El debate historiográfico que siguió al fallecimiento de Mijaíl Gorbachov tuvo lugar, por desgracia, en un mal momento. A las pasiones que se generan en torno a la guerra de Ucrania en relación con todo lo ruso, se suma la tendencia liberal anglosajona por personalizar los fenómenos históricos, poniéndoles cara y ojos y un nombre propio, dando lugar muchas veces a análisis más literarios que propiamente historiográficos. También vivimos tiempos confusos de indefinición política y de posicionamientos obligados en medios de comunicación y redes sociales.

Todo ello ha hecho olvidar que Gorbachov fue el producto de una época, más que un forjador; y que fue víctima de acontecimientos que no pudo prever, de errores heredados de la época brezneviana, y de personajes y situaciones que prefiguraban una nueva era a escala mundial y no solo soviética.

Se suele ignorar cuál fue el arranque real de los cambios decisivos para la Unión Soviética. De un lado, la crisis económica en que se hundió la URSS en 1985-1986 como consecuencia de la caída descomunal de los precios del petróleo, tras pasar años obteniendo enormes beneficios con la venta de crudo a los occidentales, lo que contribuyó a que estos países capearan la crisis derivada de los choques petrolíferos de 1973 y 1979. El rápido incremento de la producción saudí —a instancias de la presión estadounidense— le generó, a la Unión Soviética, un fuerte déficit presupuestario en 1986.

Gorbachov no estaba preparado para ese impacto, pero menos aún para el desastre en la central nuclear de Chernóbil, en abril de ese mismo año. La catástrofe supuso un golpe devastador contra la imagen de la capacidad tecnológica soviética a escala internacional. Pero también laminó las esperanzas de los planificadores soviéticos de generar energía para consumo propio y liberar más petróleo para la exportación.

Gorbachov no tuvo mayor responsabilidad sobre lo sucedido. Eran problemas estructurales que se habían generado en las etapas de sus antecesores al frente de la superpotencia: Andropov, Chernenko, y, sobre todo, el glorificado Breznev. Ninguno de ellos hubiera podido responder de forma adecuada a la crisis económica y a la catástrofe de Chernóbil; lógicamente, tampoco Gorbachov, que no era un Maquiavelo, ni un Stalin, sino, sencillamente, una persona normal, con sentimientos normales, que se percató de lo que implicaba lo sucedido en Chernóbil.

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Riesgo de guerra nuclear

Lo explica él mismo en sus memorias: continuar manteniendo el pulso de la Guerra Fría con Estados Unidos era arriesgarse a una guerra nuclear, que hubiera dejado muy empequeñecida la tragedia de Chernóbil. Un solo misil nuclear SS-18 podía producir una devastación cien veces superior a la del reactor nuclear accidentado. Y ante esos efectos, ningún país del mundo lograría atender a los millones de supervivientes afectados por las radiaciones.

Gorbachov fue el producto de una época, más que un forjador; y fue víctima de acontecimientos que no pudo prever.

Para detener la Guerra Fría solo cabía un medio: entrevistarse con el enemigo y llegar a algún acuerdo de desarme; distender la tensión internacional. Eso le llevó a una serie de viajes a Occidente, a un diálogo permanente con Reagan, luego con Bush padre, también con Thatcher, Kohl y tantos otros. Y la maniobra pronto dio resultado, empezando con la forma del Tratado de limitación de misiles nucleares de alcance intermedio en 1987. ¿Se dejó llevar Gorbachov por la vanidad, el placentero ejercicio de la diplomacia, tan normal entre los estadistas de cualquier país? Seguramente, sí: había alcanzado el poder supremo en la URSS a los 54 años y estaba intentando liquidar la gran amenaza contra la paz mundial que era la Guerra Fría. Se decía que había obrado el milagro y el mundo lo recibía como un héroe. ¿Cómo no sentirse especial?

 

Tres cortocircuitos

Lo malo es que ese esfuerzo para detener la dinámica de la Guerra Fría, absolutamente necesario para poder centrarse en reordenar la política interior, generó a su vez tres cortocircuitos que Gorbachov tampoco pudo prever, como sucedió con la crisis económica y la catástrofe de Chernóbil.

El primer problema, inesperado, fue la sangrienta represión ejercida por el gobierno de la República Popular de China contra los manifestantes de la plaza de Tiananmén, en junio de 1989. El hecho de que Gorbachov asegurara que no iba a recurrir a tales métodos con la oposición, alentó a muchas personas e incluso a unos cuantos gobiernos del Bloque del Este y de las repúblicas soviéticas a comprobar la elasticidad de los nuevos límites de tolerancia. Y de ahí surgió el electrizante desmoronamiento de los regímenes socialistas en Europa Central y del Este a lo largo del otoño de 1989, así como el comienzo de las reivindicaciones secesionistas en las repúblicas bálticas y del Cáucaso.

