Cofundadora de ‘Granta en español’

Existen pocas actividades relacionadas con las letras que Valerie Miles (Nueva York, 1963) no haya realizado: editora, escritora, profesora… Es también, desde 2003, cofundadora, junto a Aurelio Major, de la revista Granta en español, labor que compaginó cuando trabajaba como editora de Emecé en España y de la que llevan ya 25 títulos publicados. Más tarde empezó a trabajar, también como editora, en Alfaguara. Fue en esta editorial donde lanzó la colección de clásicos del New York Review of Books, con el propósito de ofrecer obras literarias fundamentales inéditas en castellano o que eran difíciles de conseguir desde hacía décadas. Como escritora es autora de Mil bosques en una bellota, y como traductora destacan, entre otras obras, la edición de Nabokov and the Puzzle of Exile de Azar Nafisi para Yale y el El diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot para NYRB. Recibió el Fellow del National Endowment for the Arts por su traducción de Crematorio, de Rafael Chirbes y colabora en los medios más importantes del mundo anglosajón e hispano como The New Yorker, The New York Times, The Paris Review, Granta y El País. Actualmente trabaja en la traducción al inglés del Borges de Adolfo Bioy Casares. Es la consejera literaria de El Prado para la residencia de escritores Writing the Prado y presidenta del comité de selección.

 

Mentiría si dijera -hasta hemos llegado a bromear sobre sus horarios de «ministra»- que me ha resultado fácil conseguir una entrevista con Valerie Miles. No ha sido, claro está, por falta de predisposición por su parte, sino por falta de tiempo sumida como está en una trepidante actividad profesional. Conseguida la cita, dialogar con ella ha convertido mi trabajo en un placer, me ha acercado más aún a la literatura y ha despertado las ganas de leer las obras por ella recomendadas. Porque placentero es hablar de libros con quien, como Valerie, los ama, los disfruta y está dispuesta a compartir sus conocimientos.

 

Me preguntaba, tras leer su prolífico currículum, si recuerda cuál fue su primer contacto con los libros.

Si le soy sincera, desde que tengo memoria, he leído siempre. Sin embargo, de estos recuerdos primordiales, lo que sé es que era, sobre todo, relectora. Incluso le diría que obsesionada, tras leer un libro, en buscar cómo se conseguía este o aquel efecto. Cómo se utilizaba el lenguaje para transmitir lo deseado.

El otro día reía con mi madre recordando cómo solía ir detrás suyo cuando era aún muy pequeña, cantando letras, intentando formar palabras. Recuerdo mi primera palabra, que era «E-A-R», y en aquel momento se me abrió un mundo que me marcó la vida entera.

 

¿Los mecanismos de las novelas?  ¿El lenguaje?

Sí, la lengua era para mí algo misterioso. Incluso cuando ni sabía manejar bien el lenguaje, creaba mi propio vocabulario. Por eso hacía varias lecturas de un mismo texto, me obsesionaba, disfrutaba una y otra vez. Quería intentar entrar entre las letras los intersticios entre palabras para ver el revés de la superficie. Uno de los libros al que volvía, continuamente sacándolo de la biblioteca de primaria era The Book of Nonsense de Edward Lear. Su poema «The Jumblies». Gracias a este libro, he inventado limericks [poema formado por cinco versos] a lo largo de mi vida. Incluso cuando un amigo de Barcelona me retó a un espontáneo slam de limericks durante una cena, terminó retirándome el saludo de tan frustrado que estaba delante de los demás invitados con uno de mis limericks traviesos (un limerick es travieso o no es). Más tarde, cuando frecuentaba a Paul Bowles en Tánger, leí su libro de ensayos titulado Their Heads are Green and Their Hands Are Blue y supe que había llegado a uno de mis destinos y a un autor que conocía el saludo secreto.

 

Releer…

Por eso, cuando más tarde leí a Nabokov hablando de la relectura, aquello de «Un buen lector, un lector activo y creativo, es en realidad un relector», pensé: pues claro, yo ya lo sabía. Leer es un oficio que no terminamos de aprender, por eso no podemos dejar de hacerlo.

También es cierto que yo procedo de una familia muy estricta. Mi madre me llevaba al museo de arte, al de historia natural, pero cuidaba mucho lo que podía o no oír. No me dejaban ir al cine, por ejemplo, porque les parecía muy frívolo. Sin embargo, nunca se preocuparon de lo que leía, cualquier cosa valía, y allí fue donde me refugié, donde sobrevivió mi imaginación.

