La ilustración conservadora

Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) es un polígrafo de talento y energía colosales, y paradigma del escritor total. Autor en catalán y castellano de más de cuarenta obras publicadas, entre poemarios, ensayos, novelas y dietarios, su trayectoria literaria comenzó con Bosc endins, donde irrumpía con una voz original, muy diferente de las que sonaban en su generación. Políticamente, ha postulado el entendimiento entre el liberalismo y el catalanismo moderado. Es un poeta de emoción sensible, alérgico al sentimentalismo. Fue columnista y corresponsal del ABC en Londres y dirigió la delegación del diario en Barcelona. En la edición catalana de El País firmó, entre otros trabajos, una modélica página semanal de crítica de la actualidad literaria en lengua catalana. Políticamente, se define como autonomista y conservador de centro. Este año ha publicado la memoria Dioses de época (en castellano) y ha reeditado el poemario Oratges de la memoria, entre otros títulos.

No hace mucho tiempo, hace una eternidad, Valentí Puig volvió a Barcelona después de años viviendo en Madrid y Londres. A la salida de una de las tertulias más o menos informales, más o menos exaltadas, en las que participaba (y en las que, por cierto, cuando él tomaba la palabra los demás callábamos y escuchábamos, quizá por el tono de voz bajo, el fraseo lento, las facciones de su rostro imperturbables, como si desarrollase un pensamiento al mismo tiempo que lo formulaba, todo lo cual le confería una presencia discretamente oracular) le hablé de la atmósfera de difuso malestar que observaba en la ciudad, consecuencia de las crisis económica, ya endémica, y de los disparates políticos.

Él, encogiéndose ligeramente de hombros, murmuró: «Mira… mientras no me cierren el José Luis…» Lo cual era todo un statement de mínimos para un cosmopolita como él. El José Luis era un restaurante con terraza de la Diagonal, un mirador sobre el Ensanche y alrededores, es decir, sobre el mundo entero. Supuse que en aquella terraza, como podría ser en cualquier otro Aleph, él cifraba una amplia idea de civismo, de posibilidad de intercambio de ideas y de celebración de un hedonismo suave, intemporal, repetitivo.

Bien: me fui de viaje y, al volver, lo primero que supe fue que habían cerrado el José Luis y que Valentí Puig, ateniéndose con coherencia a su idea de las últimas cosas aceptables, también se había marchado. Y con tal sentido de la oportunidad que inmediatamente se declaró la pandemia de la covid y él pudo pasar aquellos meses amargos del confinamiento y el miedo… en el jardín de un caserón novecentista, con su atmósfera de solidez y de lirismo vegetal, y en los caminos y los bosques de los alrededores, donde lee y escribe, piensa y escribe, escribe y escribe. Allá hemos ido a verle para comentar su movimiento de retirada y la publicación de sus últimos libros.

 

En primer lugar, ¿cómo está de salud? Creo que tuvo un serio descalabro hace unos meses y que lo han puesto a dieta…

Se trataba de una acumulación de males muy heterogéneos. Pero tengo un gran respeto por la ciencia y por los médicos, aunque en las noches de hospital me he acostumbrado a rezar. Esta vez los médicos han encontrado un tratamiento sensatísimo y efectivo. A partir de ahora, cuando oiga hablar contra la medicina tradicional sacaré el revólver.

 

Disculpe, esto no me cuadra con un poema de su último libro de poemas, Oratges de la memoria, de 2017: «Que vingui el metge». ¿Se acuerda?

No…

 

Mire, aquí, página 49. Dice: «Teníem un metge generalista que sabia com reduir la maquinària / d’un cos humà a la dosi justa de penicil·lina…»

¡Ah, sí!

 

«…érem un eixam / de vides atònites, pendents del metge que fumava uns cigars / prims i empudegadors mentre feia befa de la medicina humanista. / Duia bruts els vidres de les ulleres i quan pel carrer veia una església, / se n’anava a l’altra banda, talment com quan per sorpresa / revisava les mans de la nostra cuinera per si hi duia un virus qualsevol».

Ah… Hombre, este médico era un personaje, pero al mismo tiempo tenía buen ojo clínico. Sus extravagancias incluso le daban más carácter. Se le respetaba por eso. Ahora los médicos están muy bien especializados, pero te encuentras a alguno que ni te mira. Solo mira la pantalla del ordenador.

