Expresamos un posicionamiento electoral explícito a favor de las fuerzas de izquierda de raíz catalanista y federalista y, en este marco, consideramos que Salvador Illa es el líder político más adecuado para intentar convocar desde la Presidencia de la Generalitat el esfuerzo colectivo para superar sin rencores un periodo de división y volver a gobernarnos

 

El contexto

Las elecciones al Parlament de Catalunya del 12 de mayo no son un hecho aislado. Se insertan en un contexto de extraordinaria complejidad a todos niveles. En primer lugar, son una de las piezas de la sucesión de carreras electorales iniciada con las municipales y autonómicas del año pasado y que culminará, de momento, con las europeas del mes de junio. En segundo lugar, esta dinámica electoral distorsiona, en cierto modo, la percepción de la peligrosa deriva global y europea manifestada de forma desgarradora en las guerras de Ucrania y de Gaza que, más allá de su gravedad intrínseca, son exponentes de unas tendencias de fondo que están cambiando el orden mundial y que ponen a la Unión Europea ante dilemas existenciales. Ignorar este contexto sería una muestra injustificable de provincianismo, pero, sobre todo, una carencia del realismo imprescindible que hay que suponer en una política responsable.

 

Su relevancia

Desde esta perspectiva general, no hay duda de que las elecciones más decisivas —con permiso de las presidenciales norteamericanas— serán las elecciones europeas, sobre las que planea la amenaza de un crecimiento de las opciones de la nueva extrema derecha que provoque una alteración más que preocupante en el consenso fundacional de la Unión. Son, por lo tanto, unas elecciones sistémicas que, muy probablemente, se desarrollarán bajo la lógica miope de la política parroquial de cada uno de los Estados miembros.

Aun así, en cierto modo y a pesar del salto de escala, las elecciones catalanas también se pueden considerar como sistémicas en un doble sentido. En primer lugar, en la misma Cataluña, en cuanto que la decisión a tomar por el electorado puede suponer abrir una nueva etapa que deje atrás el ciclo de la larga década procesista. En segundo lugar, en el conjunto de España, porque el desenlace de las elecciones catalanas será la prueba del nueve de la arriesgada decisión del presidente Pedro Sánchez de propiciar una nueva relación con una Cataluña librada de la hipoteca del procés.

 

¿Qué conversación?

Todo proceso electoral representa una oportunidad para convocar a una conversación cívica y política en la que se expresan las diversas opciones. Son determinantes los términos de esta conversación. De aquí, la interpretación que sugiere que la capacidad de imponer el marco de la conversación proporciona una ventaja en la batalla electoral. ¿Cuál es la conversación en estas elecciones? Como era previsible las narrativas de los partidos son muy discordantes, sin que parezca posible encontrar un marco compartido sobre el cual sea factible un debate transitivo e inteligible. Simplificando, nos encontramos con dos grandes narrativas: por un lado, la que se centra en el argumento de que hay que pasar página de la década procesista para abrir una nueva etapa en la política catalana; de la otra, la que se resiste a abandonar este marco y que propone, por lo tanto, volver a su origen y restituir sus elementos más genuinos. En cierto modo, estas dos narrativas son la expresión del dilema que el electorado está llamado a resolver con su voto.

 

Las ofertas

Pero, como es obvio, estas dos grandes narrativas son declamadas con acentos y matices diferentes que configuran el conjunto de las ofertas políticas en presencia. La propuesta más nítida de pasar página es la que ofrece el Partit dels Socialistes de Catalunya, con el objetivo de centrarse en la gestión de las competencias y servicios de la Generalitat para dar respuesta a los problemas acumulados después de una década que considera perdida, para intentar reconstruir un proyecto compartido de país y, en definitiva, para ir cerrando la división profunda de la sociedad catalana causada por el procés, de la cual la amnistía tendría que ser el punto final. No muy lejos de este enfoque se encuentra la oferta de Comuns Sumar, a pesar de diferencias destacables con el modelo económico que proponen los socialistas.

Este planteamiento con voluntad integradora no es compartido por las otras ofertas de los partidos contrarios al procés. El Partido Popular contempla las elecciones catalanas como un instrumento más en su carrera de desgaste del Gobierno Sánchez, con la oposición a la amnistía como bandera y con la vista puesta en las elecciones europeas planteadas como el momento decisivo para provocar su caída. No hace falta decir que la participación de Vox en unas elecciones al Parlament de Catalunya no deja de ser un contrasentido, en cuanto que su objetivo es poner fin al autogobierno y al conjunto del Estado autonómico.

