¿Cuándo acaba la infancia? ¿Hay un día exacto, un día concreto? En mi caso sí, el 29 de julio de 1975. Tenía 9 años y mis hermanos y yo nos disponíamos a ir a la aldea, como todos los veranos. Caroi es una parroquia agreste y montaraz en las tierras altas de Cotobade. Por entonces en cada casa había un establo con vacas que ordeñar, rebaños de cabras y ovejas que pastorear, días de siega, perdices al vuelo entre el centeno y truchas que pescar dejando flotar un saltamontes sobre la corriente. Todo un máster en aldea del que presumíamos en la ciudad al final del estío.

Con ese estado de ansiedad previo al viaje al paleolítico no se duerme muy bien. Casi en duermevela, como en una noche de reyes, recuerdo haber escuchado pasos de madrugada de adultos y voces bajas por el pasillo. Tras las primeras luces soy el primero en levantarme y al entrar en la cocina empiezo a ver gente que no debería estar allí, y menos a esa hora. Era como uno de esos sueños donde se mezclan personajes que no tienen nada que ver entre sí.

Frente a la ventana del comedor descubro a mi padrino, Darío, con la mirada perdida, el gesto serio y la palma de la mano presionando la mejilla. Sosteniendo un teléfono de color rojo, mi madre, nerviosa, trataba de contactar con alguien. Otros dos adultos, amigos de mi padre, entraban y salían del salón hablando entre ellos con rostro preocupado. Solo entonces reparé en mi abuela, Nina, la madre de mi padre, derrotada sobre un sillón. Fue la primera vez que vi a un adulto llorar, y eso nunca se te olvida.

Desde entonces no me he llevado a casa de vuelta ninguna hostia que no me correspondiese sin al menos devolverla, una norma que los Fortes seguimos a rajatabla

Llaman al timbre, vienen más parientes de mi padre, todos de la aldea. Tras desayunar nos recogen a prisa a toda la chavalada y en dos coches nos llevan hasta Caroi. No nos atrevimos a preguntar nada en todo el trayecto, pero nos mirábamos enarcando las cejas, como interrogándonos. Solo estaba ausente mi hermana mayor, Susana, de intercambio en Irlanda. En Caroi estaríamos aislados prácticamente hasta el inicio de la escuela. Allí, en la aldea, nos enteramos de que esa noche habían detenido a mi padre, al capitán de infantería José Fortes Bouzán, por fundar junto a un grupo de oficiales una célula clandestina para extender en los cuarteles ideas de democracia entre sus compañeros de armas. Oficialmente se había convertido en un traidor al ejército de Franco y, por tanto, en un traidor a la patria.

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El hijo de un traidor

La casualidad quiso que por edad y sexo (yo era el más pequeño de los hijos varones del Capitán Fortes) fuese el único que estuviese por entonces cursando cuarto de EGB en un colegio para hijos de oficiales que dependía de la Armada. A esa edad solo quería ser militar, como mi padre y como los padres de mis amigos, entrar en la Academia de Zaragoza y estar todo el día de maniobras y pegando tiros. Todo eso se esfumó también en aquella madrugada del 29 de julio de 1975. No era probable que admitiesen como cadete al hijo de un traidor.

Fueron años duros, imagino que hoy se calificarían de acoso, pero nunca fui de achantarme, así que en más de una ocasión tuve que sacar los puños a paseo en el patio del recreo, en defensa del honor de mis padres. A mi madre también le cayó lo suyo, fue una jabata en aquellos tiempos, con mi padre en prisión y sacando adelante a toda su numerosa prole. Desde entonces no me he llevado a casa de vuelta ninguna hostia que no me correspondiese sin al menos devolverla, una norma que los Fortes seguimos a rajatabla.

Cada día, al anochecer, y en voz baja, mi hermana Susana nos citaba en su habitación para escuchar en secreto una emisora de radio que luego supe que era de onda corta o larga, ya no recuerdo, pero cuya emisión iba y venía con un sonido metálico que a veces se hacía casi inaudible. También sintonizaba el servicio exterior de la BBC. En España estaba casi prohibido hablar de la UMD en la prensa, al menos con Franco vivo o agonizante. Retengo una expresión que nunca se me olvidará. El locutor, con cierto acento extranjero pero en correctísimo español, dijo algo así como que «El viejo vampiro sigue chupando la sangre de los españoles». Hasta yo con mis nueve añitos sabía quién era ese vampiro. Dos días antes habían fusilado en Hoyo de Manzanares a cinco jóvenes acusados de terrorismo. En Hoyo de Manzanares también estaba detenido mi padre. Cuando llegó la noticia vi de nuevo llorar a mi abuela.

 

Una revolución con claveles

Mi hermana era algo mayor y ya sabía de qué iba el asunto de mi padre, algo que nosotros solo empezábamos a intuir, porque los primeros días nadie nos hablaba de ello. Año y medio antes, en abril del 74, nos había comentado también en voz baja algo de una revolución con claveles en Portugal y comenzamos a corear, como en una clave secreta, los lemas que llegaban de Lisboa desde la Emisora Livre Portuguesa: Namais, un so, soldado pras colonias, y aprendimos de memoria el Grandola Vila Morena y las canciones de Zeca Afonso y Mario Branco que emitían a todas horas.

A esa edad solo quería ser militar, como mi padre, entrar en la Academia de Zaragoza y estar todo el día de maniobras y pegando tiros.

Con el tiempo me enteraría también de que mi padre, con una querencia innegable a meterse en todo tipo de líos, había sido el primer oficial español que muy clandestinamente contactó con los oficiales del MFA, el Movimiento de las Fuerzas Armadas portuguesas. Eran los audaces capitanes comandados por Otelo, Vasco Lourenzo, Salgueiro Maia, Rosa Coutinho, Contreiras, Martíns Guerreiro y compañía, que sin disparar apenas un solo tiro acabaron en 24 horas con una dictadura aún más antigua que la española. A casi todos los acabé conociendo personalmente con el paso de los años.

 

Como una película de espías

Uno de ellos fue el capitán Martelo. En 2015, con motivo de un homenaje a la UMD en el Principado de Asturias, los dos volvieron a reencontrarse cuatro décadas después. Con Martelo había establecido el primer contacto pocos días después del 25 de abril de 1974. Aunque para cualquier oficial español el viaje a Portugal en esa época estaba absolutamente prohibido, se desplazó de paisano y en el coche de un amigo hasta Oporto. Su Ford Taunnus de color rojo era muy poco discreto.

En el lugar convenido partieron por la mitad un billete de 20 escudos. Una mitad se la quedaría Martelo y la otra mi padre para dársela al oficial de enlace respectivo. El encuentro se produciría semanas después entre el secretario de la UMD, el capitán de ingenieros Jesús Martín Consuegra, y un contacto civil portugués. Quedarían en la Plaza de España de Madrid, bajo el monumento a don Quijote. Los dos tenían que llevar bajo el brazo un ejemplar de Cambio 16 a modo de contraseña para reconocerse, y después sacarían las dos mitades del billete, que tendrían que casar exactamente. Era como una película de espías. Con semejantes métodos no me extraña que los acabasen pillando.