 

Aunque Oratges de la memòria es formidable, y a ratos divertido, encuentro que su mejor poema es aquél de Blanc de blancs, donde visita el cementerio de Palma. El narrador, es decir, el poeta, deja el taxi esperando en la puerta; el taxista se queda en el coche, fumando y escuchando el partido de fútbol en la radio, mientras él visita la tumba de sus padres y les ruega: «Allí donde estéis, recordadme.» Es una idea que me pareció original: no el deber de recordar a los muertos, sino rogarles que nos recuerden, con todas las implicaciones que eso conlleva.

Es que yo creo en la vida eterna, y no quisiera que, si después de una estancia en el purgatorio, puedo ir al cielo, mis padres me hayan olvidado porque están cansados de ver todos los disparates de mi vida.

  

Hablemos de esta retracción hacia el campo. Aunque me consta que usted baja periódicamente a Barcelona, que ha impulsado el Club Tocqueville, que se mantiene atento al mundo de la política, ¿la suya es una retirada en busca de una especie de autarquía personal? ¿Una medida profiláctica para mantener más distancia con la locura del mundo y concentrarse más intensamente en la escritura?

Se habla del «picor de los siete años» para resumir el instinto de cambio personal de cada siete años, cuando cambiamos de células y somos propensos a la crisis marital. A mí este picor me suele hacer cambiar de ciudad, de casa, de hábitos profesionales, pero no de equilibrio matrimonial. Este cambio de ahora, en un pueblo a cuarenta minutos de Barcelona, me confirma que la vida puede ser, por suerte, una gran rutina. ¿Y si el «picor» fuera una fiebre adolescente?

El Club Tocqueville está en muy buenas manos. Y por lo que se refiere a la vida pública me parece imperdonable perder tanto tiempo dándole vueltas a la absurdidad del procés. Por otra parte, la Barcelona de Ada Colau no me gusta. Me gustan las ciudades que crecen orgánicamente y no con experimentos arquitectónicos y sociales. Detesto la demagogia igualitaria, la idea de que si expropias a los ricos los pobres serán menos pobres. Además, el José Luis ha cambiado. Todo cambia demasiado.

 

Hace mucho tiempo usted me recomendó el poema de Carner «Bèlgica», en el que pienso de vez en cuando. Un elogio de la paz que acaba así: «De mi dirien nens amb molles a la mà: / —És el senyor de cada dia.» ¿Por qué motivo le gusta especialmente? Supongo que, al margen de su calidad lírica y bellas imágenes, es porque describe y resume lo que para Carner y para usted sería un proyecto de vida y de convivencia razonable, burguesa, civilizada, a la vez cordial y retraída. ¿Es eso lo que le gusta del poema? ¿Es un poema importante para usted?

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Sí, el poema de Carner es una formulación inteligente y dulcísima de la gran rutina. Es decir, protegerse del impudor, de la calderilla ideológica, de las cenas barcelonesas de fin de semana, tan miméticas. Dar importancia a las pequeñas cosas que son grandes verdades. Al mismo tiempo, Carner se retrata como un hombre solo, aparentemente desocupado, pero estaba casado con la crítica Emilie Noulet, que había sido secretaria de Paul Valéry. Es decir, todavía hay civilización. Claro que si ahora estás solo en un parque, puede que seas víctima de un secuestro exprés o que los niños te apedreen o te crucifiquen… A pesar de los videojuegos y de la ultrapedagogía, estamos como siempre, igual que en El señor de las moscas. Y en vez de Ella Fitzgerald tenemos el rap.

 

Bruselas, o Barcelona, se han vuelto un poco más incómodas y para mucha gente este ideal expuesto en «Bèlgica» se refugia precisamente en la vida de pueblo, que ya no es la de la «negra provincia» de Flaubert, cuando la vida de pueblo era un sistema de vigilancia social detestable. La idea de una ciudad apocalíptica, nihilista, como usted la pinta en su Barcelona 2101, ¿ya está in nuce en Barcelona 2021? ¿Qué piensa de este movimiento, provocado por la pandemia y al cual usted se ha adelantado, de «retirada», o huida, o «emboscada»? ¿Es el principio de un cambio histórico significativo, perdurable, o solo un fenómeno pasajero, una especie de moda?

En la novela Barcelona 2101 el transhumanismo había triunfado, y vamos por este camino. Un aspecto más del presente de Barcelona es equiparable a la desintegración permanente de Bélgica. Las ciudades necesitan reformas, pero no rupturas, y Barcelona ha querido convertirse en la capital de la transgresión. Por lo que se refiere a la covid, creo que será una de tantas cosas que, pese a las víctimas, olvidaremos. De hecho, somos una sociedad del olvido. Si hablas de Trump, alguien creerá que es una marca de chuches.