En cuanto a la narrativa procesista, la propuesta más clara es la de Junts+Carles Puigdemont con el objetivo de conseguir la restitución del que consideran el presidente legítimo para acabar el trabajo dejado a medias en 2017. Aun así, la decisión de Puigdemont de presentarse a estas elecciones y renunciar a las europeas puede ser interpretada como una aceptación explícita del marco autonómico que dice querer abolir, en abierta contradicción con las leyes de desconexión del 2017. La credibilidad de Puigdemont en el campo procesista es contestada, pero, por sectores que consideran que el expresidente ya los engañó una vez y que ahora no están dispuestos a comprarle una mercancía caducada y en mal estado. En consecuencia, han hecho su irrupción dos candidaturas independentistas radicales: Alhora, encabezada por Clara Ponsatí y promovida por Jordi Graupera, y Aliança Catalana, una formación secesionista abiertamente de extrema derecha. Por su parte, la CUP representa una oferta independentista de extrema izquierda que aspira a condicionar una hipotética mayoría de este color.

Menos diáfana —por compleja— es la oferta de Esquerra Republicana de Catalunya, obligada a poner en valor su estrategia de retorno al marco autonómico y, con esta, la obra de gobierno de la Generalitat presidida por Pere Aragonès, erosionada, sin embargo, por patentes déficits de gestión. Al mismo tiempo, Esquerra se ve forzada a responder al pulso que le plantea Junts y, por lo tanto, obligada a presentar propuestas sobre la financiación, la autodeterminación o la lengua en los términos propios de la retórica procesista.

 

Las expectativas electorales

Como no puede ser de otra manera, estas ofertas están relacionadas con las expectativas electorales que han dibujado las encuestas públicas y privadas. En síntesis, hay coincidencia en estimar como muy probable la victoria del PSC de Salvador Illa y en pronosticar una lucha cerrada por el segundo lugar entre ERC y Junts. Como también es del todo previsible una remontada importante del Partido Popular, al absorber buena parte del voto de Ciutadans del 2021 y al beneficiarse del clima político general español. Más incierta es la posibilidad de que alguna de las nuevas candidaturas obtenga representación. En todo caso, el hecho determinante es si el conjunto de las diversas fuerzas independentistas logra o pierde la mayoría absoluta de escaños del Parlament.

 

Perspectivas postelectorales: escenarios

De hacerse realidad los pronósticos demoscópicos nos encontraríamos con un Parlament tanto o más fragmentado que el actual, con dos escenarios principales determinados por la existencia o no de una mayoría independentista. Sin esta mayoría, aumentan las posibilidades de que la primera fuerza —hipotéticamente el PSC— explore diversas fórmulas para investir como presidente a Salvador Illa. En caso contrario, no parece fácil, vista la experiencia de la legislatura pasada, la posibilidad de investir un presidente independentista, especialmente si Junts pasara por delante de ERC. Como tampoco se puede descartar la hipótesis de una repetición electoral si no se encuentra la fórmula para resolver el rompecabezas.

No se puede obviar tampoco el impacto de los resultados catalanes en la política española y, más concretamente, en la estabilidad del gobierno Sánchez. Por un lado, una victoria socialista acompañada de una derrota de Puigdemont constituiría el argumento fáctico que vendría a legitimar la arriesgada apuesta por la amnistía. Pero, al mismo tiempo, este éxito podría desencadenar la ruptura de la mayoría parlamentaria en Madrid, tal como explícitamente ha amenazado con hacer el líder de Junts. Y no hace falta decir que un fracaso socialista en las elecciones sería difícilmente soportable para un Gobierno erosionado desde muchos frentes.

 

¿Qué necesita Cataluña?

A pesar de estas perspectivas inciertas y complejas, lo importante antes de la cita electoral es pensar qué necesita Cataluña en estos momentos y, más allá, en los próximos años.

En primer lugar, es imprescindible recuperar la institucionalidad, es decir, reconocer, respetar y perfeccionar las instituciones de nuestro autogobierno, devaluadas por la fracasada aventura procesista que las quiso dar por muertas con las leyes de desconexión de septiembre de 2017. Desde política&prosa hemos reiterado que esta es la condición política previa para rehacer una civilidad compartida y para recuperar la autoestima colectiva. Creemos que la ejemplaridad de las instituciones, y muy especialmente del Gobierno y de la Administración de Cataluña, tiene que ser la mejor carta de presentación para exigir y consolidar un sistema de autogobierno estable, que no esté sometido a los avatares de los pactos circunstanciales en Madrid ni a las subastas entre nacionalismos.