 

Lo que, de una forma u otra, la llevaría al mundo de los libros… como estudiante.

Pues fíjese que, aunque me gustaba la lectura, no lo veía como un futuro profesional, lo veía más como un sustento espiritual, pero no práctico. No me interesaba una carrera académica para convertirme en profesora. Hasta casi la universidad, lo que quería era estudiar paleontología, arqueología, geología… quería viajar, ver el mundo, me gustaba la tierra. Y en aquel entonces estaba leyendo a la generación perdida, Hemingway, F. Scott-Fitzgerald, Gertrud Stein, Cummings, Faulkner… y me empezaba a tentar: una vida intelectual interesante, la bohemia, el arte, las vanguardias…

Fue cuando me di cuenta de que no me gustaba tanto la química y así empecé a pensar en temas como la historia, las relaciones internacionales, aun intentando ser práctica, como nos enseñan en Estados Unidos, pero dar el paso a la literatura sería inevitable. Terminé mis estudios de Relaciones Internacionales y me becaron en el USIA, la sección que funciona como el Ministerio de Cultura (Bureau of Educational and Cultural Affairs). Trabajé durante la época de Reagan, me desencanté, y me planteé ir a Europa donde se podía seguir una vida literaria a escondidas y en otro idioma. Siempre había sido mi idea, seguir la tradición de los escritores americanos expatriados. Pero antes me fui a Arizona con mi novio, que tenía que terminar sus estudios universitarios.

Allí me puse a escribir poesía, participaba en grupos literarios en pleno desierto de Sonora con otros poetas, nació mi hijo… Tenía sed de aventuras y aprendizaje, de filosofía y profundidad, pero según iba pensando en el futuro, alrededor mío solo vi lo que llegaría a ser la escenografía de la película American Beauty. Horror. La idea de una vida literaria a escondidas seguía siendo mi luz.

 

¿Y es cuándo vino a España?

En realidad, mi primer destino era Francia, aunque acabé en España primero porque había tenido la oportunidad de estudiar unos meses en Valladolid en mi tercer año en la universidad y mi tesis de grado versaba sobre la entrada de España en la CEE. Cuando estuve en Madrid, conocí a un vasco. Es con él con quien fui a Arizona. Había estudiado un poco de castellano en la universidad, pero muy básico. Estando aquí hay algo de la lengua que, sin ser yo especialmente dotada para los idiomas, me hizo absorber todo con una extraña facilidad.

No lo sabía en aquel entonces, lo supe mucho más tarde ya viviendo en Barcelona, pero tengo antecedentes españoles, mi bisabuela era italiana, pero de apellido Barcelona. Rosa Barcelona. En mi casa nadie hablaba español ni teníamos ninguna relación con la lengua, pero algo se activaba estando aquí.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

 

Cambios personales y cambios para el país, llegaría en pleno renacer de España a principios de los noventa.

En realidad, ya venía a pasar temporadas en Madrid y Bilbao desde mediados de los ochenta. Pero sí, en aquel momento España estaba aún saliendo del letargo. Era un momento muy interesante, un renacer de una cultura que había estado lejos del mundo. Todo empezaba a florecer, la movida, el desenfreno… Cuando llegué a Barcelona, tuve la suerte de tener una mochila llena de lecturas –era la época pre-Internet, no se conseguían fácilmente libros sobre autores contemporáneos– y conocimiento de la tradición anglo. Además, pocas personas dominaban el inglés, la mayoría conocía mejor el francés, por lo que tuve una ventaja.

Empezaba a asistir a presentaciones de libros, a escribir, a relacionarme con el mundo editorial… Encontré un tipo de billete de avión en Continental que funcionaba como un Eurail y empecé a recorrer Estados Unidos durante el mes de agosto para entrevistar a autores. En España, visitaba a los editores para saber las novedades que se iban a publicar y hacía varias entrevistas de golpe en verano: Maine, Albuquerque, San Francisco, Nueva York, Boston… A la vuelta, le daba a La Vanguardia la primicia en mis artículos y entrevistas, que también publicaba en Qué Leer y otros medios.

