En abril de este año, aprovechando una videoconferencia en el Parlamento de Lituania, el presidente Volodymyr Zelensky denunció que se habían producido en Ucrania centenares de violaciones de mujeres, incluidas adolescentes y niñas. En sus intervenciones promocionales de la causa ucraniana en diferentes foros exteriores, Zelensky siempre introduce hábilmente alguna referencia emotiva a la historia local. En esta ocasión se sirvió de la memoria traumatizada de los lituanos por las violaciones del Ejército Rojo cuando en julio de 1944 penetró en Lituania y ocupó Vilna.

Descontada la magnificación propagandística de los hechos que pueda haber en la denuncia de Zelensky, lo cierto es que ONU Mujeres, el Comité Internacional de la Cruz Roja, “Human Right Wath”, Amnistía Internacional, Médicos Sin Fronteras, el “Centre Est-Ucranien pour les initiatives civiques”, la Fiscalía Ucraniana, la organización de derechos humanos “STRADA-Ucraine”, así como diversos observadores internacionales y corresponsales de guerra de medios occidentales, han comunicado la existencia de casos significativos de violaciones y vejaciones sexuales supuestamente cometidos por las tropas rusas.

El caso de veinte-cinco jóvenes encerradas un mes entero en un sótano de la ciudad de Bucha, que había sido ocupada por los rusos, violadas repetidamente y en grupo, nueve de las cuales quedaron embarazadas, es uno de los verificados.

Las contraofensivas ucranianas de septiembre y octubre liberando territorio ocupado en el este y el sur de Ucrania han aflorado más casos de supuestas violaciones.

Hasta que no se disponga de informes solventes de organismos internacionales -ONU Mujeres está trabajando en ello- no se tendrá un conocimiento contrastado de la amplitud de unos actos execrables de violencia sexual contra las mujeres, que antecedentes históricos y prácticas recientes de los ejércitos rusos en Chechenia, Donbás y Siria hacen verosímiles.

El Ejército Rojo, tan glorificado por la sacrificada victoria militar en la guerra germano-rusa de 1941-1945, estuvo muy presente en el espíritu y la formación de los ejércitos de la Unión Soviética hasta 1991, después en los de la Federación de Rusia, heredera de la URSS, y, huelga decir que en los de la (re)nacionalizada Rusia de Vladímir Putin, quien lleva en el poder desde 1999, siendo una de sus prioridades la atención a los ejércitos.

La estrella roja del 1917 revolucionario sigue siendo el símbolo de las fuerzas armadas de Rusia, tanto de los efectivos como del material, vehículos, tanques, aviones, navíos…

Pero no todo fue sacrificio y gloria, el Ejército Rojo ensució en el peor sentido su marcha victoriosa de Moscú a Berlín con violaciones masivas. Por donde pasaba: Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Checoslovaquia, Hungría, Austria, Rumania, dejaba un reguero de mujeres violadas.

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Y cuando en enero de 1945 el Ejército Rojo se internó victoriosamente en Alemania, atravesando Prusia Oriental, la Baja y la Alta Silesia y Pomerania Oriental hasta la ocupación de Berlín en abril de 1945, llevó a cabo una terrible venganza en el cuerpo de las mujeres alemanas. Las implacables y masivas violaciones de mujeres de todas las edades en territorio alemán han sido explicadas como la venganza por lo que los ocupantes alemanes hicieron en Rusia durante cuatro años.

El historiador Antoni Beevor, una reputada autoridad en la materia, resumiendo las informaciones de diversas fuentes, habla de unos dos millones de mujeres alemanas violadas y estima que incluso la mitad de las víctimas fueron forzadas en grupo. Impresiona que el 3,7% de todas las criaturas nacidas en Alemania de 1945 a 1946 tenían padres rusos, sin contar los abortones de las forzadas que conseguían interrumpir el embarazo.

Impresiona que el 3,7% de todas las criaturas nacidas en Alemania de 1945 a 1946 tenían padres rusos

Las violaciones del Ejército Rojo fueron un tema tabú en la Unión Soviética hasta que, en 1992, después del hundimiento de la URSS, se empezó a hablar de ello, pero nunca hubo un informe o una iniciativa oficial al respecto. En la era Putin ya no se habla, y es bastante improbable una ley de “Memoria histórica” de aquel período, que es narrado como la “Gran Guerra Patriótica”, (sobre)ensalzando la (innegable) heroicidad de los ejércitos soviéticos y, al mismo tiempo, disimulando tanto el enorme coste en vidas propias como las violaciones masivas y los miles de civiles masacrados.

Para el Ejército Rojo la mujer de los países “liberados” era un botín de guerra, igual como una cabra o una burra, por la mezcla de la mentalidad masclista de la cultura tradicional rusa, que la “modernidad comunista” no erradicó – mentalidad que subsiste-, y la brutalidad y la devastación sin límites como método de guerra de los ejércitos soviéticos, presente en la estrategia militar rusa, como se comprueba en la guerra de Ucrania: los objetivos militares se consiguen no importa a qué coste, propio, para el enemigo y para los bienes y personas civiles.

La glorificación perpetua del Ejército Rojo no distingue entre virtudes, muy enaltecidas, y brutalidades, ignoradas o muy relativizadas.

