La excelencia en la economía de la empresa

Vicente Salas Fumás es un economista especializado en el estudio de la empresa como institución económica y social, muy admirado por sus colegas y alumnos. Nació en Albelda (comarca de la Llitera, Huesca, Aragón), en la Franja, en una familia campesina. Hizo el Bachillerato en Balaguer y por influencia de un médico catalán amigo de la familia, en vez de estudiar Ingeniería Agrónoma en Valencia como estaba predestinado, estudió en Esade, en Barcelona, con una beca. Hizo el Doctorado en Purdue (Indiana, Estados Unidos) y al volver tuvo un gran impacto en los estudios de Economía de Empresa en España desde la Universidad de Zaragoza y la Autónoma de Barcelona, dirigiendo tesis doctorales, investigando, enseñando e impulsando el estudio de la empresa con el rigor de la economía y la preocupación por el bienestar social. También ha estado en el Consejo de Gobierno y en la Comisión Ejecutiva del Banco de España y fue galardonado con el premio Jaime I de Economía. A pesar del reciente trámite obligado de la jubilación, sigue trabajando al ritmo habitual, es catedrático emérito en Zaragoza, y hace poco recibió el Doctorado Honoris causa por la UAB.

 

¿La carga ética de su investigación y su trayectoria está influida por Esade?

Esade tuvo una influencia muy importante en mí porque era una escuela muy plural. Coincidí con Juan García Nieto, por ejemplo, que era profesor de Sociología. Ahora me han invitado a colaborar en un libro de homenaje a él desde Comisiones Obreras del Baix Llobregat. He recordado que anticipó cuestiones sobre la importancia de poner la tecnología al servicio del trabajo, que hoy son de debate por ejemplo en el MIT.

Nos impresionaba mucho ver a los jesuitas que se pasaban dos o tres años en Latinoamérica defendiendo la Teología de la Liberación y que venían seis meses a dar clases de filosofía a Esade.

 

¿Cómo fue la experiencia en Estados Unidos?

Cuando empecé la tesis no había encontrado todavía la respuesta a la pregunta que me había motivado a marchar, que era si la empresa se podía estudiar del mismo modo que se estudiaba la economía, pero poco a poco la fui encontrando. El último año en que yo estaba haciendo la tesis se publicó el libro de Oliver Williamson (Premio Nobel de Economía en 2009) Markets and Hyerarchies, y este libro fue un punto de inflexión en mi manera de estudiar la empresa y la economía.

Poco después contacté en los Estados Unidos con profesores españoles, y con pocos días de diferencia respecto a la UAB me hicieron, primero, una oferta en Zaragoza y fui, y al cabo de un tiempo pasé unos años en la UAB. Pero siempre me he sentido de los dos lugares, porque la gente de la UAB fue muy generosa conmigo (Antoni Serra Ramoneda, Xavier Calsamiglia), y el proyecto de Universidad que ellos tenían en mente era un proyecto con el cual yo sintonizaba: un proyecto de estudiar la economía con el rigor analítico que se usaba en las universidades norteamericanas, y poderlo reproducir para estudiar la empresa. Y se creó un ambiente de mucha comodidad con Serra y otros colegas como Miguel A. García Cestona, que había estudiado en Stanford. El rigor analítico también se podía aplicar en el ámbito organizativo, donde los precios no juegan un papel tan importante.

 

Sobre la empresa española ha trabajado muchos años y, además, tiene un libro reciente. Desde la entrada en el euro, ¿cómo valoraría su evolución?

No ha habido un cambio fundamental, ha sido una evolución cuantitativa pero no cualitativa. Y la evolución cuantitativa ha sido la que ha llevado la dinámica de la economía. El euro abarató el coste de financiación, puso a las empresas españolas en iguales condiciones de financiación que una empresa alemana, abaratando el coste de capital. Pero cualitativamente no ha cambiado la estructura de tamaños, ni otros aspectos. Por eso hay un fuerte impulso de la economía entre 2000 y 2007, pero no hay ganancias de productividad. Con este impacto cuantitativo, yo creo que dejamos de lado el cambio cualitativo.

Después hay otro fenómeno que se tendría que haber estudiado más: el peso de los gastos de personal bajó 7 puntos entre 2006 y 2013. En España es muy singular; la reforma laboral es de 2012, pero la tendencia ya existía, cuando anteriormente la participación de los salarios había sido muy estable. Mi conjetura es que esto pasó por el aumento de la inmigración.

Desde el punto de vista de la organización interna, por ejemplo descentralización y grado de autonomía en el trabajo, en relación con los países del norte de Europa, en las pocas estadísticas que he mirado, no ha cambiado nada, está igual. Podría decirse que nos hemos modernizado con la gobernanza corporativa, porque llegó el informe Cadbury, o se introdujo el Informe Olivencia, pero han sido transposiciones a la empresa española cotizada de modelos y propuestas que tenían un origen anglosajón, cuando, aquí, el problema no era el poder de los ejecutivos.

