Regresa la percepción de haber pasado la pandemia, aunque estemos lejos de haberla superado. Con la llegada de la variante ómicron, que en Occidente nos ha pillado con una buena parte de la población ya vacunada, la sensación es que estamos cerca de controlar la peor crisis de salud del último siglo. En muchos países empezamos a prescindir de las medidas más estrictas, incluyendo confinamientos y hasta mascarillas, primero en exteriores y progresivamente en interiores, pero si a estas alturas hemos sido capaces de procesar algunas certezas tras un par de años tan intensos como inciertos, hay dos que apuntan al horizonte inmediato. La primera es que la vacunación es por ahora la única estrategia evidente para evitar un nuevo colapso; la segunda certeza es que, a pesar de las vacunas, este virus ha venido para quedarse.

El balance de dos años viviendo en pandemia arroja un saldo desolador, y más si lo vemos en esta parte del mundo, donde las enfermedades infecciosas parecían quedar al margen. La cifra de casos confirmados se acerca a los 500 millones y la de muertes oficiales está a punto de llegar a los 6, aunque se estima que la cifra real de muertes puede triplicarse hasta los 18 millones de personas fallecidas en todo el planeta. Dos años vividos peligrosamente. Entre las generaciones actuales tal vez no haya comparativo en vida con ninguna otra crisis en cuanto a seguridad e incertidumbre. Afortunadamente, ahora tenemos vacunas seguras y efectivas, aunque continúa habiendo transmisión incluso en países donde la cobertura es alta; un claro ejemplo de aquello a lo que podemos tener que enfrentarnos en el futuro, si el virus continúa replicándose y propagándose.

El escenario más probable para los próximos años o décadas es que el virus se convertirá en endémico, conviviremos con él como hacemos con los otros cuatro coronavirus humanos que causan los resfriados comunes. Estudios recientes sugieren que la covid-19 se comportará como una infección estacional, de forma muy similar a la gripe, y provocará picos epidémicos durante los periodos más fríos, donde la gente está en espacios cerrados y el virus viaja más fácilmente. Pero las principales amenazas para la salud generadas por esta pandemia llegarán a su fin, como ha sucedido con todas las pandemias anteriores. Falta saber cómo y cuando, ahí es donde empieza la división entre países con una tasa de vacunación alta y los que van retrasados.

La vacunación es la única estrategia que se ha demostrado efectiva para controlar la pandemia.

Del «cómo», aunque genere dudas, por medio de indicadores y criterios médicos acabaremos definiendo dónde está la línea en la que pasará a ser una enfermedad más. Pero del «cuándo» ya podemos saber que llegará probablemente en diferentes momentos en distintas partes del mundo. Un riesgo que puede retrasar la salida real de la pandemia y aumentar el sufrimiento, la enfermedad y la muerte de muchas más personas. Hastiados de tantas consecuencias, cansados de medidas que han recortado nuestra capacidad de trabajar, de relacionarnos, de viajar o, en los momentos más críticos de contagio, incluso, de salir a la calle, la vacunación es la única estrategia que se ha demostrado efectiva para controlar la pandemia.

 

Tasas de vacunación ínfimas

Por eso es conveniente no olvidar el principio fundamental de que nadie podrá estar seguro mientras no lo estemos todos. Y por esa razón, el hecho de que las tasas de vacunación sean ínfimas en muchos países supone un riesgo colectivo, ya que mantiene bolsas de población susceptibles al contagio, aumenta las tasas de transmisión y, como consecuencia, el riesgo de aparición de nuevas variantes. Ocurrió con ómicron y nada apunta a que no pueda volver a suceder con una nueva variante capaz de sortear la inmunidad adquirida.

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Hacer frente a este riesgo fue lo que impulsó la creación de la iniciativa COVAX, una plataforma creada al inicio de la pandemia, coordinada por la Alianza Mundial para la Inmunización (Gavi), la Coalición para la Innovación en la Preparación ante las Epidemias (CEPI) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), con el objetivo de proveer un acceso equitativo a las vacunas contra la covid-19 en los países de bajos recursos. La promesa era garantizar que al menos un 20 % de la población de estos países quedaría inmunizada antes de cerrar el año 2021. En febrero de ese año llegaron las primeras dosis a Ghana, en lo que debería haber abierto un flujo continuo hasta llegar a los dos mil millones de dosis distribuidos antes de las campanadas. Pero un año después, en febrero de 2022, solo se había llevado a los países de rentas más bajas la mitad de la cantidad prometida.

La realidad es que la inmunización no ha llegado a buena parte del planeta y aunque tenemos las vacunas, el mundo ha quedado partido en dos mitades: los que pueden vacunarse y los que no. A pesar del éxito sin precedentes de haber desarrollado una vacuna en tiempo récord y de triplicar la capacidad de producción mundial, de los 9.000 millones de dosis producidas durante los primeros doce meses —una cifra impensable hace solo un año—, apenas un 10 % ha sido destinada a los países de rentas más bajas, el grueso nos lo hemos repartido entre los países de las economías más avanzadas.