 

Y de la prensa saltó a las editoriales: Penguin Random House (que entonces era Plaza y Janés y era la editora internacional del sello DeBolsillo), más tarde Emecé, Alfaguara, Duomo…

Sí. Entré como editora en Debolsillo, y en Emecé ya directamente como directora editorial. Querían hacer algo nuevo con el sello y diseñamos, Enric Jardí y yo, las nuevas colecciones, con una tipografía nueva y el logo de una libélula. En Argentina Emecé era una editorial legendaria. Tenían los derechos mundiales en español de muchos libros descatalogados en España que conseguimos publicar aquí. Por ejemplo, Kawabata, John Cheever, Richard Russo… Pero también argentinos como Silvia Ocampo, Bioy Casares, Borges, Edgardo Cozarinsky, César Aira…

Era un modelo –rescatar clásicos contemporáneos descatalogados o poco traducidos– que luego, cuando ves editoriales actuales como Libros del Asteroide, compruebas que sigue funcionando incluso con el mismo diseñador. En eso también me benefició la época de apertura que se vivía en el país. Y así fueron entrando autores que forman parte del canon de la literatura universal.

 

Está en Emecé y se le cruza un proyecto que, aunque haya tenido y siga teniendo otros cambios profesionales, siempre seguirá con usted: la revista Granta, que funda en 2003 junto a Aurelio Major. Trae a esta orilla y en nuestro idioma a la decana de las revistas internacionales de literatura, con la clara intención de establecer un espacio de diálogo y debate entre países de habla hispana y, al mismo tiempo, insertarlos en la comunicación internacional. Una revista que, en palabras extraídas de la web: «ofrece a los escritores en lengua española de cualquier nacionalidad un espacio que, al poner en entredicho las expectativas, publica obras originales, novedosas y reportajes narrativos cuidadosamente seleccionados que no tienen cabida en los medios habituales, a los que se suman entrevistas a fondo sobre el arte literario con destacados escritores». ¿Tuvo clara la importancia que iba a tener la literatura en lengua española ya entonces?

En realidad no fue tan rápido como puede parecer. Durante la época en la que escribía en los medios, entrevisté a Richard Ford cuando salió en español su novela El día de la independencia, para la revista Metropolitan. Él, extrañado de que una americana trabajara para medios en español, me dijo que desde que Bill Buford volvió a Estados Unidos para llevar la sección de ficción en The New Yorker, Granta había perdido el pulso del mundo literario en español. Antes publicaban muchísimas traducciones del español –Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Ibargüengoitia, Reynaldo Arenas, Sergio Ramírez– pero después, nada. Necesitaban a alguien que pudiera echar una mano con contactos y lecturas y quizás considerar una edición de la revista en español.

Todo esto sucedió mucho antes de que yo empezara a trabajar en DeBolsillo. En aquel momento le dije a Ford que todavía necesitaba leer, crecer. Pero me pondría a ello y en cuanto me sintiera con esos conocimientos se lo recordaría. Mientras tanto, entré a trabajar en Emecé, conocí a Aurelio Major, que había trabajado con Octavio Paz en Vuelta y tenía el conocimiento que me faltaba, era la pieza imprescindible. Así que Richard me puso en contacto con el dueño, Rea Hederman, que, en aquel entonces, también era el dueño del New York Review of Books y dos veces Premio Pulitzer. Me fui a verle a él y a Ian Jack, el nuevo editor, a Londres, negociamos, y lo demás es historia. Este año cumplimos 20 años.

Finalmente, me he quedado con la revista yo y trabajo con editoriales afines que entienden el papel tan necesario que tiene, como durante algunos años Galaxia Gutenberg, y ahora con la editorial Vegueta de Eva Moll.

¿Cómo, en los tiempos que corren, se consigue mantener una revista literaria como Granta y que no sea ruinosa?

Es muy difícil, vaya por delante, yo hay días que pienso que Granta sigue adelante porque siento muy profundamente esta necesidad de que exista, sé lo que aporta, las vidas que ha tocado, que ha cambiado, de escritores y lectores. Soy paciente, que es imprescindible con un proyecto así, pero también muy tenaz y sé que Granta cumple una función esencial en el panorama de las letras españolas e hispanoamericanas, pero también en las del mundo. Estoy trabajando para los lectores del futuro también, para los de dentro de 50 años, para que puedan mirar hacia atrás y ver nuestra actualidad: tendencias, vanguardias, técnicas, voces, obsesiones… aunque suene quizás un poco ampuloso, mi propósito es artístico.

«Somos muy selectivos, y con mucho esmero y amor, intentamos mantener un nivel literario muy alto, no vernos influidos por los dictados del mercado.»

