Las biografías y los estudios sobre Vicente Aleixandre (1898-1984) no han tenido en cuenta o han ignorado la importante estancia barcelonesa de Aleixandre en el otoño de 1948, llegando a situar su primera lectura poética el 16 de abril de 1951 en la Facultad de Filosofía y Letras. Error que tratamos de subsanar, atendiendo a las referencias epistolares y a los artículos de Antonio Vilanova, Néstor Luján y Joan Perucho, exhumados por los trabajos de Alba Guimerà, Agustí Pons y, sobre todo, por el espléndido libro de Julià Guillamon, Joan Perucho. Cendres i diamants. Biografia d’una generació (2015).

La primera lectura poética del futuro Premio Nobel 1977 tuvo lugar en el Ateneu Barcelonès el 11 de noviembre de 1948. El propio Aleixandre dejó constatada, con inequívoca referencia, su lectura en el Ateneu en unas líneas del capítulo «José María de Sagarra, entre sus antiguos» de su impecable libro Los encuentros (1958): «La primera vez que le vi, en primera fila de una sala de conferencias (el Ateneo barcelonés, si no me equivoco), su presencia misma, en aquella ocasión, ya era para mí la más amable de las aseveraciones».

Luján, quien ya le había dedicado dos artículos —uno de ellos muy somero— en el semanario Destino (20-5-44 y 12-5-45), publica en el mismo semanario (20-9-1948) un artículo titulado «Presencia en Barcelona de Vicente Aleixandre», donde además de señalar que «no lo había saludado personalmente jamás», indica con prosa protocolaria: «Su lectura, celebrada el pasado jueves en el Ateneo Barcelonés, fue un auténtico éxito emotivo y vibrante, y constituyó, posiblemente, el suceso humano más interesante que se ha producido en estos últimos tiempos en lo que se refiere a la poesía». Por su parte, Perucho, según refiere Guillamon, consiguió conocer personalmente a Aleixandre, quien le dedicó la segunda edición de La destrucción o el amor (1945): «A Juan Perucho, reunidos al fin en la querida Barcelona, con un abrazo de su amigo».

Vilanova, Luján y Perucho eran muy buenos amigos. El día 14 de marzo de 1944 había salido de las prensas de A. López el precioso libro 9, que con caricaturas de José María de Martín agrupaba las semblanzas, a cargo de Luján, de José Riera Crivillé, Perucho, Nani Valls, Carlos Fisas, Ventura Torres, Francisco José Mayans, Vilanova y la de sus artífices, Martín y Luján (cuya semblanza salió de la pluma de Mayans). Mi maestro, Antonio Vilanova, me regaló un ejemplar el 5 de enero de 1997, con una dedicatoria muy explícita: «Para Adolfo Sotelo, esta inhallable rareza bibliográfica, primer testimonio impreso de nuestro grupo generacional» (el destacado es mío).

 

«S’esmerça en coses erudites»

En ese grupo generacional los más próximos a las tareas de la historia y la crítica literaria eran Luján y Vilanova: ambos estudiaron Filosofía y Letras, tras conocerse cuando contaban 10 años en el colegio de los Hermanos Maristas de la calle Llúria (Alba Guimerà lo ha relatado en su tesis doctoral). Luján escribía en 9 a propósito de Vilanova: «Está saliendo a cazar en el campo de la literatura con gran aparato de montería. Va para caza mayor y todos esperamos de él un buen botín».

No obstante, cuatro años después, Luján (ya por entonces importante colaborador de Destino) le escribe al común amigo, el gran poeta Josep Palau i Fabra, que residía en París desde diciembre del 46, acerca del grupo generacional: «Les nostres vides —les dels amics i coneguts— han fet més o menys també les evolucions que eren d’esperar: l’Antoni Vilanova s’ha fet amic d’en Masoliver, d’en Riquer i d’en Castro; és auxiliar de la Universitat —de filologia, crec— i s’esmerça en coses erudites.»

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En este contexto se produce la visita de Aleixandre a Barcelona. Su estancia y sus actividades cuentan con un observador atento y apasionado, excelente conocedor del poeta (posiblemente el mejor en los tiempos de la inmediata posguerra), a quien había visitado en Madrid antes de iniciar su servicio militar en marzo de 1945, en San Juan de Mozarrifar (Zaragoza), y con el que mantendrá una regular e intensa correspondencia durante los años 45 y 46.

Por otra parte, el joven Vilanova había escrito un formidable artículo, «La poesía de Vicente Aleixandre», publicado en la revista Estilo el 27 de enero de 1945, con un diapasón crítico muy similar al de sus artículos del boletín universitario, Alerta. Son a buen seguro estos artículos a los que alude una carta de Vilanova (primavera del 45) a sus padres, en la que les transmite la confidencia de Vicente Gaos, que «sabía por Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre que era el mejor crítico joven de España».

«La pasión salvaje y atormentada de Aleixandre no es más que una orgía mental», escribe Antonio Vilanova.

Aunque Aleixandre llegó a Barcelona el martes 9 de noviembre, Vilanova no le saludó hasta el jueves, antes de la lectura y en la sala de Juntas del Ateneu, «donde estaba sentado con Elisabeth Mulder en espiritual y etérea conversación». Vilanova asiste ensimismado a la lectura del poeta: «maravillosa de acento, cálida de dicción, sabia, de auténtico virtuoso, y por encima de todo, impresionante». Sus notas, aunque sintéticas, se detienen en el desarrollo del acto, y así lo que le pareció más decisivo de la sesión fue: «la originalidad y la gracia de los comentarios previos a la lectura de cada poema». Cree que ha impartido una lección de «inteligencia poética», que había presentido al conocerle en Madrid: «la pasión salvaje y atormentada de Aleixandre no es más que una orgía mental».

