Un compuesto elaborado en un laboratorio puede convertirse tanto en un pigmento pictórico como en un pesticida rural o en un arma de destrucción masiva: en 1704 un droguero suizo fabricó por azar el azul de Prusia; también por azar, en 1782 un caballero sueco revolvió un pote de ese color con una cuchara que contenía restos sulfúricos, creando uno de los venenos más poderosos de la historia: el ácido prúsico; durante la Primera Guerra Mundial, y con toda intención, un premio Nobel alemán de física lo transformó en el gas sarín para aniquilar a los soldados de las trincheras del ejército enemigo y, posteriormente, los nazis lo convirtieron en el Zyklon, el cianuro empleado en los campos de exterminio.

Con los avatares históricos de este episodio, propio de un artículo científico, el chileno Benjamin Labatut construía uno de los vertiginosos y corrosivos relatos de Un verdor terrible, un libro excéntrico que podía leerse como una especie de nueva ficción científica en la que la crónica y la divulgación se mezclaban con el ensayo narrativo y la ficción. En Si un dit assenyala la lluna, Toni Pou (el Masnou, 1977) opera de forma similar tomando como punto de partida la vida y la obra de Galileo, aunque quien pretendiera buscar en este libro una biografía documentada del astrónomo renacentista o un tratado científico se equivocaría tanto como quien accediera a él esperando encontrar una novela histórica convencional: Si un dit assenyala la lluna es un ensayo que no es un ensayo, aunque contiene muchas páginas que parecen cuentos, y una especie de crónica autobiográfica que quizá es más bien una novela.

En cualquier caso, más allá de las etiquetas, Toni Pou ha escrito un libro hipnótico, sabio y convincente que, si se empieza a leer, no se abandona hasta la última página. Si un dit assenyala la lluna también puede leerse como una historia detectivesca en torno a lo que debía pensar Galileo cuando, de repente, apuntó su telescopio hacia la luna.

Se encuentran en el libro momentos descriptivos portentosos, a la altura del malabarismo de un virtuoso de la retórica.

El narrador de Si un dit assenyala la lluna —igual que el autor, un licenciado en Física decepcionado de los programas académicos, periodista especializado en divulgación científica y entusiasta a ultranza de la literatura y de sus artífices, los escritores— ve un video en YouTube en el que Italo Calvino afirma que Galileo es el mayor prosista de la literatura italiana y, a partir de aquí, se pone en marcha una novela errante muy bien equilibrada, de aguda intuición narrativa y atrevida frescura, que sigue la mecánica de composición de W. S. Sebald o Teju Cole: un método basado en los textos asociativos, en la mixtura discursiva, en los fragmentos de realidad y de historias que se van encadenando y trabando en un continuo interminable a través de la asociación de ideas, para crear un texto en el que se amalgama lo autobiográfico y el turismo ilustrado, el documento real y la ficción literaria, la presencia de figuras novelescas o históricas atrapadas en un instante de sufrimiento o epifanía. Todo encaminado a responder a la pregunta que obsesiona al narrador desde que lee a Galileo y confirma que Italo Calvino seguramente tenía razón: «¿hasta qué punto la imaginación, el arte y la creatividad contribuyeron a las interpretaciones que había hecho con el telescopio?».

 

La historia de los telescopios

Y mientras el protagonista se deja llevar por el ansia de conocer el sueño de Galileo, un ansia que lo lleva de Barcelona a Florencia y, posteriormente, al desierto chileno de Atacama, al observatorio astronómico (hablando entretanto de la historia de los telescopios, del guepardo de las nieves, de los cíborgs, de las simetrías, del método científico y de los científicos que lo utilizan); mientras practica el arte de la divulgación de una forma tan sutil que jamás cae en el didactismo, mientras hace una apología de la imaginación y la creatividad, el lector no puede dejar de leer con admiración un texto que «en algunos momentos consigue cristalizar en palabras esa belleza abstracta que se oculta en la demostración de un teorema, en la ley física o en una posición de ajedrez. Una forma de belleza o una dimensión estética que produce una sensación no muy distinta de la que se tiene al leer una frase bien construida o un texto bien escrito»: son palabras que Toni Pou atribuye a una reseña de Carlo Rovelli —un escritor y científico italiano traducido en Anagrama— del libro de una colega del narrador, que no tiene ninguna entidad real porque es solo un personaje de ficción.

 

Dejar que pase la luz

Se trata de uno de los modos de Toni Pou de indicar que Si un dit assenyala la lluna (aunque narre hechos históricos indiscutibles, aunque parezca un ensayo sobre Galileo y la astronomía) es una novela, una novela que recicla la historia de un episodio científico para narrar a fin de cuentas lo que se narra en cualquier novela de aprendizaje: el recorrido a lo largo de una geografía hecha de secretos y misterios, de iluminaciones y oscuridades, de olvidos y reconocimientos, y de preguntas sin respuesta, que le proporcionarán al narrador un acceso a sí mismo y al mundo en el que se sitúa. Joseph Campbell decía que la función de la religión frente al misterio era ser transparente, dejar que pasase la luz: podría ser la misma actitud que hay que reclamarle a la ciencia, a la literatura, y seguramente es la conducta que Toni Pou adopta ante la palabra escrita, ante el estilo.

Destaca una persecución, en taxi, del taxi que lleva a Vila-Matas a su casa, un prodigio del absurdo cotidiano.

En Si un dit assenyala la lluna se encuentran momentos descriptivos portentosos, a la altura del malabarismo de un virtuoso de la retórica —como las tres páginas donde se narran las vicisitudes del protagonista para impedir que la manivela del telescopio de Galileo se caiga al suelo y se rompa—; abundan los pasajes que no dejan de ser borradores de cuentos de gran calibre —destaca la persecución, en taxi, del taxi que lleva a Vila-Matas a su casa, un prodigio del absurdo cotidiano—; se observa en todo momento una celebración feliz y melancólica de la literatura y la ciencia —«la ciencia puede ser tan creativa e imaginativa como la literatura, pero la literatura puede hacer lo mismo que la ciencia, o sea, nos puede decir cosas del mundo y de la vida que son muy relevantes»—, un elogio constante del conocimiento y de la vida: «La complejidad es una fuente de relaciones inesperadas y placeres sobrevenidos.»

 

Toni Pou. Si un dit assenyala la lluna. Barcelona: Anagrama. 218 págs.

 

«Todo son humanidades»

Y al acabar el libro, el lector tiene la certeza de que Toni Pou, aparte de haber escrito uno de los títulos notorios de la temporada, no se equivoca en absoluto cuando afirma que «a mucha gente le gusta la ciencia y no lo sabe», y de que ha cumplido a la perfección lo que se propone: «Quiero invitar a entrar aquí a personas que vengan del ámbito literario o artístico, de las mal llamadas humanidades, que es un término que no me gusta, porque todo son humanidades.»

No se sabe si el objetivo de Si un dit assenyala la lluna era también que el lector se afanara enseguida en buscar la obra de Galileo, pero parece casi seguro que serán pocos los que resistan la curiosidad de comprobar si Italo Calvino y Toni Pou tienen razón y resulta que el hombre que observó valles y montañas en la luna, los satélites de Júpiter y la Vía Láctea, que cambió la forma de mirar el mundo, fue al mismo tiempo uno de los mejores escritores italianos.