Cada número es un asamblage, pero en texto, tiene un aspecto espacial, y es un momento en el tiempo literario donde entra el azar también. Se van coleccionando textos, fragmentos, y se monta siguiendo una línea, este aquí, el otro allí, cada texto cambia según dónde está situado… la lectura anterior, la lectura posterior… Es como un mecanismo. Y como para mí se convierte en un objeto de deseo, creo que me resulta más fácil transmitirlo del mismo modo.

 

He leído que ha habido números que han llegado a vender 40.000 ejemplares.

En inglés mucho más. Granta tiene una base de suscriptores en inglés de unos 70.000, por lo tanto, el número 23 de los mejores jóvenes de lengua española, que se publicó en inglés como el número 155, llegó a por lo menos 70.000 suscriptores. Y bastantes más porque también se vende en librerías. Pero siempre vendemos más de los números especiales. La realidad de la venta en la edición en español depende mucho del tema y, desgraciadamente, no tenemos un público lector tan aficionado a este tipo de publicación. Es un libro, en realidad, tiene un ISBN, pero también es una publicación periódica, por lo tanto, lo llamamos revista.

 

En realidad, lo que a mí me fascina es cómo, a día de hoy, se sigue manteniendo el interés por una revista literaria, cómo se esperan sus listas de narradores publicados y, no la engañaré, cómo alguien consigue tener un ojo crítico tal que sea capaz de descubrir a muchos de los escritores que acabarán siendo las principales voces de su generación.

Eso es mérito de los autores, pero sí se trata de tener algo de, digamos, «nariz» si me permite la metáfora, o quizás mejor «ojo», como decía a menudo Bolaño. Una de las misiones de Granta es dar visibilidad al talento, pero también conseguir que autores consagrados salgan de vez en cuando de su zona de confort. Y de jugar a eso de crear un gran caleidoscopio textual alrededor de una temática. Somos muy selectivos en la revista, y con mucho esmero y amor, intentamos mantener un nivel literario muy alto, no vernos influidos por los dictados del mercado, que produciría otro tipo de publicación. Es importante ser empática con los escritores, pero firme en la selección. Y después trabajo editorialmente con cada escritor y cada texto.

 

¿Cómo nace el número de cada año?

Como decía, Granta tiene todo un concepto que a lo largo de los años he ido refinando hasta dar con el tema de cada uno de los números. Primero, los patrocinios porque sin ello no hay número y después, levanto el imán y empiezo a leer, pensar, escuchar, preguntar, investigar: cuando hay un imán las cosas se acercan y poco a poco, van tomando forma. La búsqueda, el proceso, la investigación, los textos que encargo, mi labor como editora con cada uno de ellos hasta que damos con el texto buscado… son momentos para mí muy bellos, llenos de hallazgos, de conversaciones literarias con escritores, de serendipias y sincronicidades propios de la creación literaria. Por eso digo que los números terminan siendo objetos de deseo.

 

Valerie Miles al pati del CCCB. Fotografia de José A. Santos.

Valerie Miles al pati del CCCB. Fotografia de José A. Santos.

 

¿Les corrige?

A veces se confunde lo que hace una editora como yo con lo que hace un corrector o un editor de mesa. Yo trabajo temas macro: la temática, la técnica, el punto de vista, la estructura, el uso del lenguaje. Y si veo algo, lo que hago es persuadir, no impongo mi criterio jamás. Se trata de hablar sobre el texto, intercambiar impresiones, ideas, y hacer fact-checking donde hace falta. La versión final pertenece al autor, yo simplemente soy una compañera de viaje. A veces sugiero una lectura, otras no se toca absolutamente nada, pero después de la conversación soy yo quien entiende mejor. Y por lo tanto, puedo comunicar mejor este texto. Y lo cierto es que nunca he tenido malas experiencias, ni con escritores jóvenes ni con consagrados.

 

¿Y tiene la sensación de que autores que seleccionó cuando empezaba se están consolidando entre los autores que se leen ahora? Me refiero sobre todo a los autores latinoamericanos, que una diría que viven un nuevo boom.

Es cierto. Latinoamérica tiene mucho que contar, muchísimo. Son países fascinantes, jóvenes aún, con muchas diferencias entre sí, aún en proceso de grandes cambios políticos, sociales, educativos. No son para nada sociedades enquistadas, son mezclas riquísimas de tradiciones milenarias, mitologías antiguas, inmigraciones de todas partes del mundo.

«A veces se confunde lo que hace una editora como yo con lo que hace un corrector o un editor de mesa.»