Fue un cambio cosmético para poder decir que aquí estábamos homologados. Aquí, el problema no es la dilución de la propiedad, sino quién es el accionista principal, sea un banco, el Estado o una familia. Puede haber cambiado quién manda, quizás antes un burgués catalán y ahora un alemán, pero el problema no es de exceso de dilución de los accionistas.

También hago reflexión y autocrítica, porque creo que teníamos que haber prestado más atención a los modelos de codeterminación y de cogobernanza que hay en el centro y en el norte de Europa. Los deberíamos haber tenido más en cuenta en el debate. Quizás no estábamos preparados para incorporarlos, pero, académicamente, habríamos tenido que mirar más el modelo de participación de los trabajadores en la empresa de los alemanes o los escandinavos.

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Sobre posibles cambios cualitativos, una cuestión interesante es como estamos introduciendo la digitalización. ¿Qué nos dicen los datos de la digitalización a la empresa española?

Los datos que recoge la Unión Europea son de dos tipos. Uno, es el que mide el grado de digitalización de las economías, incluidos datos de las empresas. Y el otro, es el que hace preguntas sobre la utilización de la tecnología digital por parte de las empresas combinado con preguntas sobre la forma con que se utilizan estas tecnologías y otras decisiones empresariales. España tiene un nivel de digitalización comparativamente alto. Por ejemplo, con la utilización de robots, con la utilización de ordenadores por cuestiones de gestión, quizás menos con el número de personas que utilizan los ordenadores en los puestos de trabajo.

«En España estamos muy por debajo del nivel de confianza de los países nórdicos, y también tenemos menos descentralización y menos formación.»

En agregado hay un nivel alto, pero hay diferencias en algunos datos. Se puede ver la relación entre el tipo de organización de las empresas y la utilización que hacen de la tecnología digital. España puntúa alto en dos variables: robots y uso de tecnologías para el control de los trabajadores (por ejemplo, saber qué está haciendo el trabajador con el ordenador, sensores, etc.)

Los países del Norte destacan porque las tecnologías se utilizan en sistemas de organización del trabajo que dan mucha más autonomía y descentralización al trabajo, y, en cambio, en España respecto a estos sistemas de descentralización, de acuerdo con la respuesta a la pregunta de en qué grado usted delega a la hora de gestionar, aquí hay muchas menos personas que dicen que delegan. Cuando combinamos esto con la investigación que ha mirado el impacto de la digitalización sobre la productividad se ve que, para que haya impacto sobre la productividad, las empresas tienen que combinar la digitalización con sistemas de gestión mucho más descentralizada. Que en España se digitalice tanto pone en entredicho que esta digitalización acabe mejorando la productividad, porque no va acompañada de las formas de organización necesarias.

 

Y esto se combina con el poco éxito de los esfuerzos de democratización empresarial en España, que sí que ha habido en otros países.

En Europa del Sur, en general, no hemos introducido leyes como las de Suecia donde a partir de cierto tamaño, se da la posibilidad de introducir representantes de los trabajadores en los órganos de gobierno de la empresa, no solo en el comité de empresa, que es un órgano más consultivo. ¿Por qué? No lo sé. Ya he dicho antes que quizás desde el mundo intelectual se habría tenido que abrir en la sociedad española este debate.

 

En España una autocrítica a hacer es que tenemos un déficit de productividad. ¿Se puede revertir?

El estancamiento de la productividad de los últimos años es un tema que no solo está afectando a España. Volvemos a aquella frase de Solow, que decía que los ordenadores están en todas partes menos en las estadísticas de productividad. Ahora, con las cuestiones digitales hay problemas de medición. Pero en España en cuanto a la productividad, aparte de estas cuestiones generales, hay margen de mejora, mejorando la formación y aumentando el empoderamiento de los trabajadores.

 

Normalmente, se habla de lo primero pero no de lo segundo.

Pero es que las dos cosas tienen que ir juntas. Para descentralizar, hace falta que la persona en quien delegues sepa hacerlo, y la otra cuestión es que te fíes de ella. Aquí no se han dado ninguna de las dos. No tenemos gente bastante competente, ni cuando la tenemos delegamos en ella. Si miras los grados de confianza que dan las estadísticas para los países que descentralizan más, hay una correlación muy fuerte entre nivel de confianza y grado de descentralización de las empresas. Y en España estamos muy por debajo del nivel de confianza de los países nórdicos, y hay también menos descentralización. Y también tenemos menos formación. Y, por otro lado, si tú le dices al trabajador lo que tiene que hacer tampoco te preocupas de formarlo, porque crees que ya sabe lo suficiente… El trabajador se ve como un ejecutor, y me tengo que asegurar que hace lo que le digo.