 

Otro cambio, en el ámbito catalán, al que se ha referido alguna vez es la desaparición o voladura desde dentro de un espacio político de catalanismo moderado. ¿Le parece que ha sido una voladura calculada o, por el contrario, fruto de la poca maña y la falta de cálculo?

Claro, sí, hay una Cataluña de gran vitalidad, de potencial económico, de acción humana, pero, no sé bien por qué, se desentiende en gran parte de una vida pública racional, plural. A veces pienso que Cataluña saldría mejor parada si se dedicara a las grandes estrategias económicas y no a la táctica política. El destrozo provocado por el procés  es tan aparatoso que ha liquidado el independentismo, el nacionalismo e incluso el catalanismo clásico. ¿Usted cree que encontraríamos entre los políticos actuales alguien capaz de emular a Cambó o Tarradellas? Yo lo dudo. Tenemos un personal chapucero, rústico y, a veces, desvergonzado.

«Artur Mas, uno de los políticos más nefastos, es incapaz de calcular nada. Ni tan siquiera cómo sobrevivir».

No creo que fuese una voladura calculada en términos absolutos, entre otras cosas porque Artur Mas, uno de los políticos más nefastos, es incapaz de calcular nada. Ni tan  siquiera cómo sobrevivir. ¿Cómo se explica usted que no haya en la Cataluña de hoy un partido de centro autonomista y constitucionalista? ¿A quién se le ocurre pretender pactar los presupuestos con la CUP inflamadora de containers?

Ya que antes hablábamos de un poema de Carner, ahora recuero aquel otro de posguerra y derrota, que dice: «potser la nit serà cent anys la nit». Y que acaba así: «Pugui jo caure, incanviat, / tot fent honor, per via dreturera, / amb ulls humits i cor enamorat, / a un esquinçall, en altre temps bandera», y el comentario de Josep Pla en uno de sus dietarios, creo que era en Notes del capvesprol, donde elogia la calidad poética del poema, pero señala que habría sido mucho mejor que no se hubiera tenido que escribir, haciendo que aquellos señores hubiesen actuado con menos rauxa y más seny. Supongo que usted, que ha pensado y escrito tanto sobre Pla —entre otros textos, L’home de l’abric y el Diccionari Pla—, que le exigió leer su obra completa no una, sino tres veces…

¡«Cent anys la nit»! Gran cita. Estas palabras justifican incluso al Carner más volátil. Es cierto: cualquier día las banderas se convierten en andrajos. Pero no hemos aprendido la lección. Es un comentario del mejor Pla. Convendría hacer un repaso de la contribución de ERC al fracaso de la Segunda República. Pero parece que es más importante demostrar que Moctezuma era de Llavaneres. Pla era crítico sobre la conspiración de Carner  contra la Lliga de Cambó porque creía —y parece muy posible— que la escisión de Acció Catalana, un grupo de intelectuales que después, muchos, volvieron a la Lliga, había debilitado a la derecha y favorecido a la izquierda más saltaparedes.

 

¿Qué le parecen las últimas apropiaciones, usurpaciones, simplificaciones o lecturas interesadas de Pla en torno a la publicación de cosas de su libro sobre la Segunda República, y a quien unos quieren convertir en franquista y traidor a Cataluña y otros en separatista?

Bueno, lo que no se dice, lo que parece que no sea aceptable es que la Segunda República es criticable, y debe ser criticable como todos los regímenes políticos. Mire, este es un país muy raro. A Jünger se le perdona que predicara aquella mística del guerrero y, en cambio, a Pla no se le perdona que tuviera que salir huyendo porque lo habrían matado: a principios de la guerra fueron a buscarlo.

¿Sabe cómo escapó? Gracias a un anarquista de Palafrugell que le avisó a tiempo. Habían trabado una amistad de burdel y restaurante, a ambos les gustaba comer bien. Parece que este anarquista le acompañó a Barcelona, y hay la anécdota graciosa de que cuando Pla ya subía al barco que le llevaría a Francia, le dijo al anarquista: «¿Qué puedo hacer para agradecerte que me hayas salvado la vida?», y el otro respondió: «Dame dos pesetas para irme de putas.»

 

Es tragicómico, y muy característico de Pla…

Tenemos un Pla que es como una sucursal franquista, un Pla que se atrevió a hacer la crítica de una Segunda República de hace más de cuarenta años, un Pla que si no espió para Hitler es porque no se lo propusieron. Lo han empequeñecido de forma inmisericorde y vulgar. Lo cual hace pensar que ya sería hora de darle un giro a la consideración de la literatura en lengua catalana. Sospecho que ha tocado fondo.

