Xavier Trias llego a la alcaldía de Barcelona en lo que en aquel momento parecía el final de su vida política. Ya tenía 65 años al ser elegido. Lo había intentado contra Joan Clos en 2003 y contra un recién elegido Jordi Hereu en 2007. Pero no fue sino en 2011 cuando llegó a la alcaldía a caballo de la derrota socialista en toda España, que en Barcelona tuvo su corolario particular con la fallida consulta para la reforma de la Diagonal. Trias fue elegido alcalde pocas semanas después de que las acampadas del 15-M se hubieran apoderado de la plaza de Cataluña, con sus asambleas multitudinarias. Y pocos días después de que el conseller de Interior, el también convergente Felip Puig, decretase el desalojo por la fuerza de los acampados.

Fue una transición extraña. España entera estaba sumida en la depresión y la frustración provocada por una crisis económica que se alargaba. Y Trias, que poco tiempo antes se había autodefinido como «socialdemócrata» —para sorpresa de la familia convergente— dejó bien claro desde el principio que su «prioridad primera» sería «el bienestar de las personas y la salida de la crisis económica». En el discurso de toma de posesión afirmó: «Estos días se vuelve a hablar mucho de democracia; de democracia real, dicen. Es necesario que todos los que nos dedicamos al servicio público de la política, y en especial desde la política municipal, escuchemos a todas las personas que hacen oír su voz en unos momentos socialmente complicados y difíciles económicamente hablando.»

Para el alcalde Trias, la democracia no era solo «el ejercicio del derecho al voto, la delegación estricta del mandato de los ciudadanos en sus representantes para que organicen la vida política cada cuatro años», sino que era «mucho más que esto»; significaba también «la vigilancia y la presión ciudadana en forma de protestas y manifestaciones que nacen de la desconfianza en los políticos y las instituciones». Trias asumía que «la indignación es también un sentimiento democrático y, como tal hay que entenderla y permitir que se exprese desde el respeto a la libertad de expresión y al Estado de derecho; eso sí, siempre que la indignación se ejerza desde el respeto a las instituciones, a las personas que las representan, a la convivencia y a la defensa del espacio público, que es el espacio de todos».

Xavier Trias no quería confrontación. Y cuando le obligaron, como en los importantes disturbios generados por el intento de desocupar el edificio de Can Vies —símbolo del movimiento okupa— acabó cediendo, impulsado también por los comerciantes de Sants y Creu Coberta, que vieron cómo su calle se convertía, día tras día durante más de una semana, en terreno de una batalla campal.

Trias llegó a la alcaldía con la voluntad de impulsar un cambio respecto a la larga etapa socialista, que tanto había criticado desde la oposición, pero explicitando a la vez su reconocimiento a todos los alcaldes anteriores, «todos ellos representantes de un modelo de hacer ciudad que no siempre hemos compartido, esa es la verdad, pero que, cada uno en su medida, han contribuido a hacer de Barcelona una ciudad reconocida, una ciudad que se hace querer, que genera orgullo en todos los barceloneses y barcelonesas». La impugnación convergente del modelo socialista era una impugnación parcial y, en cierta medida, circunstancial. El cambio que impulsaba «era, solamente, la herramienta, el medio, el instrumento del que nos servimos para nuestro proyecto político: contribuir desde Barcelona a la salida de la crisis económica y social que sufrimos, y tomar las decisiones políticas necesarias para mejorar la calidad de vida de las personas, de todos los barceloneses y barcelonesas».

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En su discurso de toma de posesión hay dos ideas clave: la salida de la crisis y la voluntad de impulsar un cambio en la forma de hacer política: «Queremos una nueva forma de hacer política que incorpore imaginación, capacidad de priorizar, de tomar decisiones, la atención y el buen servicio público para todo el mundo. Hace falta un revulsivo en las formas de hacer política en el Ayuntamiento de Barcelona que suponga un cambio de cultura política y de maneras de actuar. La regeneración de la democracia equivale a más transparencia en la gestión municipal; me comprometo a hacer realidad esta nueva política: una política que tenga como prioridad el bienestar de las personas y como herramienta principal, el diálogo.»

Trias reconoce el prestigio y la potente imagen internacional de la ciudad, pero considera que la ciudad «no puede decepcionar a quienes viven en ella». Describe una ciudad que ha perdido la confianza en sí misma y a unos ciudadanos decepcionados de su Ayuntamiento, y él se propone que los barceloneses y barcelonesas recuperen la ilusión por su ciudad.