 

La diferencia entre las dos últimas crisis es que ahora se acepta más la intervención pública. Pero hay un debilitamiento de los Estados nacionales, o se pide a las empresas que se encarguen de corregir las carencias del mercado. ¿Hasta qué punto los Estados tienen que hacer más, y hasta qué punto se tienen que responsabilizar las empresas?

Las externalidades globales medioambientales, y las desigualdades globales, vinculadas a cómo está el tema de la inmigración, escapan para mí de la capacidad de los Estados nacionales. Existe el riesgo de que un Estado nacional actúe de «pasajero sin billete»: que lo arregle otro. Tenemos un problema de acción colectiva y problemas globales, y no tenemos una autoridad global. Al mercado no se lo puedes pedir. Entonces ha surgido una vía intermedia: la ONU, a finales de los 90, principios del 2000, con Kofi Annan, vio que había una forma de convencer a las multinacionales para que actuaran sobre los derechos humanos y el medio ambiente, bajo la amenaza que si no lo hacían, las ONG las denunciarían, como ya lo hacían algunas y, si lo hacían, la ONU aparecería como aliada y de alguna manera las legitimaría.

«Tenemos un problema de acción colectiva y problemas globales, y no tenemos una autoridad global.»

Las multinacionales aceptaron y, al menos cosméticamente, se pusieron las pilas, porque tenían a las ONG detrás, vigilando por ejemplo el trabajo infantil, o la contaminación. La ventaja de las multinacionales es que tienen una actividad global y tienen una unidad de dirección. Tienen la autoridad y la transversalidad de atravesar fronteras políticas. Esto fue la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) en el comienzo. Después, en una segunda etapa, la ONU implicó a grandes inversores financieros, que se adhirieron por la vía del riesgo, por ejemplo el riesgo reputacional, que se podía ver afectado por una denuncia. De aquí surgió el movimiento ESG (las siglas en inglés de Ambiental, Social y Gobernanza). Pero al final seguía siendo la cotización de las acciones la que preocupaba. Y también ha habido otras iniciativas.

 

Una es la Business Roundtable de los Estados Unidos…

Esta es diferente, tiene un origen más local y posterior, porque apareció como reacción defensiva en los programas de Sanders y Warren en las elecciones primarias del Partido Demócrata de 2020, que querían incorporar en Estados Unidos los modelos de participación en la empresa del norte de Europa. La Business Roundtable dice «ya lo haremos nosotros». Este es un movimiento en esta clave.

Se han hecho cosas y estamos mejor que si no se hubiera hecho nada. Pero si miramos el resultado final, en estos años desde el discurso de Annan en Davos donde habló de RSC, no se ha avanzado ni en desigualdad ni en la cuestión medioambiental. El resultado final es muy pobre. Quizás habría sido peor. Pero la otra pregunta que uno se tiene que hacer es si los Estados han mirado hacia otro lado porque pensaban que ya lo hacían las empresas. Como que las empresas hacen estos informes tan bonitos y estas declaraciones tan a favor del bien común, por qué nos tenemos que molestar nosotros. Por lo tanto, la pregunta que nos debemos hacer es si hay una dejación de responsabilidad o si los Estados ya han hecho a través de las cumbres mundiales como la de París todo aquello que podían hacer.

Creo que es legítimo todo lo que se ha hecho, pero también se tiene que entender que no se puede dar por sentado que las empresas han actuado como han actuado por altruismo. Lo han hecho por interés. No ha habido ningún conflicto entre los resultados privados y las acciones que hayan podido hacer para el beneficio social. Y los resultados no son como para que podamos decir que ahora ya no necesitamos al Estado. Al contrario, Estados Unidos y la Unión Europea están legislando para aumentar la intervención pública. El tema es si Europa tiene músculo suficiente para arrastrar a las otras potencias en actuaciones decididas. Pero Europa no está renunciando a intervenciones públicas, siguiendo lo que han hecho los Estados Unidos para transformar la industria y para transformar el sistema energético, con dinero público y con intervenciones públicas.

«No se puede dar por sentado que las empresas han actuado como han actuado por altruismo. Lo han hecho por interés.»

Hace unos años, creo que en 2000, cuando yo escribía en el diario Expansión, publiqué un artículo cuando empezaba el debate de la RSC, donde el título era: «La principal responsabilidad de las empresas es pagar impuestos».

 

¿Por qué este debate tan interesante que hay en los Estados Unidos, en Inglaterra, que ha salido en las páginas del Financial Times, del The Economist, no ha llegado con fuerza a España?

