El pasado 13 de enero hizo veinte años de la muerte de Joan Reventós i Carner, uno de los referentes de la política catalana de la segunda mitad del siglo pasado, de la clandestinidad antifranquista y de la recuperación de la democracia y del autogobierno.

Los imponderables del destino hicieron que el desenlace fatal sucediera pocos días después de que Pasqual Maragall fuera investido presidente de la Generalitat, logrando el objetivo primordial del partido fundado por Reventós: gobernar Cataluña. El nuevo presidente le rindió homenaje con estas palabras: «Era una persona al mismo tiempo modesta y potente, amiga de sus amigos y muy firme en sus convicciones; una persona que venía de una estirpe, de una familia que ya había gobernado Cataluña y España, la España republicana; un socialista de pura cepa, un socialista de piedra picada, un ciudadano que honra a Cataluña tanto como a sus representantes. Cataluña está de luto.»

En estos veinte años transcurridos, y muy especialmente en los más recientes caracterizados por la discordia política y social, se ha echado de menos a una persona como Joan Reventós, con su presencia, su consejo, su prudencia y su determinación. Fue un hombre de concordia, un hacedor de acuerdos, un aglutinador de voluntades. Acertadamente se ha interpretado su obra política con la clave de la idea de unidad. Fue un forjador de unidades desde su inicial compromiso político hasta el final de su trayectoria pública.

Se puede muy bien decir que Joan Reventós siempre estuvo en las grandes decisiones fundacionales que nos condujeron desde la lucha clandestina a la democracia y al autogobierno.

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Fue una vida dedicada a la causa sintetizada en el lema «Federación, Democracia, Socialismo» del Movimiento Socialista de Cataluña, al cual se adhirió en un acto de coraje moral y cívico en 1949. Raimon Obiols lo ha recordado así: «Joan fue un hombre que, nacido para ser de los de arriba, tomó la opción por los de abajo». Desde aquel primer momento Reventós trabajó incansablemente, paso a paso, para avanzar hacia la unidad socialista culminada en democracia con la constitución del Partido de los Socialistas de Cataluña. Un partido insertado en la tradición del socialismo humanista que, en palabras suyas, «ha querido ser, es y quiere seguir siendo un combate generoso por la dignidad humana y por la emancipación personal y social, fundamentado en una radical motivación ética y en un sentimiento de responsabilidad hacia la colectividad».

Quizás ya es hora de rescatar a Reventós y reivindicarlo como un referente de la mejor política, la que necesitamos para retomar de nuevo el camino de una Cataluña reconciliada.

Con la misma paciencia y tenacidad, Reventós fue uno de los tejedores de la unidad antifranquista, propiciando sucesivos espacios de encuentro. Así, se convirtió en el hombre-puente, como destacó Josep Maria Castellet, sin el cual no hubiera habido el proceso de unidad política y social que, después de un largo itinerario, culminó con la Assemblea de Catalunya, como lo reconocía Antoni Gutiérrez-Díaz. En aquella cultura unitaria latía una idea-fuerza: la unidad civil del pueblo de Cataluña para evitar la división del país en dos comunidades separadas.

En el proceso de aprendizaje colectivo de la política democrática, Joan Reventós mostró el camino del respecto a las instituciones, con la decidida apuesta por el restablecimiento de la Generalitat y el retorno del president Josep Tarradellas. Un sentido institucional acreditado en las sucesivas responsabilidades que asumió a partir de aquel momento: consejero de la Generalitat provisional, diputado en las Cortes Constituyentes, diputado en el Parlament de Catalunya, embajador de España en París, senador por Barcelona y presidente de la Comisión General de las Comunidades Autónomas y, como culminación de su trayectoria, presidente del Parlament de Catalunya.

 

Joan Reventós i Carner. Fotografía cedida por el Arxiu PSC

Joan Reventós i Carner. Fotografía cedida por el Arxiu PSC

 

No menor en este aprendizaje democrático, es la lección del equilibrio que siempre mostró entre el impulso del ideal y la responsabilidad del realismo, una tensión resuelta señalando siempre el camino del deber y las decisiones difíciles que comporta. Ciertamente, se puede decir que Joan Reventós siempre estaba, sin desfallecer, fiel al imperativo ético de su dedicación política desde su juventud.

Hoy, Cataluña se debate entre romper el nudo gordiano del lío provocado por el proceso independentista y volver en bucle a su punto de partida. Superar positivamente esta situación de desorientación e incertidumbre nos coge con un sistema inmunitario muy debilitado. De aquella cultura unitaria del catalanismo antifranquista y de la Transición solo queda un recuerdo lejano. La unidad democrática de entonces se echa de menos para afrontar la creciente amenaza de la nueva extrema derecha. El comportamiento y el decoro institucional se han devaluado de forma alarmante. Ante los cambios profundos de la sociedad catalana, cada vez más diversa y compleja, el trabajo para reafirmar la unidad civil ha dejado de ser un propósito compartido. Sin olvidar que el legado político de uno de los otros grandes referentes de la política catalana se ha visto malogrado por una grave quiebra ética. Ni el hecho que la mayoría de los partidos catalanes de la primera hora de la democracia recuperada han sido devorados por la vorágine de los últimos años.

Veinte años después, el recuerdo de Joan Reventós pervive discretamente en algunos lugares de memoria. La nueva sede del PSC exhibe con orgullo legítimo el nombre de Casal Joan Reventós, símbolo de la persistencia de su obra política. Un parque acogedor y recogido en su villa de Sarrià lleva su nombre, testimonio de reconocimiento de su ciudad. Como también el paseo de la playa de su estimado San Salvador, en el Vendrell, recuerda sus profundas raíces penedesenques.

Quizás ya es hora de rescatar a Reventós de estas discretas huellas que son testimonio y recuerdo de su persona, y reivindicarlo como un referente de la mejor política, la que necesitamos para retomar de nuevo el camino de una Cataluña reconciliada, empezando por el más elemental respeto y reconocimiento entre los diferentes.

El Reventós apasionado del mundo castellero veía en una colla un modelo a pequeña escala de una buena sociedad: «escuela de las reglas del juego de la convivencia entre personas libres: de la democracia interna, de la autogestión, de la corresponsabilización, de la disciplina voluntariamente aceptada, del respecto a la autoridad libremente elegida». También, una escuela de igualdad donde todo el mundo es necesario, sin distinciones. Y una escuela de solidaridad y fraternidad: «en un castillo no hay ricos ni pobres. La voluntad individual se transforma en voluntad colectiva, cohesionada por la solidaridad, el espíritu de sacrificio y la ayuda mutua», porque «el abrazo colectivo de la piña es forja de ciudadanía integradora».