El boom del siglo XX ocurrió porque hubo ya en Latinoamérica una clase media que podía comprar libros, que leía, entendían la lectura como una forma de mejorar también socialmente y enviaban a sus hijos a la universidad. Ahora estas sociedades tienen ya varias generaciones de clase media lectora y sigue habiendo una vida riquísima que contar, pero faltaron las mujeres. Y ahora nos encontramos con unas generaciones de autoras, y lectores que las aprecian, las leen y quieren escuchar sus historias, su sexualidad, cómo conviven en sociedades de extrema violencia, y además resulta que son técnicamente brillantes. Curiosamente, a ellas no les gusta que se diga que son un nuevo boom… reniegan de este apelativo. Pero en mi generación a mí no me molesta en absoluto. Es lo que llamamos en inglés un embarrassment of riches. (Gloria, puedes traducirlo y ponerlo entre claudators?)

 

¿Me daría tres nombres de autoras que cree que serán autoras que se seguirán leyendo en el futuro?

Mire, empiezo con una poeta: Irene Solà, que también ha escrito narrativa. Para mí tiene algo muy especial, cómo sabe trabajar la historia que está contando, una mirada absolutamente original, compleja y un oído absoluto. Canto yo y la montaña baila es la historia de una familia, pero también de las setas, porque la historia de una es la historia de todas. Cuenta el Pirineo Catalán como el centro mismo del mundo.

«Para las editoriales pequeñas e independientes, es imprescindible que a las grandes les vaya bien. Así funciona el ecosistema.»

También tengo el ojo puesto en la escritora canaria Andrea Abreu, a quien conocimos con Panza de burro, por su absolutamente insólito uso del lenguaje. No sé por qué sigue siendo tan difícil lograr captar los acentos, pienso en El Jarama de Sánchez Ferlosio y cuán pocos escritores logran captar bien el habla regional. Y se me ocurre también la escritora peruana Katya Adaui, que acaba de ganar el Premio Nacional en Perú por un libro de cuentos que se titula Geografía de la oscuridad. Publicamos un cuento suyo en el último número de Granta dedicado a Perú. Se trata de una casa de vidrio construida sobre un río y la lectura trascurre casi como si fuese un río torrencial en crecimiento. Katya no escribe de forma convencional, no usa signos de diálogo, no entrecomilla los pensamientos, y todo fluye. Sientes este fluir en su forma de contar la historia.

 

Y, por último, para rozar los temas que atañen muy directamente a la literatura: la política, la literatura y la cultura de la cancelación. ¿Son compañeras de viaje?

Estoy muy en contra de cualquier tipo de censura o cancelación en la literatura. ¿Cuándo ha sido la literatura un lugar cómodo? ¡No! Es un lugar peligrosísimo… acechan monstruos, mueren protagonistas, los buenos lo pierden todo, el malo gana, hay drama, conflicto, el amor no es correspondido, y el humor, cuanto más negro mejor… La literatura nos obliga a enfrentarnos a la gente que tiene ideas opuestas a las nuestras, nos obliga a ponernos en la piel de otras personas. ¿Lo políticamente correcto? No tiene ningún lugar en la literatura. Su función no es hacerte sentir bien, una buena novela te agarra por las solapas, a veces por el cuello, a veces por los pelos… pero siempre te obliga a sentir y a pensar.

«¿Lo políticamente correcto? No tiene ningún lugar en la literatura.»

Me he enfrentado con un «lector de sentimientos». Tuve que defender una vez el texto de un escritor que publiqué en Granta en español frente a un editor que lo quería publicar en inglés, pero su «lector de sensibilidad» había llamado la atención sobre algunos asuntos. Logré persuadirles y pudo publicarse sin mutilaciones. El cuento terminó ganando un premio O’Henry, que son los premios más prestigiosos en lengua inglesa.

Las grandes novelas de ventas, las que sacuden al público lector, suelen salir de lugares inesperados. Aunque sé que existe la necesidad por parte de las editoriales comerciales de estar encima de las tendencias y los rabiosos gustos de sus lectores, mantener un pulso allí. No tienen la suerte de experimentar. Y para las editoriales pequeñas e independientes, es imprescindible que a las grandes les vaya bien. Así funciona el ecosistema…

El mero acto de escribir es un acto político. Es un reclamo del derecho de decir, de expresarse, de existir en el mundo. Y al escribir cualquier cosa, desde la primera frase, se toma un punto de vista. Y tomar un punto de vista, por mucho que uno pueda alegar que lo sea, nunca, jamás, es inocente. Siempre es una elección.