Desde que en 1977 realizó Ocaña, retrato intermitente, Ventura Pons fue una de las columnas vertebrales del cine catalán. Más de treinta largometrajes en poco más de cuarenta años de profesión acreditan la trayectoria de un productor, director y guionista que consolidó su obra, diversificada en géneros y estilos muy diversos, sobre cuatro grandes ejes.

En primer lugar, el recurso a autores de la literatura catalana, ya fuesen los relatos de Quim Monzó que inspirarían El perquè de tot plegat y Mil cretins, las obras de dramaturgos como Josep Maria Benet i Jornet (Amic/Amat, Actrius), Sergi Belbel (Morir (o no), Carícies, Forasters) o Lluïsa Cunillé (Barcelona, un mapa) y de los novelistas Lluís-Anton Baulenas (Anita no perd el tren, A la deriva) o Ferran Torrent (La vida abismal) o personajes como Mercè Rodoreda (Un berenar a Ginebra) y la familia Dalí (Miss Dalí). Esta galería literaria se enriquecería con los retratos documentales que Ventura Pons dedicó al pintor Ocaña, al músico Gato Pérez (El gran Gato), al restaurador de arte Ignasi Millet (Ignasi M), a la fotógrafa Colita (Cola, Colita, Colassa) o a unas galeristas catalanas herederas del exilio republicano en México (Univers(o) Pecanins).

Todas estas películas, como la inmensa mayoría de su obra, están en versión original catalana. Ventura Pons utilizó su lengua sin complejos, convirtió Barcelona en el escenario de la mayoría de sus películas y las proyectó por todo el mundo, en festivales, cinematecas y otras pantallas. Muchas de estas películas, tercera característica, abordan —con frecuencia en primer término— la temática LGTBIQ+, de la que el cineasta fue abanderado, justamente desde su primer largometraje, realizado dos años después de la muerte del dictador, cuando la homosexualidad era todavía un delito asociado a la peligrosidad social.

Ventura Pons, por último, procedía del teatro. Había residido en Londres en los años 60 y, convertido en un angry young men imbuido del espíritu del Free Cinema, importó obras como The knack o la shakespeariana Nit de Reis. Esta experiencia le permitió entrar en contacto con una generación de actores y actrices —de Joan Pera y Enric Majó a Rosa Maria Sardà— que después retomaría en su obra cinematográfica. El cineasta adoraba a los intérpretes. Espectador asiduo de escenarios de Barcelona, Londres o Nueva York, sabía sacar lo  mejor de ellos, con trasvases entre la realidad y la ficción a veces tan explícitos como Actrius, la obra teatral de Benet i Jornet que trasladaría a la pantalla.

 

Con la música de ‘Be happy’

El reparto de su filmografía es largo y está lleno de rostros conocidos o de descubrimientos personales. Muchos de estos cómicos se reunieron en la Filmoteca de Catalunya una semana después de la muerte del cineasta para rendirle un último homenaje que, en el funeral, se había pedido que fuese una fiesta. Y con este espíritu, el público entró en la sala con la banda sonora de Be happy, el último film del cineasta, un musical. En la pantalla había una foto hecha por Colita durante el rodaje de La rossa del bar. Ventura, ahora en el mismo lado que la fotógrafa también fallecida unos días antes, miraba la platea desde detrás de una cámara con ojos pícaros. Allí estaba buena parte de su equipo, y un atril, al lado del escenario, invitaba a expresar recuerdos y sentimientos. Hubo muchos, de los unos y de los otros. Ventura Pons había vivido intensamente, lo explica en tres libros de memorias, y no dejaba indiferentes a quienes lo rodeaban y él consideraba sus amigos.

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Miquel Rey, en nombre de Els Films de la Rambla —la productora que el cineasta creó en la década de los 80 y que había sobrevivido a todo tipo de cambios industriales y administrativos—, pasaba lista. Y uno por uno, los convocados se sumaban a esta fiesta que, aunque Enric Majó (protagonista de El vicari d’Olot) la calificase de «postiza», reflejaba la cohesión de una gran familia. Todos los que intervinieron se sentían implicados en ella y Roger Coma la invocó explícitamente. Después de actuar en cinco de sus películas, el actor sabía de lo que hablaba. Le superaba Amparo Moreno, que había hecho nueve, incluida la protagonista de Rosita, please!

Pons compartía con Josep Maria Pou la pasión por el teatro y eran amics/amats desde que le ofreció su primer papel protagonista en este melodrama que interpreta junto a David Selvas. Después se vestiría de mujer en Barcelona, un mapa, y el cineasta lo llamaba Lord Pou; reminiscencias británicas y justicia poética. Joan Pera tejió los hilos que llevaban, desde sus orígenes comunes en el teatro, hasta el protagonismo de Forasters, pasando por vínculos familiares. No había tenido nunca tantos reconocimientos cinematográficos como con este drama familiar dirigido por Ventura Pons. Mingo Ràfols lo definió como un espíritu libre, Núria Hosta era La rossa del bar de la película de la foto y Mercè Pons —la joven estudiante de teatro en Actrius— habría podido interpretar a su madre en un proyecto que no se llegó a rodar. La familia Ventura crecía unida a lo largo del tiempo.

 

Tres besos republicanos

En el homenaje también se invocaron recuerdos de una cena en el festival de Moscú en la que Ventura era el azar (Maria Molins), de largas estancias en Cadaqués (Anna Azcona), de muchos años de vinculación con el teatro (Carme Sansa) y de tres besos republicanos llenos de ternura por parte de Karme Màlaga, que interpretaba a Amanda Lear en Miss Dalí. También se oyeron las voces grabadas de Vicky Peña —que había encarnado a Mercè Rodoreda en Un berenar a Ginebra— y de Mario Gas (Amic/Amat) o, desde Madrid, de Cayetana Guillén Cuervo y Santi Millán, los protagonistas de Amor idiota. No había tiempo para más.