Y para hacerlo, da instrucciones a sus concejales «para que prioricen el trabajo a pie de calle». Se propone reconstruir el vínculo entre la ciudadanía y la institución desde los barrios, «elementos naturales para mantener este debate ciudadano y político de base». Incluso se permite citar el discurso del alcalde Maragall del año 1983: «Dejad la vida de despacho cerrado para buscar el contacto vivificante con el pueblo que os ha elegido y con los trabajadores de la casa […] Dejad la técnica para los técnicos; llevad, en cambio, la representación de Barcelona allí donde haga falta.»

El discurso de Trias se centra en la reactivación económica y en el fomento de la economía productiva, poniendo el acento en el comercio, «elemento básico para la generación de puestos trabajo y como fuente de riqueza económica de la ciudad», y en el sector turístico, «ahora mismo uno de los principales sectores económicos de la ciudad, con el 15% del PIB». En su visión, «la economía productiva es la única que, a corto plazo, puede crear puestos de trabajo y sacarnos de la crisis» y, para impulsarla, propone crear una Mesa de Seguimiento de la Crisis con los agentes económicos y sociales, representantes de la sociedad civil del ámbito económico de la ciudad, para definir las medidas a aplicar.

Otra de sus prioridades era la seguridad: «Actuaremos con contundencia en aquellos casos de vandalismo e incivismo que, desgraciadamente, se repiten con frecuencia en nuestra ciudad.» Su gobierno impulsó un cambio en la nomenclatura de algunas áreas. La más significativa fue la de urbanismo, que pasó a llamarse «Hábitat urbano»: «Nosotros hablamos de hábitat urbano de calidad; esto quiere decir regenerar los barrios, desde las viviendas hasta el modo que tenemos de generar la energía para distritos enteros; quiere decir gestionar recursos energéticos de forma eficiente y hacer un mantenimiento de nuestras calles y nuestras plazas que resulte ejemplar. Quiero que el urbanismo avance por el camino de la autosuficiencia energética. Quiero que nuestros barrios se conviertan en polos productivos, donde se viva y se trabaje. Espacios renaturalizados, […] barrios a velocidad humana».

Este cambio —que pretendía ser revolucionario— se saldó con una serie de irregularidades en las que se vio directamente implicado su concejal de Hábitat Urbano, Antoni Vives, y que empañaron su mandato como alcalde, pese a que ocho años después parece que pocos lo recuerden. La licitación del túnel de Glòries fue uno de estos proyectos cuestionados que el gobierno de Ada Colau tuvo que asumir y volver a licitar a causa de diversas irregularidades. También se encontró con la oposición vecinal cuando quiso revisar determinados proyectos como el cajón de las vías de Sants.

Posiblemente, la principal aportación de su mandato fue la apuesta para convertir a Barcelona en una Smart City, capital de la innovación urbana, a partir de la plataforma que suponía acoger el Smart City Expo & World Congress, que celebró su primera edición en noviembre de 2011. Una apuesta que tuvo buena acogida internacional y que proyectó la ciudad en un nuevo ámbito.

No obstante, fueron unos años de reducción de la inversión y del gasto corriente, a causa de la caída de recursos provocada por la crisis y de la voluntad de reducir la deuda de la ciudad; unos años en los que se promovió la privatización o concertación de algunos de algunos servicios municipales, desde aparcamientos a guarderías. La obra más icónica del mandato de Trías fue la reurbanización de la Diagonal entre el Cinc d’Oros y la plaza Francesc Macià, y la intervención en el Paseo de Gracia para reordenar los carriles laterales.

En el ámbito simbólico, Trias puso el acento en la catalanidad de Barcelona, «capital de la catalanidad por voluntad propia» y se propuso trabajar «en la construcción de un imaginario colectivo de nuestra ciudad que tenga como ejes vertebradores la identidad catalana, la vocación europeísta y la cultura mediterránea de Barcelona». La construcción de este imaginario colectivo tuvo su punto álgido en la celebración del Tricentenario de 1714. Este proyecto —que implicaba una impugnación del modelo anterior— se vio truncado por la inesperada derrota de 2015, que puso en alerta al movimiento independentista frente a la eventualidad de que la victoria de Barcelona en Comú se trasladase al conjunto de Cataluña.

Trias fue consciente desde el primer momento de que la victoria de los comunes podía suponer una doble impugnación: al modelo de ciudad del PSC y también al que él había empezado a construir. Pero en su discurso de despedida mantuvo su tono moderado y constructivo, con la voluntad de hacer una «oposición dura, pero con una actitud responsable y positiva, en beneficio del futuro de la ciudad» y dejando bien claro que seguiría «comprometido activamente con mi ciudad». Unas palabras que ocho años más tarde adquieren más sentido. Trias es el primer ex alcalde de la ciudad que vuelve a aspirar a presidir la Corporación. ¿Lo conseguirá? ¿Los barceloneses volverán a confiar en el único alcalde convergente que ha tenido la ciudad?