La extrema derecha cuenta con una larga tradición histórica en Estados Unidos, tradición fuertemente influida por la Guerra entre Estados (1861-1865) que enfrentó sangrientamente --más de 600.000 muertos-- al norte unionista y al sur esclavista. Movimientos u organizaciones como los Know Nothing, el Ku Klux Klan o la sociedad John Birch, aunque muy diversas entre sí, comparten a lo largo del tiempo la pretensión de que en realidad hay una sola forma de ser un auténtico estadounidense, que es la de pertenecer a la etnia blanca caucásica, ser de origen anglosajón y profesar la religión protestante.

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), un segundo vector informa la esencia de la derecha estadounidense, el anticomunismo visceral. Muchos norteamericanos, como el aviador Charles Lindbergh, sostuvieron que el verdadero enemigo de fondo era la atea Unión Soviética y no el nazismo hitleriano. Ese movimiento llega a la histeria con el macartismo de mitad del siglo XX, la obsesión sobre la infiltración del comunismo en los más elevados círculos del poder de Washington y su correspondiente secuela en la industria del cine.

El tercer factor que impregna la doctrina conservadora estadounidense y, digámoslo ya, la razón de ser del Partido Republicano de los últimos 20 años del siglo XX y de los que llevamos del XXI, es la oposición a la presión fiscal, en cualquiera de sus formas. El espantajo de que bajando los impuestos aumentaría la actividad económica y, por lo tanto, crecería la recaudación, ha sido eso, un espantajo, una y otra vez, pese a lo cual retiene, contra toda evidencia, un cierto respaldo académico y desde luego político.

Esas tres corrientes, nativismo, anticomunismo y anti-impuestos iluminaron la doctrina y programas del Partido Republicano a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, pero, progresivamente, se añaden a la ecuación las llamadas guerras culturales, como la inmigración, el control de las armas de fuego, la asistencia sanitaria universal, el aborto o el cambio climático.

Desde la debacle de Barry Goldwater en 1964, los candidatos republicanos a la presidencia fueron optando por un conservadurismo inclusivo y centrista, expresado singularmente en las candidaturas de Richard Nixon (1968 y 1972), Gerald Ford (1976), George Bush Sr. (1988 y 1992), Bob Dole (1996), George Bush Jr. (2000 y 2004), John McCain (2008) y Mitt Romney (2012). La única posible excepción fue Ronald Reagan en los años 80 del pasado siglo, pero es asimismo cierto que el exactor y ex gobernador de California, un verdadero halcón anticomunista y anti-impuestos, fue un auténtico internacionalista, un ferviente partidario del libre comercio y un acérrimo partidario de negociar con el premier soviético Mijaíl Gorbachov una significativa reducción del arsenal nuclear.

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