The Rider (2017), el segundo largometraje de Chloe Zhao, supuso toda una revolución. Cuando tanto la crítica como el público daban por muerto el género del western, esta esforzada cineasta nacida en Pekín, pero educada en Gran Bretaña y Estados Unidos, se entregó a un triple salto mortal: no solo se trataba de volver a contar historias de vaqueros, sino de hacerlo desde el presente y con personajes reales. El resultado fue una especie de ficción documental en la que un profesional del rodeo se interpretaba a sí mismo a lo largo de una trama que, además, se atrevía a beber de los grandes clásicos, desde The Lusty Men (Nicholas Ray, 1952) a Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972).

Su éxito en festivales de cine independiente y en el circuito de arte y ensayo europeo propició que la actriz Frances McDormand se fijara en Zhao y la reclamara para filmar la adaptación de un libro de Jessica Bruder cuyos derechos había comprado. Fue así como nació Nomadland (2020), que se alzaría con el León de Oro en el Festival de Venecia y obtendría seis nominaciones a los óscars, entre otros premios relevantes. Western a destiempo, que se acerca a la América de Trump mediante el examen de un estilo de vida que quizá sea la heredera de los tiempos del Far West, Nomadland ha calado hondo en un público ávido de nuevas formas, tanto de afrontar esta época incierta como de reflejarla en el cine, a su vez inmerso en un impredecible proceso de transformación.

Mientras el libro de Bruder se erige en una documentada crónica de personajes y lugares reales, un ramillete de historias verídicas acerca de quienes viven en la carretera en los Estados Unidos de hoy, por elección o por obligación, la película de Zhao se centra en un personaje, Fern (McDormand), a través de la cual no solo se nos introduce en comunidades y campamentos, trabajos precarios y familias en busca de sí mismas, sino que también se narra una pequeña odisea. Al enviudar, Fern se queda sola y en la calle, despojada de todo lo que había conocido hasta entonces, por obra y gracia de la gran crisis de 2008. Pero también empieza a valerse por sí misma, a sobrevivir gracias a pequeños trabajos, y logra encontrar un nuevo hogar en su autocaravana y en la naturaleza circundante.

 

Sucesora de John Wayne

Como les ocurrió a los pioneros, el país vuelve a ser suyo. Y como los vaqueros que empezaron a poblarlo en las décadas siguientes, debe enfrentarse al gran dilema americano, elegir entre la libertad que procura esa naturaleza y el confort de la civilización, sobre todo cuando su hermana la invita a vivir en su casa o cuando conoce a un hombre, Dave (David Strathairn), con el que podría volver a formar un hogar. Fern, de hecho, es la última heroína del western, la sucesora del personaje que interpretaba John Wayne en Centauros del desierto (1956), el clásico de John Ford, que acababa perdiéndose en la lejanía del desierto tras lograr la recomposición de su familia. Por su imaginería y sus formas narrativas, Nomadland es el único cine del Oeste que se puede permitir ahora el cine americano.

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‘Nomadland’ ha calado hondo en un público ávido de nuevas formas, tanto de afrontar esta época incierta como de reflejarla en el cine.

Y si el enfrentamiento entre la realidad y el mito siempre ha sido el pilar en el que se ha asentado el género, hay que decir que allá donde la película de Zhao se muestra más débil y dubitativa es en su ambición por convertirse en una incisiva crítica social. Cuando adopta formas cercanas al documental y filma personajes reales, paradójicamente, Nomadland resulta un tanto inverosímil, demasiado forzada en su intención verista. En cambio, cuando muestra a Fern caminando en solitario, o en sus encuentros con Dave, o en la magnífica escena en casa de su hermana, la película adquiere una grandeza inusitada, nos permite compartir la experiencia y la incertidumbre de su protagonista con gran delicadeza y sin estridencias.