Me había dicho que la plaza Salvador Seguí, donde está la sede de la Filmoteca, debería llevar el nombre de Néstor Almendros, el más internacional de los cineastas catalanes.

Los actores siempre acaparan el protagonismo, y todavía quedaban por hablar los técnicos, desde la directora de arte Bel·lo Torras hasta el director de fotografía Tomàs Pladevall, pasando por un largo etcétera. En una solución de emergencia, subieron todos en tromba al escenario para sacarse una foto bajo la foto de Ventura. Había allí más gente que en la platea, pero los que lo miraban desde allá también se hicieron su propia foto. Nadie quería que se borrase el recuerdo, y la consejera de Cultura, Natàlia Garriga, ofreció el buzón de la Filmoteca para acoger nuevos testimonios. El cine catalán le debe mucho a Ventura Pons, y sería bueno no olvidarlo. Alguien propuso que el Ayuntamiento le dedicara una calle. Él me había sugerido que la plaza Salvador Seguí, donde está la sede de la Filmoteca, debería llevar el nombre de Néstor Almendros, el más internacional de los cineastas catalanes.

Ventura era generoso. Vivía haciendo cine y dentro del cine, y la Filmoteca era el hábitat natural para hacerle este homenaje. Él había participado en el que se le hizo a Anna Lizaran poco antes de que la actriz enfermase, y también en el tributo en memoria de Josep Maria Benet i Jornet y de Rosa Maria Sardà, muertos durante la pandemia. En 2014 pidió que se le programara una retrospectiva completa de su obra. Habría sido la sexagésimo quinta  que le hacían en todo el mundo porque, dijo, le habían dedicado más de sesenta y tres. Lo cual quiere decir que las contaba una por una, pero en el caso de Cataluña, el contexto no era el mismo que en Singapur o en Bogotá. Aquí se habían estrenado todas sus películas, algunas con mucho éxito. La mayoría se habían emitido por Televisió de Catalunya, pero no todas, y eso le dolía. Ventura Pons reivindicaba compensaciones por todo lo que él había dado por su país.

Los registros de la filmografía del director de ‘El vicari d’Olot’ van del sainete a los melodramas más impactantes derivados de la miseria humana.

En la Filmoteca de Catalunya encajaba mejor una Carta Blanca que confrontase algunas de sus películas con otras que le habían influido. Entre las ajenas, estaba el Woody Allen de Annie Hall. No en vano su ritmo de producción era casi tan alto como el del cineasta de Manhattan, justamente doblado por Joan Pera. También estaban el melodrama viscontiniano Rocco e i suoi fratelli, el musical británico Topsy-Turvy dirigido por Mike Leigh e inédito en nuestro país, la bergmaniana confrontación femenina de Gritos y susurros, la lucha de clases ubicada en el ámbito homosexual propuesta por Rainer Fassbinder en La ley del más fuerte o la parodia de La vida de Brian, la farsa blasfema de los Monty Python. Los registros de la filmografía del director de El vicari d’Olot van del sainete a los melodramas más impactantes derivados de la miseria humana.

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Su propia voz

Hay mucho de Ventura en estas películas que él había escogido, pero en el homenaje póstumo que se le tributó en la Filmoteca no podía faltar su propia voz, expresada a través de una de sus películas. No era fácil escoger una, sola una, pero finalmente se impuso Actrius. Allí está todo, o casi todo. El precedente dramatúrgico es E.R., la obra de Benet i Jornet sobre la estudiante de teatro que entrevista a tres grandes actrices acerca de su recuerdo de una de sus profesoras, una diva del escenario en la recta final de su trayectoria profesional que busca una heredera a su altura. En el estreno, en el escenario del Lliure, las protagonistas eran Marta Angelat, Mercè Arànega y Maife Gil, pero la adaptación a la pantalla de Ventura fue un paso más allá con la presencia de los modelos originales que habían inspirado los personajes de Benet i Jornet: Anna Lizaran y, muy especialmente, Núria Espert y Rosa Maria Sardà, con Mercè Pons en el papel de la joven aspirante.

 

El registro dramático

El film conserva sus raíces teatrales, pero la cámara ayuda a acercarse a los rostros, a los rictus de unas máscaras que separan la ficción de la realidad. La fama y la popularidad planean sobre dos de los personajes, mientras que el tercero se asocia con la renuncia y la muerte, el mutis definitivo que acaba con cualquier representación. También hay un teatrillo que pasa de mano en mano, hasta que acaba quemado en un escenario de verdad mientras baja el telón en un juego de muñecas rusas. Y no puede faltar la alusión al lesbianismo de la vieja actriz, anzuelo de poder para atraer a la sucesora, que no resistirá la presión para interpretar Ifigenia en Táuride, la protagonista de Eurípides sacrificada por su padre para complacer a los dioses.

El film subraya su rebelión contra el destino, pero no deja de inmolar a algunos de sus personajes para celebrar el ritual del teatro, una representación de la vida. Ventura Pons se sentía cómodo con las comedias más o menos desmadradas, pero es en el registro dramático donde llega más lejos. Si tantos actores agradecían haber trabajado a sus órdenes es porque el cineasta no solo sabía de qué hablaba. Los quería, y era capaz de sacar de ellos su mejor registro para transmitir emociones y sentimientos.