Este fue el segundo problema, inevitablemente derivado de la política de conciliación que el líder soviético se había visto obligado a desarrollar con las potencias occidentales. Un paso llevaba al otro, y era imposible dar marcha atrás. Si se deseaba liquidar la Guerra Fría, había que pactar con el enemigo; y dado que el Kremlin había iniciado el proceso por incapacidad de continuar con el enfrentamiento bipolar, estaba en situación de inferioridad. Por lo tanto, si Gorbachov hubiera aplicado una política abiertamente represiva contra el separatismo en las repúblicas bálticas, habría destruido los logros alcanzados en la distensión con Occidente.

Pero, aun así, la situación hubiera sido controlable. Como explicaba Rafael Poch (La gran transición, 2003), el total de las repúblicas soviéticas implicadas en el proceso secesionista de primer impulso totalizaban solo un 1,98 % del territorio de la URSS, y el 10,5 % de la población. Los nacionalismos «periféricos», bálticos y caucásicos, no constituían un mayor problema para la supervivencia de la Unión Soviética. Otra cuestión eran los nacionalismos «críticos», esto es, el ucraniano y el ruso. Este último, muy en particular, empezó a cobrar fuerza como respuesta al de las repúblicas secesionistas, con un trasfondo de orgullo herido, y agitado por Boris Yeltsin, el gran adversario de Gorbachov, que terminaría por llevarlo a la tumba política. Este fue el tercer gran problema, el fatal.

 

Escalada de Yeltsin

Entre la colección de obituarios que se publicaron tras el fallecimiento del último gran líder soviético, se ha tendido a pasar por encima de la figura de Yeltsin, que fue el verdadero enterrador de la Unión Soviética. Desde la ruptura entre ambos, en 1987, a la desintegración de la superpotencia, Yeltsin lleva a cabo una escalada en el poder de Rusia, que culmina con su elección como presidente, en junio de 1991, y que desarrolla como medio de aislar completamente a Gorbachov.

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La declaración de soberanía de Rusia y la primacía de sus leyes sobre las de la URSS, ya en el verano de 1990, pero, sobre todo, las negociaciones de Yeltsin con los líderes de otras repúblicas soviéticas, y con el presidente estadounidense George H. W. Bush, paralizaron los esfuerzos de Gorbachov por acordar un nuevo Tratado de la Unión.

Gorbachov se estrelló ante la figura de un Yeltsin como primer político populista genuino: sin partido propio, sin consistencia política.

Precisamente, el fracasado golpe de agosto de 1991 fue dirigido contra la firma del Tratado; de ahí salió Yeltsin como vencedor. A pesar de ello, entre septiembre y diciembre, Gorbachov siguió luchando a contrarreloj por consensuar un Tratado de la Unión, a pesar de que Yeltsin poco menos que le obligó a ilegalizar el PCUS y Ucrania declaró su independencia. Como sabemos, ese esfuerzo fue cercenado por la firma del Tratado de Belavezha (8-12-1991) entre los presidentes de las repúblicas de Rusia (Yeltsin), Ucrania (Kravchuk) y Bielorrusia (Shushkévich), a espaldas de Gorbachov, pero informando al presidente Bush. Ese fue el verdadero final de la Unión y de su último líder, Mijaíl Gorbachov, al frente de ella, proceso explicado en detalle por el historiador ucraniano Serhii Plokhy (El último imperio, 2015).

 

Paso a Vladímir Putin

Lo cual no quiere decir que una URSS que hubiera sobrevivido unos años más hubiera tenido muchas garantías de supervivencia. Al fin y al cabo, la nueva República de Ucrania, mientras estuvo presidida por Kravchuk, intentó aplicar las fórmulas económicas tardosoviéticas sin éxito, mientras que los rusos, bajo Yeltsin, se arruinaban con la terapia de choque de modelo neoliberal americano, gestionada por Gaidar. Toda una paradoja. Pero lo relevante aquí es que Gorbachov se estrelló ante la figura de un Yeltsin como primer político populista genuino: sin partido propio, sin consistencia política, figura del stage craft (arte de la puesta en escena) y no del state craft (arte de gobernar). Nada pudo Gorbachov ante un demoledor implacable como Yelstin, quien, antes de caer, alumbró y dio paso a uno de sus ambiciosos adláteres llamado Vladímir Putin.