Esa atención a los cuerpos y a los gestos, al paisaje y a la luz, ya presente en The Rider, es lo que hace de Chloe Zhao una cineasta singular, y también lo que la convierte en sensible cronista de la nueva América desde los márgenes de la Historia, aquello que en el fondo siempre han sido los mejores westerns. Y aquello, igualmente, que explora en buena parte de su filmografía otra directora contemporánea, Kelly Reichardt, autora ya de dos películas del Oeste: Meek’s Cutoff (2010), sobre una caravana que atraviesa el desierto de Oregón en 1845, y First Cow (2020), la más reciente, presentada en el Festival de Berlín del año pasado.

 

Fotograma de First Cow de la directora Kelly Reichardt.

Fotograma de First Cow de la directora Kelly Reichardt.

 

Oregón, 1820

No es que First Cow sea todo lo contrario de Nomadland, pero es evidente que persigue objetivos distintos. Reichardt no pretende en ella hablar explícitamente del presente. Tampoco se muestra demasiado interesada en renovar el género, ni en refutar los hallazgos de los clásicos, ni en enfrentarse violentamente a la tradición. Si hay en ella algo de «documental», eso aparece en el respeto y la fidelidad con que restituye ambientes y costumbres, en el vestuario y en la ambientación. Por lo demás, se presenta como una ficción en toda regla, una modesta versión cinematográfica de la novela The Half-Life, de Jonathan Raymond, colaborador habitual de la cineasta en varios de sus guiones.

Estamos en la década de 1820, de nuevo en Oregón (donde vive y filma siempre Reichardt), y asistimos al encuentro entre un cocinero que acaba de dejar a los tramperos a los que se había unido y un inmigrante chino con ganas de prosperar en el nuevo mundo. Su asociación, y la aparición de una vaca en el territorio en el que viven, los llevará a idear una nueva forma de negocio que les permita emigrar luego a San Francisco para construir y regentar allí un hotel. Podría decirse que mientras Nomadland habla de las últimas transformaciones del capitalismo americano, del modo en que sus estertores solo han dado lugar al aumento de la pobreza y la precariedad económica entre los más desfavorecidos, First Cow se remonta a los orígenes para examinar su nacimiento, el pecado original que puso fin a la utopía edénica de América.

En ‘First Cow’ Reichardt describe con sutileza, sin épica alguna, ese ambiente en el que se mueven buscadores de oro y aventureros.

En las primeras imágenes de la película, situadas en la actualidad, una chica pasea con su perro por un bosque y juntos localizan, enterrados, un par de esqueletos. A partir de ahí, el relato se traslada a los inicios del siglo XIX y se dedica a contar la historia de esos restos humanos, que tienen que ver con el cocinero, Cookie (John Magaro), y su amigo y socio, King-Lu (Orion Lee). Reichardt describe con sutileza, sin épica alguna, ese ambiente en el que se mueven buscadores de oro y aventureros, y en el que un poblado improvisado en medio del bosque actúa como centro en torno al cual pulula una humanidad bulliciosa. Pero también se acerca a la estructura de las clases sociales que empezaban a formarse, sobre todo a partir de esa «primera vaca» del título que pertenece al gobernador británico de la zona, al que a su vez deberán enfrentarse los dos emprendedores que la ordeñan furtivamente para cocinar buñuelos.

 

Imágenes puras

Como Nomadland, pues, First Cow renuncia al desencanto desastrado y sórdido de los últimos westerns de Clint Eastwood, por ahora el último gran maestro del género. Pero también se aleja del revisionismo blando y untuoso de Los hermanos Sisters (Jacques Audiard, 2018) o Noticias del mundo (Paul Greengrass, 2020), que intentan proseguir con el género como si nada hubiera sucedido desde su fundación.

First Cow es un film sobrio, de un ascetismo conmovedor, que recurre a los primeros tiempos de la colonización para ensayar un estilo tan sencillo y despojado que a veces recuerda a los primeros westerns del cine mudo. Y en eso resulta más rico y sugerente que Nomadland, nos da a ver imágenes puras y sin afeites que resplandecen ante nuestra mirada como si fuera la primera vez, sin necesidad de recurrir ni a la metáfora política ni al realismo documental. Porque, como es bien sabido, ni una ni otro han existido nunca en estado puro.