Hacía treinta y un años que Víctor Erice no lograba realizar y estrenar en cines comerciales un largometraje, concretamente desde El sol del membrillo (1992), y llevaba cuarenta sin regresar a la ficción de gran formato, desde El sur (1983). Son cifras inusuales para un cineasta tan prestigioso, diríase que incluso mítico para la cinefilia del último medio siglo, pero también hay que decir que tan largo paréntesis no se debe únicamente a la voluntad del interfecto.

La primera película que Erice dirigió en solitario, El espíritu de la colmena, se alzó con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 1973 y desde entonces se ha convertido en un título de referencia en la historia del cine. Una década más tarde, El sur introdujo la polémica y la insatisfacción en su carrera, pues el productor Elías Querejeta solo le permitió rodar una parte del guion que había elaborado a partir de la novela de Adelaida García Morales. El sol del membrillo, su personalísimo «documental» sobre el pintor Antonio López, consiguió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes y fue considerada la mejor película de la década de los 90 por la Cinemateca de Ontario. Y a principios de 1998, cuando estaba a punto de iniciar el rodaje de El embrujo de Shangai, basada en la novela de Juan Marsé, otro productor, Andrés Vicente Gómez, lo despidió y en su lugar contrató a Fernando Trueba, que finalmente realizó el film. Por eso ahora, al regresar con Cerrar los ojos (2023), a sus 83 años, el acontecimiento adquiere tintes de justicia poética.

Y así parece considerarlo el propio Erice, que ha concebido su última película, al menos en parte, como una pequeña venganza, una especie de minucioso exorcismo personal, de casi tres horas de duración, en torno a lo que su filmografía pudo haber sido y no fue. Una vez finalizada El sol del membrillo, su trayectoria empezó a nutrirse de cortometrajes y mediometrajes --a veces insertos en películas colectivas, a veces encargos de museos y otras instituciones— que lo alejaron de la industria cinematográfica y lo acercaron al ámbito del «arte contemporáneo», si se puede llamar así.

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