde hace años en torno a los 11 millones de personas y está demostrado que la inmensa mayoría de los que se incorporan a ese colectivo llegan legalmente al país por vía aérea y luego se quedan más tiempo del que les permite su visado.)

En cualquier caso, la historia no recordará a Donald Trump por su compulsivo desprecio por la verdad, por su adicción a Twitter o por su caótico estilo de gestión, en el que siempre ha parecido primar la lealtad sobre la competencia. Indudablemente, el legado más trascendental de estos tres años y medio de Donald Trump en el número 1.600 de la Avenida Pennsylvania ha sido su nula intención de reconciliar el país en torno a un proyecto común.

Quizás no era la persona adecuada ni el momento adecuado, pero salvo el discurso de proclamación de su victoria en la madrugada del 9 de noviembre del 2016, cuando utilizó un tono conciliador y unas palabras de elogio hacia su rival, Hillary Clinton, desde el minuto uno se dedicó a ahondar en las profundas trincheras que dividen al país: las citadas políticas inmigratoria y sanitaria, el control de las armas de fuego, la integración de las minorías étnicas, la diversidad de géneros y la planificación familiar, el papel de Estados Unidos en el mundo y la globalización y un larguísimo etcétera en el que republicanos y demócratas, estados rojos (republicanos) y estados azules (demócratas) no parecen capaces de ponerse de acuerdo en nada.

Eso sí, en sus dos primeros años en la Casa Blanca, Trump tuvo y aprovechó la oportunidad de hacer historia al conseguir que el Senado confirmara a sus dos candidatos, obviamente de corte conservador, a formar parte del Tribunal Supremo, cargos que tienen carácter vitalicio y que pueden tener la última palabra en muchas de las cuestiones antedichas. En función de los vacantes que se produzcan, y algunos de los actuales togados son de edad avanzada, un segundo mandato le permitiría designar a varios jueces más de los nueve que integran ese alto tribunal, dejando su profunda huella hasta dentro de 20 o 30 años. Para muchos votantes conservadores, ésa puede ser una razón de peso, de hecho la única, para taparse la nariz y volver a votar a Trump.