En segundo lugar, pero íntimamente ligado con el anterior, es necesaria la voluntad de gobernar el país con las herramientas de unas instituciones fortalecidas. Porque la consecuencia de la deslegitimación sistemática de las instituciones ha sido que Cataluña ha dejado de ser gobernada eficazmente durante más de una década, en la cual la fantasía política ha predominado sobre la realidad concreta del país. Así, se han acumulado los déficits y, a la hora de tomar decisiones, nos hemos encontrado con las herramientas oxidadas, sin un conocimiento actualizado y sin la energía necesaria para gobernar una realidad que en esta década se ha ido haciendo más compleja. Como decía un veterano político conservador de la Restauración, gobernar no es exactamente lo mismo que estar en el gobierno.

En tercer lugar, asumir que gobernar una realidad compleja como la catalana, insertada plenamente en los marcos español y europeo, requiere una voluntad clara de cooperación con los otros niveles de gobierno. Es decir, que la posibilidad de aplicar políticas públicas eficientes y equitativas demanda entender que la nuestra es una democracia multinivel, en la que el Gobierno de la Generalitat tiene que articularse por debajo con las instituciones locales y por arriba con las instituciones españolas y europeas. Dicho de otro modo, se trata de actuar en el marco de un federalismo real, sin desfallecer en el propósito de lograr su plena institucionalización.

En este sentido, nos reafirmamos —como decíamos en uno de nuestros editoriales— en la idea de que «Cataluña necesita la plena federalización del Estado, con reglas claras de delimitación de competencias y recursos, y un arbitraje de los casos conflictivos por parte de un Tribunal Constitucional que tiene que estar de nuevo perfectamente legitimado en Cataluña y en el resto de España. Y con instrumentos de corresponsabilización en la gobernación del Estado, como un Senado federal y un sistema de conferencias ministeriales de las autonomías federadas en los diferentes ámbitos, y de autoridades y agencias independientes, vinculadas con el Senado, para gestionar competencias específicas que afectan a todo el sistema federal.»

En cuarto lugar, levantar un proyecto colectivo a medio y largo plazo, que es probablemente la única manera de pasar página de forma definitiva y constructiva de la década perdida. Por lo tanto, hay que construir un proyecto que no puede ser divisivo, que se tiene que formular con la voluntad de romper trincheras y zonas de confort y que, en definitiva, debe tener una clara vocación transversal. Un proyecto positivo y con voluntad inclusiva y con ambición realista. No nos podemos distraer más, necesitamos que todas las energías políticas y sociales converjan en afrontar las cuestiones de fondo de medio y largo recorrido, decisivas para nuestro futuro colectivo.

En quinto lugar, para hacer posible un proyecto de país compartido y con voluntad de transversalidad política, en una situación en que ninguna fuerza política está en disposición de lograr una mayoría suficiente por sí misma para gobernar en solitario, se impone como deber de realismo gobernar en coalición. Entendemos que la mejor garantía para hacer posible una política efectiva de mirada larga es un gobierno que sea capaz de integrar sensibilidades que han estado enfrentadas durante la etapa procesista. Como ha recordado Miquel Roca, las coaliciones son una genuina expresión del pacto democrático en una sociedad políticamente plural y socialmente diversa y heterogénea, y tienen que estar orientadas a satisfacer las grandes posibilidades de entendimiento al servicio del conjunto de la sociedad. En este sentido, pensamos que es exigible a las fuerzas políticas catalanas determinantes la madurez y la responsabilidad necesarias para evitar el bucle al que nos llevaría una repetición electoral.

Y sexto, pero no necesariamente en último lugar, hacer posible fortalecer el autogobierno, gobernar con eficacia, cooperar con todos los niveles institucionales, construir un proyecto de país compartido, y pactar una coalición de gobierno solo será posible desde una lealtad institucional básica. Una lealtad dentro de Cataluña en torno a las instituciones de autogobierno. Una lealtad recíproca —no en un solo sentido— en la relación entre las instituciones catalanas y las españolas. Porque esta lealtad es la que tiene que alimentar la confianza democrática sin la cual nada será posible.

Por todo ello, coherentes con nuestro propósito fundacional y con la línea editorial mantenida durante más de cinco años, política&prosa quiere expresar un posicionamiento electoral explícito a favor de las fuerzas de izquierda de raíz catalanista y federalista y, en este marco, consideramos que Salvador Illa es el líder político más adecuado para intentar convocar desde la Presidencia de la Generalitat este esfuerzo colectivo para superar sin rencores un periodo de división, volver a gobernarnos y orientar el país hacia la construcción solidaria de un futuro compartido.