Debía de ser a finales de los 80, en la transición entre el vinilo y el CD. Fue la época dorada de la industria, aprendo en el sensacional ensayo de crítica cultural Hey! Julio Iglesias y la conquista de América de Hans Laguna. Durante algunos de aquellos años, mi padre llegaba a casa con un libraco que parecía la guía telefónica. Era un directorio de las principales empresas españolas. Y se sentía orgulloso cuando la suya había conseguido estar entre ellas. Básicamente, se dedicaba a la distribución de música en formato físico. Había empezado a finales de los 60 con un tiendecita que estaba en la portería de un edificio del Ensanche y de la que se hizo cargo cuando un primo suyo se fue a hacer la mili.

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Se iba a los hoteles de la Costa Brava con una motocicleta y les dejaba discos, sobre todo singles y extended plays, para que los comprasen los turistas. Siempre me ha parecido la clásica estampa de un hijo currante de familia menestral que supo aprovechar la ola del desarrollismo. Casi al mismo tiempo, Iglesias, que solo tiene un año más que mi padre, se estrenaba en otra meca del turismo de masas, Spain is different. En 1968 ganaba el X Festival de la Canción de Benidorm con «La vida sigue igual».

Parece mentira que no dispusiéramos hasta ahora de una investigación como esta de Laguna, músico y profesor de pensamiento social. Iglesias es una de las grandes figuras de la cultura de masas de la segunda mitad del siglo XX, el artista español con mayor proyección internacional, una figura esencial de uno de los fenómenos que han modificado la música popular de las últimas décadas: la presencia creciente de voces latinas en el mainstream global. Pero devorado por el Don Juan que él mismo cultivó con meticulosidad (un cantante para señoras pijas, un ídolo de la prensa del corazón) y atrapado por la caricatura del meme (que Laguna analiza con mucha gracia), Iglesias nunca había parecido digno de ser objeto de estudio y reflexión.

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