Al cabo de pocas páginas de haberse embarcado en la aventura que representa leer 1969 —el año en que Franco decretó el estado de excepción a raíz de la revuelta estudiantil—, una portentosa cartografía móvil, en forma de crónica o de novela documental, de la vida histórica, cotidiana y espiritual de Barcelona durante el año del título, el lector puede recordar uno de los cuentos del primer libro de Eduard Márquez (Barcelona, 1960), Zugzwang, titulado «Al·legoria», y que el autor no incluyó en la reedición antológica de su obra narrativa breve, Vint-i-nou contes menys: un náufrago divisa un transatlántico y se encuentra con que, en lugar de ser recogido por una lancha de salvamento, solamente ve cómo un pasajero lo fotografía y que «el destello del flash deslumbra el zumbido del buque alejándose».

Más allá de la poderosa visualidad de la imagen, era una información consciente de la forma que tenía Eduard Márquez de operar con la materia literaria, y que consistía —primer paso— en deslumbrar al lector, y —segundo paso— en conseguir un resultado de una extrema concisión narrativa gracias al esfuerzo técnico que destilaba el montaje de cada una de las secuencias argumentales.

El lector advierte que está en medio de una novela nada ortodoxa, y que es inútil buscar unos personajes protagonistas, una trama o un desenlace.

Son dos estrategias que en 1969 encontrará el lector desarrolladas y elaboradas hasta el infinito, como una audacia tan audaz que no teme ni el riesgo que comporta: de repente, quizá cuando ya lleva un centenar de páginas leídas, el lector advierte que está en medio de una novela nada ortodoxa, y que es inútil buscar unos personajes protagonistas, que es inútil buscar una trama, y que es inútil la espera de un desenlace porque no hay en ninguna parte ni un nudo ni un planteamiento argumental, como si 1969 estuviera hecha de flashes y de zumbidos, mientras los días del año se van de la misma manera que los días de cualquier año.

 

Sordidez al descubierto

El lector de 1969 avanza como un condenado sin redención posible, página tras página y sin parar, como si fuese una novela de Balzac huérfana de voz narradora: como si se buscara la independencia de toda tradición literaria, se evapora la figura del narrador como eje firme e invariable del relato entendido al modo decimonónico, desaparece cualquier envoltura estilística o técnica más allá del mero devenir de los hechos, presentados como si fueran una pura materia bruta, y la falta de intervención del autor deja al descubierto la sordidez de lo que se muestra, la demagogia y la impostura que se ejercía desde el poder franquista, y su réplica, la demagogia y la impostura que se construía desde las diversas caras de la resistencia.

Desaparecida la voz narradora, en 1969 no hay nada que tienda a colocar al autor por encima de sus personajes, y no hay nada, tampoco, que pretenda situar a estos en algún espacio que no sea explícitamente su punto de vista o su propio contexto moral, como si solo se apelara a una única instancia, la operación de la lectura, y a la capacidad del lector de distanciarse de lo que, a fin de cuentas, constituye un pasado común que puede suscitar fácilmente una especie de nostalgia: en el fondo, lo que se narra en 1969 es la historia de una mutilación moral y de unas frustraciones personales perpetradas desde todas partes, la desposesión de la verdadera libertad personal, sometida a los vaivenes de las circunstancias históricas.

El verdadero y único protagonista de esta novela es este año 1969, tan omnipresente como el 14 de junio de 1904 en el ‘Ulises’ de Joyce.

«En aquel mundo gris, porque la ciudad era gris, porque la gran mayoría tenía que llevar una vida gris, porque hasta los policías eran grises, si buscabas la luz, si buscabas sentirte vivo, si buscabas la libertad, tenías que salir y luchar contra esa masa gris, para romperla. Querías vida. Sólo querías vida», dice, en una especie de juego metaliterario, la voz que se presenta como el artífice de la fotografía que ilustra la portada.

 

Voces verosímiles  

Eduard Márquez se encara con la materia de 1969 por dos vías: por un lado, está el poder de la burocracia franquista y sus discursos codificados, los informes y documentos policiales o jurídicos, con su prosa castellana cómica o trágicamente enrevesada, y también está la prosa catalana con la que expresan sus jeroglíficos ideológicos la militancia de izquierda o la resistencia catalanista; por otro lado, está la infinidad de testimonios de la gente anónima, que se opone al franquismo o lo defiende, con la voluntad noble o infame de encontrar un lugar en el mundo, y que son las biografías mínimas de un momento concreto que Eduard Márquez hace emerger como si construyera un mural o un retablo plagado de héroes diminutos quemándose en medio de las llamas de la Historia, o como si fuese una película de David Lean filmada por Godard y la panorámica del Cinemascope se fundiera con la mirada microscópica de una home-movie: desde un tiempo que puede ser ahora mismo, cada una de estas personalidades anónimas, como si fuesen unas máscaras vacías con una identidad ilusoria, recuerda las azarosas peripecias vividas durante un momento determinado del año 1969, su mundo obsesivo y sus deseos, sus contradicciones, como si cada día la inocencia natural se fuese perdiendo a medida que se entra en un mundo hostil, y una de las gracias de 1969 es que el autor concede a cada voz una consistencia verosímil e indudable —todo el mundo habla de la manera que habla—, como si fuese alguien de carne y hueso que explica su vida tal como creyó vivirla.

 

Eduard Márquez 1969. Barcelona: L’altra editorial, 2022. 534 págs.

 

Una fuerza inapelable

Y es esto también, y por encima de todo —verosímil e indudable, de carne y hueso—, lo que constituye el verdadero y único protagonista de esta novela, este año 1969, tan omnipresente como el 14 de junio de 1904 en el Ulises de Joyce, y que sirve al lector para ver con qué insistencia la vida se ordena para desordenar las vidas, cómo la histeria de la Historia, sus espasmos y sus intermitencias, sus seducciones y sus rechazos, afecta a unos personajes reales —Franco, el gobernador civil, el rector de la Universidad de Barcelona, el abad de Montserrat, la policía, los sindicalistas—, y cómo estos, después, afectan a unos personajes imaginarios que son, al fin y al cabo, los que acaban influyendo en el curso de la historia. Ese es uno de los méritos de 1969, como si Eduard Márquez ejecutase ambiciosamente lo que decía Boris Pasternak: «Nadie hace la historia; la historia no se ve, de la misma manera que no vemos crecer la hierba.»

Márquez ejecuta ambiciosamente lo que decía Boris Pasternak: «Nadie hace la historia; la historia no se ve, de la misma manera que no vemos crecer la hierba.»

Con un repertorio inacabable de historias llenas de sucesos mínimos e insignificantes, nítidos, lisos e intactos, sin brillos ni transparencias, Eduard Márquez ha escrito una novela documental tan excesiva como perturbadora —no por las voces que intervienen, sino por cómo organiza la materia, veloz y sincopadamente, como si por detrás palpitaran las lecciones sobre el montaje cinematográfico de Dziga Vertov—, de una fuerza inapelable que desborda y abruma, sin caer nunca en la tentación de conmover a nadie y sin importarle nada que el lector, a veces, pueda aburrirse un poco: aunque parezca mentira, ese es uno de los grandes triunfos de 1969.