La venganza ha tardado 30 años en llegar. Las derrotas siempre pasan factura. Menos tardó la de Alemania después de 1919 y, sobre todo, del humillante Pacto de Versalles. La desaparición de la Unión Soviética y la huida de los países del bloque comunista para buscar refugio en las alianzas con Estados Unidos y Europa, una operación mayoritariamente pacífica y pactada, ha acabado pasando una factura tan amenazadora como las dos guerras europeas que precedieron a la guerra fría, y más aún si contamos el legado nuclear, que sigue bien vivo gracias a las armas todavía acumuladas por las dos superpotencias atómicas que la libraron.

Siempre hay, en estos casos, una puñalada por la espalda. Entonces, en 1919, y en el caso actual, entre 1989 y 1991. En la mente nacionalista no hay ninguna derrota por méritos propios. Siempre es fruto del engaño exterior o de la traición de las propias filas, o de ambas cosas. El nacionalismo militarista alemán, precedente del nacionalsocialismo, atribuyó el engaño a los aliados y la traición a la socialdemocracia. También el nacionalismo imperial ruso atribuye la pérdida de la guerra fría al engaño de Estados Unidos y Alemania, y la traición, naturalmente, al bolchevismo cosmopolita e internacionalista, que reconoció la independencia de Ucrania y el derecho de los pueblos a la autodeterminación, y, ya hacia el final, a Mijaíl Gorbachov, que negoció los acuerdos para el nuevo orden europeo que hemos conocido hasta ahora.

La cuestión es ocultar el fracaso con mitos y leyendas, que en ambos casos implican sendos proyectos imperiales, el del Reich alemán y el de la Unión Soviética. Se olvida, en cambio, el carácter mismo de la derrota, que en el caso soviético significó la consolidación de la Alianza Atlántica como estructura de seguridad europea y su ampliación hasta el máximo de sus posibilidades. Por supuesto que no hay ningún compromiso firme y escrito que limite el ingreso en la OTAN; propiamente, tampoco existió de palabra. Este era, precisamente, el contenido de la derrota a la cual se resistió sin éxito el Kremlin bajo el liderazgo de Mijaíl Gorbachov.

Putin pasa ahora la factura de la derrota en la guerra fría, que no atribuye a errores soviéticos, sino a la traición de los propios y al engaño de los extraños.

La pugna empezó propiamente con la unificación alemana, que requería el acuerdo de Moscú en su condición de país ocupante que debía retirar tropas y armas. Los méritos más notables fueron los de Helmut Kohl, que primero se anticipó en la jugada y, después, la combinó con la generosidad de su ayuda económica y financiera a una Unión Soviética arruinada. Pero fue gracias a Bush padre como se consiguió, con la ayuda también de los tres países del Pacto de Varsovia más cercanos a la centralidad europea —Polonia, Checoslovaquia y Hungría—, que presionaron desde la caída del Muro para no quedarse fuera de la protección del paraguas atlántico.

Había alternativas, naturalmente. Incluso Moscú, al ver la cola frente a la OTAN, sondeó a Washington para saber si también la Unión Soviética podría ingresar. También había reticencias, naturalmente: en Estados Unidos, el mismo George Kennan se oponía a la ampliación hacia el este; y en Alemania, el ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, quería una confederación defensiva de aires gaullistas desde el Atlántico hasta Kamchatka. Gorbachov dio luz verde a la unificación alemana dentro del marco atlántico con la oposición de sus asesores. Así quedó abierta la puerta a las sucesivas ampliaciones y sembrada, también, la semilla del golpe de Estado fracasado, que dejó a Gorbachov primero en manos de Yeltsin y, después, sin el país, la URSS, que había presidido.

La Europa neutral y sin armas nucleares que algunos soñaban, sin OTAN ni Pacto de Varsovia, tentaba la lógica geopolítica. Llevaba a una futura disputa por la hegemonía continental entre Alemania, Francia y Rusia, y, probablemente, al rearme nuclear alemán. La única alternativa a la hegemonía de Washington radica en la construcción de una nueva hegemonía exclusivamente europea, es decir, francoalemana. Ese es, tantos años después, el camino todavía por recorrer de la Unión Europea geopolítica y estratégica que ambicionan Emmanuel Macron, Ursula von de Leyen y Josep Borrell.

Los europeos no han aprovechado los avisos rusos para acelerar su autonomía estratégica y plantar cara al revanchismo imperial ruso que ahora se ha manifestado.

Los europeos no podemos decir que no estuviéramos advertidos. La «revolución naranja» o primer Maidán fue en 2004. El segundo fue en 2013. Ya en 2007 Vladímir Putin leyó el guion del revanchismo imperial ruso en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Han pasado siete años desde la guerra en el Donbás y la anexión de Crimea. Hubo sanciones y se enrarecieron las relaciones, pero la vida continuó como siempre en lo relativo a los oligarcas rusos en la City y Nueva York, con el viento de popa para los negocios del gas, las ventas de apartamentos y mansiones en las costas europeas a los turistas rusos de todo tipo, también mafioso, y, sobre todo, sin que la UE supiera resolver la cuestión de su autonomía estratégica, ni en energía ni en defensa.

La venganza alemana de 1919 corrió a cargo de un antiguo suboficial de enlace del derrotado ejército imperial llamado Adolf Hitler. La soviética de 2022 se produce bajo la dirección de un antiguo oficial de la KGB como Vladímir Putin, el chequista que ha llegado más lejos en la historia de la policía política soviética. Quizá la historia da lecciones, pero parece que sea una asignatura que no encuentra nunca alumnos lo bastante aplicados.