Siempre se es estúpido respecto de alguien.
Joan Fuster

 

Conocí a Xavier Rubert de Ventós en Nueva York en 1978. Yo iniciaba los estudios doctorales en la New York University. Enseñaba castellano en pareja con Esther Frankel, una estudiante de Curaçao, brillante, bella, seductora, y buena amiga. Un día Esther me dijo, «Oh, Mary Ann, I’ve met the most sensitive man in the world. He’s from Barcelona, his name is Javier, and he looks like a bird. You have to meet him, you who love everything Catalan.»

Unos días más tarde, yo estudiaba latín en la oficina que compartía con Esther. Un hombre se asomó y preguntó por ella. Le dije que no estaba, y si quería dejar un mensaje. Dijo que no, pero entró, curioso (con la voracidad de experiencias a la que alude tan a menudo), a seguir la conversación. Todo en inglés hasta aquí, por supuesto. En un momento dado hace un gesto inquisitivo con la cabeza, y pienso, «¡Ah! ¡Es el pájaro!» Cuando se pone a revolver los bolsillos, buscando tabaco (eran otros tiempos), me aventuré en catalán: «¿Quieres un negro?» (Yo fumaba Rex.) Xavier reaccionó asombrado, y seguimos conversando en catalán, para no cambiar más.

 

El peripatético

¿Qué hacía Xavier en Nueva York? Era miembro fundador del New York Institute for the Humanities, una institución dedicada a alimentar el discurso intelectual e intercultural en Nueva York, que Richard Sennett había introducido entre las amplísimas mangas de la New York University (la universidad privada más grande de Estados Unidos). El Institute contaba con miembros como Susan Sontag, Joseph Brodsky, Tony Judt, y otros tantos. Por las comidas del viernes desfilaban figuras como Italo Calvino, Roland Barthes, Czeslaw Milosz, Michel Foucault, Jorge Luis Borges, et al. Xavier era donde le tocaba, en el Olimpo de la intelligentsia norteamericana y europea de ese momento. Aún no había cumplido cuarenta años y estaba en la perfecta plenitud de la vida. Era guapo, elegante, ocurrente, algo snob, abierto a todo, olfateándolo todo…

Confieso que no conocía la obra de Xavier. Los estudios literarios no me habían llevado a ella. Él acababa de publicar De la modernidad y, concomitantemente, El oficio de Semana Santa, mi libro preferido de él, y tal y como él lo describe, el texto «confidencial» que le «brotó» mientras escribía el primero, el serio. El texto que realizó en catalán, que le permitió observar y observarse mientras hacía el otro en castellano.

Quizás era una suerte, no saber quién era. He puesto como epígrafe un aforismo de Joan Fuster, «Siempre se es estúpido respecto de alguien.» Yo tuve la gran suerte de no saber, al principio, cuán estúpida era respecto de Xavier, y así la conversación fluyó sin obstáculos. Cuando me di cuenta, ya era tarde para cambiar de tono.

Aún no había cumplido cuarenta años y estaba en la perfecta plenitud de la vida. Era guapo, elegante, ocurrente, algo snob, abierto a todo, olfateándolo todo…

Dábamos largos paseos por el sur de Nueva York, hasta el Lower East Side, o Chinatown. Un día, con el Manhattan Bridge a la vista, me habló de Eugeni d’Ors, de su frustración de que un amigo editor —no creo que fuese Herralde, en mi recuerdo era Valverde—no se aviniera a publicar la obra completa. De esa conversación, y de esa semilla, brotó mi tesis doctoral sobre Eugeni d’Ors, y de ahí se despliega otra historia.

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Dos eslabones de separación

Una obra de teatro de John Guare que se estrenó en Nueva York en 1990 volvió a poner de moda la teoría de seis grados o seis eslabones de separación entre dos personas cualesquiera en todo el mundo. El concepto nace en un cuento de 1929 de Frigyes Karinthy y es puesto a prueba en sendos laboratorios hasta la fecha, que se estudia con algoritmos. Se ha comprobado que la intuición del cuentista húngaro era cierta: en realidad un paquete, un email, o un apretón de manos puede dar la vuelta al mundo en más o menos seis pasos.

En algunos lugares, sin embargo, los eslabones son dos, o uno. Es el caso de Catalunya, y más aún, el caso de Xavier Rubert. La tesis que había nacido a la sombra del puente de Manhattan me llevó el año 80 a Barcelona a realizar la investigación sobre Eugeni d’Ors. Vivía en el Raval, junto a la Biblioteca de Catalunya. Un día a mediodía sonó el teléfono. Era Xavier, que decía «Estoy comiendo con un joven poeta y editor que se ha interesado por tu tesis sobre Eugeni d’Ors.» El joven poeta era Jaume Vallcorba, y de esa punta de madeja salieron otras amistades y conocidos, como Quim Monzó, y de ahí muchas más. Dos eslabones.

 

Mary Ann Newman y Xavier Rubert de Ventós en Nueva York en 2016.

Mary Ann Newman y Xavier Rubert de Ventós en Nueva York en 2016.

 

Novecentistas, sin querer

Hacía la tesis bajo el amparo del Fulbright Program, establecido en 1946 para fortalecer la diplomacia cultural y las relaciones interculturales entre Estados Unidos y el mundo. Hacia noviembre el agregado cultural de la embajada americana vino a Barcelona e invitó a todos los becarios Fulbright a comer en el restaurante Agut d’Avignon. Al día siguiente me llamó para decir que quería prestar apoyo al Estado de las Autonomías, y que creía que la mejor manera de hacerlo era establecer programas de intercambio universitario. Me preguntó si quería ayudarle con un programa entre Catalunya y Estados Unidos. Por supuesto que quería.

