En medio de un año electoral excepcional los ciudadanos de los 27 están convocados en las urnas europeas este mes de junio, cinco meses antes de que Estados Unidos celebre sus presidenciales, y en el caso español, como culminación de la serie de tres elecciones muy significativas, después de las vascas y las catalanas. Además del tercer test sobre el estado del gobierno de coalición progresista de Pedro Sánchez y de la oposición popular de Alberto Nuñez Feijóo, su carácter geopolítico será la auténtica novedad en un tipo de comicios históricamente de débil politización. El previsible ascenso de la extrema derecha, por un lado, y el incremento de la inseguridad en el continente europeo, por otro, explican el interés que han despertado en todas partes, tal y como captó muy bien el último Eurobarómetro, que prevé un incremento de la participación del 10% respecto a 2019.

Entre las prioridades electorales destaca la seguridad y la defensa, que señalan a un 31% de los europeos encuestados por el organismo demoscópico del Parlamento Europeo. Sólo la superan las preocupaciones por la pobreza y la exclusión social (33%) y por la sanidad pública (32%) y, en paridad de porcentaje, la economía y la creación de nuevos puestos de trabajo. Esta preocupación se distribuye de forma distinta según la proximidad con la guerra, que está a la cola en el caso de los ciudadanos españoles. El abanico de prioridades incluye también niveles altos de preocupación por la paz, la democracia, los derechos humanos, la libertad de expresión y el Estado de derecho, es decir, los valores definitorios de la Unión Europea que muchos encuestados pueden considerar en peligro por causa del fuerte incremento del voto en la extrema derecha.

La amenaza de una rotura del lazo transatlántico se convierte en uno de los elementos movilizadores

La extrema derecha ya no quiere abandonar la Unión Europea o al menos el euro, como sucedía en las anteriores elecciones de 2019, en plena crisis del Brexit, pero quiere transformarla y revertir las transferencias de soberanía. La limitación de la inmigración, el fomento de la natalidad, el negacionismo del cambio climático y las políticas identitarias por lo general tienen un lugar muy destacado en sus preocupaciones y sus programas, y no encuentran en cambio la corresponden sintonía con las preocupaciones de las mayorías, según detectan las encuestas. Su éxito ha consistido en saber imponer buena parte de su agenda, en primer lugar a las fuerzas políticas más cercanas, pero finalmente en el conjunto de los partidos. La nueva política de migración y asilo aprobada por el Parlamento Europeo, criticada por su dureza, es la prueba más clara.

La fragmentación que sufre el Parlamento Europeo también afecta a las extremas derechas, fracturadas por el posicionamiento internacional respecto a Rusia y la Alianza Atlántica. La marca parlamentaria Identidad y Democracia, que incluye el Reassemble National de Marine Le Pen y la Lega de Matteo Salvini, mantiene un fuerte tropismo putinista, mientras que los Conservadores y Reformistas Europeos, donde se encuentran Vox y los Fratelli de Italia de Meloni, son profundamente atlantistas y proamericanos, y quienes más cerca se encuentran de una eventualidad política de pactos con el Partido Popular.

El avance de las extremas derechas está dando la vuelta a las políticas verdes y migratorias.

El Partido Popular Europeo encara las elecciones con la perspectiva de constituir el mayor grupo parlamentario, rozando los 180 escaños sobre 720, y de vencer a doce países, entre ellos España. La creciente fragmentación del Parlamento les obligará a formar una supermayoría con socialdemócratas y liberales, las tres fuerzas europeístas que han gobernado las instituciones hasta ahora, para conformar la nueva Comisión Europea. Aunque Ursula von der Leyen ha expresado su voluntad de repetir como presidenta de la Comisión, todavía no está claro que tenga todo el apoyo de su partido, donde crece la tentación de levantar los cordones sanitarios que impedían coalizarse con las extremas derechas. Otros nombres de peso han salido ya en las quinielas, como el del propio Mario Draghi, en este caso un ex primer ministro y banquero independiente, pero de talante fuertemente federalista y con madera de padre fundador de Europa gracias a su frase sobre los recursos necesarios para salvar al euro (what ever it takes).

La orientación de estas elecciones marca por el momento un giro a la derecha, no sólo en la composición del Parlamento y como es previsible en la Comisión, sino también en las políticas, en buena parte prefiguradas en el endurecimiento de la legislación sobre migración, en el relajamiento de políticas medioambientales impopulares y en las grandes líneas de la nueva estrategia europea entre 2025 y 2029 que está elaborando Charles Michel, el presidente del Consejo, de cara a su discusión en junio, a finales del semestre europeo, como a fundamento por las próximas perspectivas financieras.