«A fuerza de inmersión lingüística han conseguido que el catalán perdiera el prestigio cualitativo que tenía en los años 60».

Ahí tiene a los youtubers antisistema de la nueva Cataluña. A fuerza de inmersión lingüística han conseguido que el catalán perdiera el prestigio cualitativo que tenía en los años 60. Nos debería importar el Pla escritor, su lucidez intelectual, y aprender a escribir leyendo su prosa, no yendo a talleres de escritura.  A Pla lo han prejuzgado ideológicamente, y no como una intensidad de la experiencia humana y gran excelencia literaria.

…usted se dio a conocer como una voz nueva, particular y, en algunos sentidos, periférica respecto del canon del momento, hacia el año 1982, precisamente con un dietario de juventud y formación, Bosc endins, que fue inmediatamente celebrado. ¿Eran los dietarios de Pla su modelo?

No, aunque por influencia de mi padre era lector de Pla ya desde muy joven. También había leído algunos dietarios —creo que Stendhal, en una selección de Austral, y Amiel, por el libro de Marañón—, pero el empujón fue de J.V. Foix, el Catalans de 1918. De estudiante en Barcelona, te dabas cuenta, si no te entregabas al culto de Espriu, de que los dos grandes poetas entonces eran Foix y Cirlot. Curiosamente, pese a todo, yo me encontraba más a gusto con Ferrater y Gil de Biedma. Escribir un dietario tiene una química muy especial. Usted la conoce por experiencia.

El dietario es como un almacén: de allí salen poemas, relatos, inicios de ensayos y, sobre todo, notas que no tendrían cabida en cualquier otro género. Tiene pocos lectores, pero son muy agradecidos. Es como una ventana: miramos la calle o las montañas, pero no pensamos que eso es posible porque alguien puso aquella ventana. Hay grandes dietarios. Usted ahora traduce el de Gide. Los hay de todo tipo: Jünger, Gombrowicz, Kafka, Jules Renard. Siempre encuentras en ellos algún rincón que explica la vida a fondo.

 

Sobre otro dietario, el penúltimo que ha publicado hasta ahora, Dones que dormen, escribió Ponç Puigdevall, que a mi juicio es el mejor crítico de la literatura catalana en activo: «Es difícil leer una prosa mejor escrita, compacta, mordaz y original que la suya, siempre incansable, exultante y desbordada gracias a la magnitud de la inteligencia verbal que la guía. Pero esto no sería nada, claro, si no hubiera detrás la voz que modula todo este espectáculo…» Usted es un caso único de versatilidad y poligrafía: sin dificultad apreciable desde fuera y, con una excelencia similar, cultiva el artículo, el ensayo político o literario, las novelas, los poemarios, los dietarios. El cambio de género, de registro, incluso de vocabulario, de disposición anímica para escribir —que va desde la meditación existencial y la evocación retrospectiva del poema hasta el prosaísmo de los hechos del día, es decir, la impersonalidad y la inmediatez del análisis político—, ¿no le plantea problemas? ¿Cómo navega sin esquizofrenia entre un género y otro?

Muchas gracias. La dispersión no siempre es mala. Eso sí, genera una cierta ansiedad, porque dudas sobre por dónde tirar. Supongo que hay una cuestión temperamental. Y también el azar, sobre todo en el caso de los encargos editoriales. Siempre he dudado sobre si tenía que hacer literatura, digamos, de imaginación o de las cosas vistas. Sobre la literatura y la política, creo que un periodismo político de inmediatez le hace daño al escritor, estropea su prosa. Pasar mucho tiempo escribiendo sobre Zapatero es insano. Pero la contemplación de la política también es una pasión. Ahora bien, hay que mantener la independencia de criterio, y no es fácil.

«Un periodismo político de inmediatez hace daño al escritor, estropea su prosa. Pasar mucho tiempo escribiendo sobre Zapatero es insano.»

De todos modos, creo que una sociedad necesita escritores responsables y bien informados que escriban sobre la vida pública. E ir a contracorriente, siempre. ¿Esquizofrenia? No lo creo. Sobre todo, un placer inmenso, un sentido pletórico del tiempo. Escribir es una manera única de cultivar el propio jardín. Escribir sin pensar a quién le gustará el libro ni si, post mortem, alguien se entretendrá en leerlo.