Hay un debate en España, hay movimientos, se hacen informes de las memorias de responsabilidad, que intentan destacar las contradicciones entre lo que las empresas dicen y hacen, y está toda la normativa europea de información no financiera, que las empresas de un determinado tamaño tienen que publicar. Hay también asociaciones de RSC, de sostenibilidad. Pasaría como con la digitalización. Se nos llena la boca: sobre el papel lo hacemos muy bien. Las memorias de RSC que hacen algunas empresas seguro que están hechas pagando al consultor más caro, con el papel más fino, y con mejores fotos a color… A mí me parece bien, pero la RSC no garantiza ni que se reduzca la desigualdad ni que se corrijan los efectos del cambio climático. No nos tiene que distraer lo que se haga. Está bien, no se tiene que retroceder, pero no se pueden dejar de lado las responsabilidades de los Estados, porque hay un trabajo colectivo que por la vía descentralizada no se puede hacer.

«La RSC no garantiza ni que se reduzca la desigualdad ni que se corrijan los efectos del cambio climático.»

 

¿El poder de mercado de las empresas es tan importante comparado con las desigualdades o el medio ambiente?

Yo creo que es un tema muy importante. Cuando nos hemos preocupado de implicar a las empresas en la solución de los problemas globales, es porque las empresas se han empoderado mucho. Ahora, en Estados Unidos, el tema de la competencia ha sido muy discutido. Ahora han sacado unas nuevas Merger Guidelines, líneas de actuación sobre fusiones. Es un tema que también sigo porque plantea el tema de qué es la competencia. La legislación antitrust americana dice que el objetivo tiene que ser defender la competencia. La aplicación de la ley había ido en el sentido de entender la competencia en función de los resultados, por ejemplo el precio, independientemente del número de competidores. Lo que hace la nueva propuesta es decir no, lo que importa no es solo el precio o el resultado final, sino las posibilidades de escoger. Un monopolio, entonces, no es aceptable por sí mismo, por muy eficiente que sea.

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Hay una cuestión final, que es la relación entre Cataluña y Aragón. Como persona que ha sido a caballo de las dos comunidades toda la vida, profesionalmente y culturalmente, ¿cómo ha vivido esta relación los últimos años?

Yo me he sentido tanto catalán como aragonés, por la lengua, la cultura y la forma de trabajar y vivir. No he tenido nunca la sensación de que tuviera que escoger, era perfectamente compatible. No he dejado nada para ser la otra cosa. Ha sido algo puramente inercial, no me lo había preguntado nunca. En mi pueblo la gente ha tenido más relaciones económicas y sociales con Lleida que con Huesca, porque está más cerca y por las facilidades de comunicar. Mi padre en Huesca tenía dificultades de comunicar porque tenía la sensación que la gente se reía de él, y en Lleida hablaban igual.

«Me he sentido muy agradecido a Cataluña, porque personas concretas me han ayudado desde muy pronto, y me supo muy mal la crisis que se produjo con la DUI.»

Como que me he sentido muy agradecido a Cataluña, porque personas concretas me han ayudado desde muy pronto, me supo muy mal la crisis que se produjo con la Declaración Unilateral de Independencia. Para mí fue un shock porque que yo me había sentido tanto de Cataluña que sentía que me habrían tenido que pedir la opinión. ¡Algunos nos sentimos tan identificados y nos encontramos con que se quieren marchar! Esto me produjo una frustración muy fuerte.

 

¿Ha perdido amigos por eso? Muchos hemos perdido amigos…

En Cataluña no han sido beligerantes en ningún sentido. Ha sido más complicado aquí, en Aragón. Aquí la gente tuvo reacciones más virulentas. Con algunos amigos no ha sido fácil decir que hay una cuestión de sentimiento personal que no perderás nunca, esto era muy difícil de separar de los hechos.

Después ha habido el tema de los bienes de la Franja, que se ha discutido de una manera como si Cataluña tiene cosas que nos pertenecen. Esto se ha utilizado mucho y ha habido cierta coincidencia temporal, aunque no total, con el procés. Y, últimamente, ha habido algunas manifestaciones políticas aquí intentando desmarcarse de decisiones del Estado, como los indultos o ciertas leyes, pensando en la situación de Cataluña, que no han ayudado.

Siempre había tenido la sensación de que Aragón y Cataluña habían tenido unas relaciones de mucha hermandad y solidaridad. Lo he comentado con personas que se mueven en el mundo empresarial, y reconocen que ha habido un deterioro, por ejemplo en la actividad entre cámaras de comercio, pero también me han dicho que hay ganas de retomar. Por ejemplo, las cámaras aquí han invitado para un acto al presidente del Círculo de Economía. Creo que hay buena disposición.