 

«Aristòcrata de l’esperit»

En lo que atañe al modo cómo ha leído sus versos, Vilanova subraya «la carencia casi absoluta de énfasis retórico» y el tono «de llaneza señoril, de aristócrata del espíritu». Sus anotaciones se detienen en algunos de los asistentes. Con una pluma incisiva, en ocasiones afilada (se lo habría de reconocer unos años después Josep Pla) escribe: «La sala estaba llena a rebosar de los jóvenes poetas de las nuevas generaciones, que aparte de su absoluta carencia de genio poético parecen abrigar la ilusoria esperanza de que su afeminamiento les ha de proporcionar el talento del que carecen».

Al margen, señala la presencia de poetisas, tal Ana-Inés Bonnin, Susana March y —fascinante— Ester de Andreis, «con un vestido verde esmeralda y el pelo rubio dorado». Así mismo menciona los que junto a él ocuparon la presidencia: Martín de Riquer, Pepiño Pardo, Dionisio Ridruejo, Elisabeth Mulder, Juan Ramón Masoliver y Guillermo Díaz-Plaja. Baste añadir que su texto contiene una interjección (¡Ah!) para añadir: «también el imbécil de Vila Fradera, funcionario ejemplar, jesuítico sicario del régimen». Se trata de Jorge Vila Fradera, en ese momento secretario provincial de Educación Popular.

Vilanova es puntual cronista de la cena en Las Siete Puertas, en la que Aleixandre leyó tres poemas inéditos.

La Vanguardia Española del 13 de noviembre daba noticia de la cena que a continuación de la lectura se celebró en «un restaurante» como homenaje al poeta, quien leyó algunas composiciones inéditas, tras los parlamentos de Ridruejo y Sagarra. Vilanova es puntual cronista de dicha cena en Las Siete Puertas, en la que Aleixandre leyó, en efecto, tres poemas inéditos, que habrían de integrarse en Mundo a solas (1950) y En un vasto dominio (1962). Las palabras de Sagarra le dan la excusa para un sintético retrato del genial autor de Vida privada: «El patricio egregio de la sangre y de la poesía, con su calva de emperador romano, su nariz aquilina de tenues aletas, su flácida gordura de mediterráneo sensual ha sido quien ha captado con más acierto la capacidad de explicar el misterio poético que se ha revelado en Aleixandre. Su imagen de “expositor de imponderables” es una frase más que añadir a la infinita serie de sus rasgos de ingenio».

Vilanova, que estaba sentado entre Ana-Inés Bonnin y Mari Isabel de Riquer, «maravillosa con su vestido de satín negro», y que tenía enfrente a Manent y Teixidor, pudo hablar un rato con el autor de Sombra del paraíso (1944). Al fondo, «las tardes de Velintonia, a la luz cálida de la pantalla esfumándose en un halo de penumbra». En el salón del restaurante, la palabra de Aleixandre: «¡Hombre por Dios, con lo que yo te quiero, Antonio! Tenemos que vernos», que complace el jovial orgullo del joven profesor, que ya ha dejado atrás sus aprendizajes de poeta.

Barcelona era una fiesta: Aleixandre, Miguel Utrillo, Julio Garcés, Masoliver, Díaz-Plaja y señora, Victoria Carreras, Madame Sanromá, Ridruejo, el pintor Rafael Zabaleta y el hispanista Luigi de Filippo participan en la reunión de la madrugada del sábado 13, que Vilanova describe con precisión balzaciana.

El homenaje y la fiesta continuó en El Molino, «para que Vicente viese a la Bella Dorita, la reina del cuplé equívoco, picante y descocado, que tanto admira Eugenio d’Ors». Y la Bella Dorita canta «Demasiada cultura», «capaz de sonrojar a un carabinero», en honor de Aleixandre, mientras todos (han rehusado acompañarlos, entre otros, los Riquer, Manent y Sagarra) disfrutan de lo lindo, especialmente Ángel Zúñiga y Josep Janés.

 

El mítico salón de Ester de Andreis

A la una y cuarto de la noche el espectáculo de El Molino había terminado, sin embargo quedaba un último acto, el colofón, del homenaje a Aleixandre. La «écriture du jour» de Vilanova anota: «Juan Ramón [Masoliver] ha sugerido a Ester de Andreis que nos invitase a tomar unas copas en su casa». La poetisa genovesa, casada con el industrial catalán Enric Mir Deulofeu, acepta; y de inmediato se organiza la escapada hacia el torreón noucentista de la calle Ganduxer. Barcelona era una fiesta: Aleixandre, Miguel Utrillo, Julio Garcés, Masoliver, Díaz-Plaja y señora, Victoria Carreras (aspirante a demi-mondaine), Madame Sanromá («nada fina pese a su ascendencia francesa y a los millones de su marido», la pluma afilada de Vilanova dixit), Ridruejo, el pintor Rafael Zabaleta y el hispanista Luigi de Filippo participan en la reunión de la madrugada del sábado 13, que Vilanova describe con precisión balzaciana.

En sus Casi unas memorias (1976) Ridruejo recuerda que «durante años la casa de Ester de Andreis, en Ganduxer, 55, ha sido punto de reunión para una porción de escritores catalanes, forasteros y transeúntes (en aquella casa, por ejemplo, conocí yo a Vicente Aleixandre)». La memoria de Ridruejo es imprecisa, pero ciertamente el último eslabón de la fiesta en honor del poeta de Sombra del paraíso se celebró, en la madrugada, en el mítico salón de Ester de Andreis.