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En sus novelas parece interesarle más el flujo de las palabras, la congelación de los movimientos, de cosas y de momentos colectivos que describe, los procesos generales por debajo de la trama, la silueta e irradiación de los personajes, que los hechos y las intrigas de esa trama; más la proyección social de los personajes que sus enrevesamientos mentales. ¿Es así? Recuerdo que en cierta ocasión, comentando el tono de observación distanciada de una de sus novelas, que ahora no recuerdo si era Barcelona cau o El bar de l’AVE, me dijo que su modelo de narrador (para aquella obra) era Tácito. Encuentro curioso que la «línea de bajo y batería» de una novela sea un historiador. Es obvio que no le gustan los psicologismos de ciertas tendencias novelescas. ¿Nos puede decir alguna cosa de su estética como novelista?

Que no soy un novelista de instinto, es decir, alguien que cuenta historias con toda naturalidad. De aquí viene quizá «la congelación de movimientos». Yo debo ser más bien un escritor que, entre otras cosas, ha escrito algunas novelas. Eso sí, es un gran placer ver cómo tus personajes van adquiriendo volumen y es como si ya caminaran a tu lado. Y también me gustan las novelas digresivas que implican una interpretación del mundo.

De todos modos, ahora mismo pienso que la mayor parte de las novelas que se escriben no son consecuencia de la voluntad de ser escritor, sino de hacerse el escritor. Miles de licenciados de filología pretenden cambiar el mundo con una novela. Piense que pronto los departamentos de filología catalana, como no tienen nada más que hacer, programarán una asignatura sobre las novelas del desencanto postprocés. Quizá por eso leo más historia que novela.

«Es un gran placer ver cómo tus personajes van adquiriendo volumen y es como si ya caminaran a tu lado.»

Tiene razón respecto a Tácito. Es grandiosamente trágico. Y también me gusta mucho leer biografías. Es una manera de aprender historia y gozar de la amenidad. El problema es que los profesores pretenden vender la tesis doctoral como si fuese una biografía. Pero la biografía es un arte, con normas específicas: enseñar, entretener. También creo que el ensayo pasa por un gran momento, en Estados Unidos por ejemplo. Me gusta el ensayo que constituye un intento de interpretación, no la confección de un sistema. Y mira por dónde, vas a una librería de Cataluña y todo son libros sobre el procés, y no sobre tantas cosas que suceden en el mundo. Esto es un décalage que intelectualmente pagaremos muy caro.

 

Hemos comentado Bosc endins, su primer dietario. Le han seguido otros, Matèria obscura, Rates al jardí, Dones que dormen, siempre publicados años después de los acontecimientos narrados, y que han creado escuela, provocando imitaciones o, si se quiere, «han abierto caminos». Su último libro memorialístico, Dioses de época, rompe una inercia, no solo porque sea tanto un dietario como una memoria, sino porque está escrito en castellano y no, como los otros, en catalán. Esto ha sido criticado por algunas voces. Más allá de la evidencia de que la literatura es un territorio de libertad y de que cada cual escribe en la lengua o las lenguas que quiere y que puede, que sobre esto no cabe ningún juicio, ¿a qué obedece este cambio de lengua? ¿Tiene relación con la época que recrea el libro?

Yo puedo decir que, desde siempre, culturalmente, soy bilingüe. Y lo he dicho mil veces. Ahora bien, parece que hay un tribunal supremo que distingue entre los libros que haces en catalán y los que haces en castellano. Para los ayatolás del monolingüismo, si escribes en castellano no tienes nada que ver con la cultura de Cataluña. ¿Quién ha interpretado mejor Barcelona, Marsé o Pedrolo? ¿Usted cree que hay un público real, consistente, que lea prensa en catalán?

Si todos los independentistas que propugnan el monolingüismo leyeran, el mercado del libro en catalán sería una mina de oro. Todo esto es una comedia. Cataluña es una sociedad bilingüe y que cada cual escriba como quiera. Le puedo asegurar que no sé cuántos libros he escrito en castellano y cuántos en catalán. Por encima de todo, la libertad.

«Si todos los independentistas que propugnan el monolingüismo leyeran, el mercado del libro en catalán sería una mina de oro.»

 

Han pasado cuarenta años, y un montón de títulos desde su primer libro, cuando usted aspiraba a convertirse en escritor. Cuando vuelve la mirada hacia aquellos primeros pasos, ¿siente que su proyecto de vida —si lo tenía, si algún día lo formalizó— se ha cumplido razonablemente?

Quería ser escritor y creo que, con más o menos acierto, me he acercado bastante.