Hay países como la República Democrática del Congo donde el porcentaje de población vacunada no llega al 1 %.

África se lleva la peor parte, pero hay también enormes bolsas de población sin acceso en amplias zonas de Asia y Latinoamérica. Así, mientras en Portugal o España ya hemos rebasado el 90 % de personas con la pauta completa de vacunación y avanzan las dosis de refuerzo, hay países como la República Democrática del Congo donde el porcentaje de población vacunada no llega al 1 %, o Nigeria, el país más poblado de África, donde no se ha alcanzado el 10 % de la población en primera dosis.

 

Una sucesión de obstáculos

Es sorprendente que, mientras el mundo se ha movilizado como nunca para conseguir y distribuir el antídoto, su reparto haya quedado frenado hacia esa otra parte del planeta. ¿Dónde está el problema? De los 2.000 millones de dosis que COVAX tenía que distribuir el primer año, solo mil millones habían sido destinadas a los 92 países de rentas más bajas ¿Fracaso? En parte sí, pero no podemos achacarlo a COVAX, o por lo menos no únicamente. A pesar de haber logrado los recursos económicos que le permitían la adquisición de dosis suficientes para poder operar, se ha enfrentado a una sucesión de obstáculos a lo largo de todo el año pasado que han impedido cumplir con el desafío. El mayor, la competencia por la adquisición de dosis de vacunas en el mercado frente a sus propios donantes, los países de mayores recursos que han acaparado la producción de las primeras vacunas aprobadas.

En casi todas las campañas de vacunación en emergencias se repite un patrón en la cadena operativa: al principio faltan dosis, luego faltan recursos para distribuirlas y al final lo que faltan son brazos. La compra por avanzado, abrumadora de los países occidentales, dejó sin margen a COVAX para proveer al resto y cuando una de esas vacunas, la de Astra Zeneca se licenció para poderla producir en el Serum Institute de India, las restricciones como consecuencia de los efectos en el país de la peor ola de contagios llevaron al gobierno a cerrar las fronteras.

En el caso concreto de la India, la prohibición de exportaciones duró más de 7 meses, lo que impidió que el mayor productor mundial de vacunas con el que COVAX tenía su principal acuerdo de suministro no pudiera proveer. Ahí estaba la mayor parte de las dosis que tenían que haber viajado a África. Para intentar paliar la situación, varios países se lanzaron a la donación de dosis, algunas a través de COVAX y otras directamente de país a país; pero en muchos casos con una fecha de caducidad recortada y, por lo tanto, obligando a los países receptores a adaptar su proceso de distribución, o incluso a rechazarlas por la imposibilidad de distribuirlas en el periodo marcado. Las vacunas no solo han llegado tarde, también han llegado mal.

Un patrón que se repite: al principio faltan dosis, luego faltan recursos para distribuirlas y al final lo que faltan son brazos.

Desde hace unos meses el problema de falta de dosis empieza a ver salida, pero entramos en la fase de distribución en unos países donde sabemos que los sistemas de salud son frágiles, tanto en sus recursos como en el personal necesario para poder llevar las vacunas a la gente. Ahora mismo, esa es la principal barrera para alcanzar cifras de vacunación que nos permitan soñar con un control efectivo de la pandemia. Hace falta aumentar la capacidad de almacenamiento, reforzar las cadenas de frío, el trasporte, los centros de vacunación y las plantillas de personal de salud, además de conseguir todo el material necesario, desde jeringas hasta desechables para llevar la vacuna al brazo de millones de personas. Un reto que ha obligado a COVAX a desempeñar un papel para el que no fue diseñado y convertirse en el principal mecanismo de distribución, incluyendo las vacunas enviadas y las donaciones que han recibido muchos de estos países.

 

Resistencia a la vacuna

Y junto a todo eso hay que prever también la resistencia de una parte de la población a la vacuna. Movilizados por las redes, los mensajes negativos llegan a todos los rincones y el hecho de que en algunos casos se piense que están llegando las dosis que no queremos aquí, todavía generan más resistencia. Todas estas dificultades explican en parte la lacerante desigualdad que sitúa la cobertura vacunal frente a la covid-19 en el continente africano por debajo de los dos dígitos porcentuales, mientras en Europa y Norteamérica su población está recibiendo la tercera dosis.

COVAX se ha convertido en la intervención de mayor impacto en el intento de revertir la inequidad en el acceso a las vacunas.

Pese a todo, COVAX se ha convertido en la intervención de mayor impacto en el intento de revertir la inequidad en el acceso a las vacunas. El horizonte inmediato está ahora en llegar al 40 % de población en todos estos países antes de que llegue el próximo verano. Además de una responsabilidad ética, garantizar un acceso verdaderamente global a las vacunas y los tratamientos que evite un mundo divido en dos, es el camino más corto en el viaje del virus y la mejor salida para todos.