Qué suerte tuvo Barcelona al poder contar con Oriol Bohigas en uno de los momentos más decisivos de su historia: el formidable desafío de los Juegos Olímpicos. No es una exageración, ya que considero que los tres hitos urbanísticos que han marcado de modo definitivo nuestra ciudad son: cuando Pere III mandó en 1369 construir la segunda muralla gótica, conjunto defensivo que se mantuvo intacto hasta 1854; cuando Ildefons Cerdà proyectó el Plan del Ensanche, y cuando los Juegos Olímpicos propiciaron una transformación colosal y profunda de la que hemos tenido el privilegio de ser no solo testigos, sino también beneficiarios.

Durante el febril y emocionante período preparatorio del reto olímpico, tuve que atender a un montón de periodistas extranjeros que ya empezaban a visitarnos para observar cómo iban las obras. Y con frecuencia me preguntaban con curiosidad por un binomio que les sorprendía: el político Maragall y el técnico Bohigas. Yo traté de hacerles comprender que quizá no era una simplificación demasiado acertada, ya que el político Maragall era un enamorado de la arquitectura y el urbanismo, mientras que el técnico Bohigas era en el fondo un profesional politizado.

Intentaba que entendieran que no era, sin embargo, un hombre de partido ni de politiquerías, sino más bien de ideología y de principios que le impulsaban a comprometerse. Y entonces les ponía como ejemplo el hecho de que hubiera sacrificado el despacho y el trabajo para ser director de la Escuela de Arquitectura. Para comprender el valor de esta iniciativa hay que recordar el momento: de 1977 a 1980. Había muerto Franco y era necesario reconducir la Escuela tras cuarenta años de dictadura. Así entendía él lo que exigía la circunstancia: ponerse al servicio de una institución tan decisiva para la ciudad.

Bohigas fue siempre luchador, rebelde, polemista, con un empuje imparable, un perfil que mantuvo hasta el final. Y a ello contribuyó su formación al aportarle una apertura de compás muy amplia que dibujaba un humanista dinámico y estimulante. Todo había comenzado ya en el seno de la familia, con un padre republicano, escritor, periodista y funcionario vinculado a la Junta de Museos, que sentaba a la mesa de su casa a Quim Borralleras, el contertulio de la famosa Penya Gran del Ateneo.

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Curiosidad universal

El noucentisme y el civismo del Institut Escola también lo marcaron. Un ejemplo: el maestro vio a la hora del patio que un alumno había escupido en el suelo. Telefoneó a los bomberos, entonces vecinos, para que limpiaran a golpe de manguera aquel espacio. Se comprende, pues, su sucesivo compromiso dirigente en la Fundació Miró, el Ateneo Barcelonés, Edicions 62 o el Ayuntamiento como concejal de Cultura. Lisa y llanamente, un técnico que llevado por una curiosidad universal consideraba como terreno propio muchas facetas del humanismo.

Su formación le aportó una apertura de compás muy amplia que dibujaba un humanista dinámico y estimulante.

Este conjunto de circunstancias que hacían de él un personaje polifacético enriqueció su preparación no tanto en el ejercicio de la arquitectura como en el del urbanismo. Cuando el alcalde Narcís Serra le nombró en 1980 delegado de Urbanismo ya estaba preparado para saber cómo había que encarrilar una Barcelona deformada bajo el porciolismo; consideraba que el desarrollo que se había llevado a cabo en ese período era mucho peor que la atonía que había caracterizado la gestión de todos los demás alcaldes, ya que había que corregir un enorme abanico de errores y perversiones. Por ejemplo, al descubrir la chapuza impúdica que se había perpetrado en la Via Júlia bajo el mando de Porcioles, con un túnel de metro en semisuperficie, exclamó: «¡Hostia, esto no lo arregla ni Le Corbusier!» Pues lo resolvió con tal excelencia que fue uno de los aciertos merecedores del valioso premio Príncipe de Gales de Urbanismo de 1990 de la Universidad de Harvard.

Una de sus primeras actuaciones en clave de microurbanismo permitió ya crear la plaza de la Mercè; entonces aún no se entendió bien y provocó críticas por haber derribado la casa en la que habían vivido Picasso y su familia. Era, sin embargo, un ejemplo de esponjamiento que después se extendería con mucho acierto al conjunto del Raval, para evitar las demoliciones lineales estilo Via Laietana.

Al descubrir la chapuza impúdica que se había perpetrado en la Via Júlia con Porcioles, exclamó: «¡Hostia, esto no lo arregla ni Le Corbusier!»

En 1985 publicó un libro para desgranar punto por punto todo lo que se había de llevar a cabo, basándose en la idea de higienizar y reconstruir el centro y monumentalizar la periferia, pero sobre todo con el formidable objetivo del emocionante reencuentro con un gran frente marítimo, y sin olvidar las pequeñas actuaciones para recuperar en el Ensanche los interiores de mansana (palabra creada por Cerdà y que él mantiene a modo de homenaje, pese a la reticencia de los puristas del IEC a incorporarla en el diccionario, para evitarse de paso una cursilería: illa). De hecho, lo tenía todo en la cabeza y quería razonarlo, ordenarlo, explicarlo con un cierto detalle.

Una muestra de este cuidado del detalle y de la sensibilidad del urbanista que no solo se centra en la arquitectura, sino que tiene bien presentes a los ciudadanos con sus usos y costumbres, la exhibió ya en 1986 en la larga entrevista que me concedió y que llenó dos páginas de La Vanguardia. Se trataba de anunciar la planificación de la Villa Olímpica y de su entorno inmediato. Le pregunté entonces qué ambiente desearía que dominara la zona y, sin pensarlo ni un momento, afirmó:

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  • Un barrio joven, lo cual quiere decir menos diferencias de clases, un determinado nivel de vida, dinamismo, para evitar así el error colosal de hacer viviendas de lujo; y para eso se deben construir dos grandes hoteles de cuatro estrellas como mínimo, que aportan vitalidad, movimiento, y hacen posible la existencia de tiendas divertidas y centros lúdicos.

Entonces yo le comenté:

  • La City londinense se vacía como una bañera a las cinco en punto de la tarde, y queda muerta.

Y Bohigas replicó:

  • Tiene que haber restaurantes y salas de fiesta. Si hay hoteles, seguro que el barrio no cierra, porque aseguran que haya vida incluso durante toda la noche.

 

Fue en ese momento de la conversación cuando me contó que al presentar en el Ministerio la maqueta de toda la zona, y mientras él iba explicándola, el director general se entretuvo en arrancar, primero en silencio, una de las cuatro torres, y acto seguido la segunda, amparándose en la fulminante y reciente Ley de Costas.

Dejando de lado todo lo que Bohigas proyectó e hizo en general en Barcelona, creo que no resulta exagerado escoger la decisión —esencial y de formidable alcance— de recuperar la relación con el mar: el puerto no es el mar y las playas privatizadas por los establecimientos de baños tampoco son el mar. El mar al que yo me refiero es el Mediterráneo, y esto tiene una relevancia histórica fundamental.

Se trataba de recuperar también la relación excepcional que Barcelona había mantenido con las dos orillas de este Mare Nostrum, que en la época medieval fue más nuestro que nunca. Todo aquello era el mundo, pues el Nuevo Mundo aún no había sido descubierto. Y por medio de una cincuentena de consulados se establecieron relaciones no solo comerciales, sino de todo tipo. Por eso el primer compendio de leyes de Derecho Marítimo del mundo fue escrito en catalán: el Consolat de Mar. Pasados unos cinco siglos, la vía férrea de Mataró, l