Al volver a Nueva York en Navidad supe que John Brademas, que se había doctorado en los años 50 con una tesis sobre el anarcosindicalismo en Cataluña y Andalucía, había sido un diputado ultra-progresista, y había perdido el escaño a raíz de la victoria de Reagan, sería el nuevo presidente (Rector) de New York University. Un Rector que conocía Cataluña. Parecía que los astros nos acompañaban. Se lo conté a Xavier al volver, nos felicitamos, y volví a la tesis.

He aquí que el 23 de febrero de 1981 el coronel Tejero entró en el Congreso de Diputados y el general Milans del Bosch sacó los tanques a Valencia. Dejé pasar un tiempo prudente mientras el país se zarandeaba. Al cabo de un mes llamé al agregado cultural para reanudar el hilo del proyecto interuniversitario. Esta vez me dijo, «Oh no, Mary Ann. No podemos apoyar al Estado de las Autonomías. Tenemos que trabajar por la democracia española.»

Fui corriendo a casa de Xavier, allí en la calle Carrasco y Formiguera. Casi llorando. Xavier no se inmutó; de hecho, parecía que ya lo llevaba en la cabeza. Me dijo, «No te preocupes. Hablaré con Pasqual.» Pasqual Maragall, amigo de infancia de Xavier, era en ese momento primer teniente del alcalde Narcís Serra, pero faltaba poco para que se celebrara en Barcelona el Día de las Fuerzas Armadas donde Serra se puso a los generales y las generalas en el bolsillo con su elegancia y buenos modales, y un ramo de rosas en sus habitaciones. Felipe González se lo llevó a Madrid para decapitar al ejército.

Pasqual Maragall fue alcalde, adoptó la idea del intercambio universitario y surgió la Càtedra Barcelona-Nova York, con el beneplácito de John Brademas, en la NYU, y Antoni Badia i Margarit, en la Universitat de Barcelona. La Càtedra existió de 1983 a 1986 —no hacía siete años de la muerte de Franco— y pasaron por ella los profesores Martí de Riquer, Pep Subirós, Eugenio Trias, Lluis Izquierdo, Miquel Izard, Manuel de Solà-Morales, María Rubert de Ventós y Mary Nash, y los conferenciantes Miquel Roca, Eugènia Balcells, David Rosenthal, Bàrbara Held, Mercedes Vilanova, y más. Todo por dos eslabones más de Xavier.

 

No sentirse estúpido

Muchos de los amigos de Xavier que han escrito homenajes estos días lo conocían bien como colegas de la facultad o del Institut d’Humanitats que él creó (en parte sobre el modelo del de Nueva York), bien como estudiantes. Yo no tuve esa suerte. Pero cuando asistí a sus conferencias en Nueva York me di cuenta de su gran delicadeza y don para el diálogo—y por lo tanto para la amistad.

En realidad, una inmensa parte de la humanidad sería estúpida respecto de Xavier, pero él, la erudición, la llevaba con generosidad i holgura. Con ser vanidoso –lo dice él mismo en Oficio de Semana Santa– sin embargo, no tenía la necesidad de imponerse. En las clases en Nueva York, comprobé que su saber estar, y saber encontrar la distancia justa en cada momento, permitía que la clase o conferencia fuera un verdadero diálogo. Muchos profesores que venían a dar clase en el Program in Catalan Studies (así se llamaba la Càtedra en la NYU) estaban acostumbrados a hablar para los entendidos, estudiantes y coetáneos que compartían sus referentes culturales. Conocían en profundidad su materia, pero sólo la sabían transmitir a quien compartía el mismo sustrato o legado.

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Cuando asistí a sus conferencias en Nueva York me di cuenta de su gran delicadeza y don para el diálogo—y por lo tanto para la amistad.

Xavier sabía lo que no sabíamos. Por tanto, transmitía el conocimiento dando ejemplos y casos bien más americanos, bien más universales, para que el oyente pudiera absorber la materia propia, fuera sobre filosofía, sobre estética, o sobre Cataluña. Acortaba la distancia poniendo señales para que la gente no se perdiera por el camino.

Este don para el diálogo, ese saber situarse, estaba en la base de nuestra amistad. A lo largo de los años, Xavier vivió en mi casa, y su hijo Gino también, y yo viví muchas temporadas en todas las casas de él: en Sarrià, en Can Caralleu, y, finalmente, de regreso a Diagonal 469. Su generosidad conmigo era infinita; la amistad era gratuita y transparente. Me transformó, intelectual y vitalmente. Xavier tenía el don de crear tejidos (pienso en el arreo del pescador) y construir familias extendidas. Lo constatan también Lali Bosch, Jordi Cat, Eduard Vallory, y otros grandes amigos que nos tenemos gracias a que Xavier nos acogiera bajo su techo.

Nunca sabré lo que le aporté yo. Si tuviera que aventurarlo, diría que era el amor por la lengua, la catalana, seguro, pero también la inglesa y la española. Y todo lo que este afán implica de amor también por la cultura, por las culturas, por cataluña en minúscula (no aminorada, simplemente el país antes que el concepto).

Su generosidad conmigo era infinita; la amistad era gratuita y transparente. Me transformó, intelectual y vitalmente.

He leído, para hacer este artículo, Si no corro, caic, y he releído Oficio de Semana Santa y El cortesano y su fantasma. Qué placer vivir unos días en la cabeza de Xavier, y qué frustración no poder llamarle para comentar algún detalle. Los he leído cuidadosamente, pero me ha parecido que la glosa de los textos seguramente lo estarían haciendo otros; he preferido hacer la glosa del amigo. Cómo le echo de menos.