Las violaciones del Ejército Rojo fueron un tema tabú en la Unión Soviética hasta el hundimiento de la URSS

Este antecedente histórico, un condensado de tradición cultural, memoria militar e ideología, acompaña a los ejércitos rusos en el enfrentamiento con Ucrania desde 2014, tanto en la ocupación de Crimea y en la “asistencia” a los separatistas del Donbás como en la actual invasión, y se había visto en anteriores intervenciones armadas en Chechenia, Georgia, Siria.

La tropa rusa no puede desconocer el carácter delictivo de la violación, también tipificada en el código penal de la Federación de Rusia, aunque con menos rigor que en las leyes penales occidentales. En Rusia la violación simple comporta penas privativas de libertad entre 3 y 7 años, la violación con lesiones personales severas de la víctima entre 5 y 10 años y la violación en grupo hasta 15 años. Y habría que ver cuál es la tendencia de los tribunales rusos en la aplicación de las penas.

Pero si la excusa de los combatientes en la violación como un “arma de guerra” para desmoralizar al enemigo, la consideración de la mujer como un “botín de guerra” y la “deshumanización global de los ucranianos, tildados de banda de nazis” por la propaganda oficial rusa, diluyera la conciencia del delito en la soldadesca, es una obligación del alto mando ruso prevenir las violaciones y castigar a los culpables, si no han podido ser impedidas. El alto mando está obligado por el derecho internacional público general, el derecho internacional bélico y humanitario y por la cualificación de la violación como un crimen de guerra y un crimen de lesa humanidad.

Sin embargo, hasta ahora las autoridades rusas se han limitado a negar sistemática y genéricamente la existencia de cualquier violación, violencia o exacción contra los civiles ucranianos.

Ha costado muchísimo tiempo el reconocimiento de las violaciones como un crimen de guerra, al fin y al cabo la violación, además del lado abyecto de la violencia de género, es, en primer lugar, un atentado a los derechos fundamentales y una violencia física estremecedora contra personas civiles; derechos y civiles que han sido contemplados con más o menos claridad y protección desde antes de la Primera Guerra Mundial – en los Convenios de la Haya de 1907, por ejemplo- y, principalmente, a partir de 1945 con la ingente labor codificadora de las Naciones Unidas. Y, no obstante, se ha tenido que esperar mucho, demasiado, para considerar las violaciones de guerra un delito internacional.

Por fin, hay una definición suficientemente clara de la criminalidad, de guerra y de lesa humanidad, de las violaciones que destierra cualquier duda, según resulta, entre otras fuentes, del artículo 27 de la IV Convención de Ginebra de 1949 y el artículo 76 del Protocolo I adicional de 1977, de la sentencia del Tribunal Penal Internacional para Ruanda de 1988 y la del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia de 2001, de las Resoluciones 2008 y 2010 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y de la Resolución 69/293 de 2015 de la Asamblea General, a lo que habría que añadir la progresiva conciencia universal en torno a la igualdad, el trato y la protección de la mujer, conciencia solo limitada en determinados países por razones ideológicas o religiosas. También cuentan las exigentes contribuciones reivindicativas de la igualdad de la mujer de los movimientos feministas.

El derecho normativo internacional, los sistemas judiciales nacionales y los tribunales de las distintas jurisdicciones ya no son insensibles a esa concienciación.

La violación es un acto de una brutalidad extrema y tan destructivo anímicamente que provoca daños sicológicos profundos, además de los físicos, que en muchos casos las víctimas no pueden superar y los padecen el resto de sus vidas. En todas las culturas la violación de la mujer es un factor de humillación y de vergüenza, las víctimas quedan estigmatizadas y con frecuencia se ven excluidas de la familia y expulsadas del clan y de la comunidad. El suicidio no es raro entre las forzadas.

Por eso, las mujeres violadas no hablan de la vejación sexual sufrida o solo se atreven a hacerlo veladamente. Casi siempre solo se detectan los casos de violación que requieren algún tratamiento u hospitalización. Por cada mujer que denuncia la violación en el marco de un conflicto armado hay entre diez y veinte casos que no se documentan, según un informe del secretario general de la ONU de 22 de marzo de 2022. El conflicto de Ucrania no es una excepción ni mucho menos a esta losa que tapa el delito, hace invisible al violador y le asegura una total impunidad.

La condescendencia implícita en la afirmación de que en todos los conflictos armados y guerras desde tiempo inmemorial ha habido “inevitables” violaciones de mujeres y que incluso en los ejércitos de países democráticos hay violadores -los hubo, por ejemplo, en las tropas norteamericanas y francesas que en 1944-1945 liberaron la Europa ocupada- no es ninguna justificación, sino, al contrario, sería la señal de una continuada bestialidad del macho que mancharía la condición humana y que cuesta reconocer.

El conflicto de Ucrania es la primera guerra entre estados en suelo europeo desde 1945. Los activos movimientos feministas europeos podrían hacer más, tendrían que multiplicar las condenas de las violaciones en Ucrania y exigir a las autoridades nacionales e internacionales las investigaciones y las medidas necesarias para perseguir y castigar a los violadores. (Sin olvidar la investigación de las violaciones atribuidas a grupos paramilitares ultranacionalistas ucranianos en los territorios del Donbás desde 2014).

Las autoridades rusas, vistos los antecedentes de los ejércitos soviéticos y postsoviéticos, harían bien en ser especialmente vigilantes, extremadamente cuidadosos con el comportamiento de la tropa rusa y recordar que el crimen de guerra -y la violación lo es- no prescribe y que existe el precedente de sentencias de tribunales penales internacionales que han condenado a violadores y también a responsables políticos.