La afirmación Somos una nación, inscrita la nación en el preámbulo del Estatuto de Autonomía de 2006, es un supuesto incontestado en Cataluña no porque sea incontestable por evidente o por estatutario, sino porque contestarlo sería considerado cosa de ignorantes, de botiflers o de españolistas, una coerción moral que impone un silencio sorprendente sobre una cuestión capital para la convivencia y la cohesión civil.

En Cataluña el silencio ha sido un cooperador necesario de unas cuantas ficciones y ha permitido el montaje del proceso para la independencia basado en que somos una nación y toda nación tendría derecho a un estado propio, un híbrido de axioma y sofisma sustentado por los ideólogos de la nación. Hay naciones culturales que comparten Estado con una o más naciones formando estados plurinacionales, como por ejemplo Bélgica, Reino Unido, Canadá o en cierto modo España. Que haya una nación dominante habrá sido fruto de una decantación de la historia, lejana o contemporánea. El incontestado Somos una nación es la manifestación triunfante de una hegemonía cultural lograda por el nacionalismo catalán.

La interrogación formulada por Ernest Renan a finales del siglo XIX, «¿Qué es una nación?» (1882), continúa sin una respuesta concluyente de tantas como hay -cada grupo humano constituido en nación da la suya-; es más, no la tendrá antes de que la interrogación decaiga por absurda en el siglo XXI en que aquello que se tiene que salvar no es la nación, sino la humanidad entera, amenazada por las consecuencias de actividades humanas, desde la manipulación nuclear, civil y militar, hasta el desencadenamiento del cambio climático.

La pregunta es todavía pertinente y siempre incómoda, tan incómoda que desde la perspectiva de la nación se evita plantearla por temor a la respuesta. Los ideólogos de la nación y los creyentes en la nación no apoyan su constructo y creencia en los elementos que serían constitutivos de la nación, tienen bastante con la emoción de sentir la nación, no hay que pensarla y aquello que no se piensa deviene ideología.

Pero la emoción de la nación aun teniendo en cuenta su fuerza es un cimiento inestable. Las emociones van y vienen, un día subyugan y el otro son desplazadas por otras emociones más fuertes u oportunas o por dudas respecto a la fuente de la emoción. Pensar la nación es arriesgado, pero todavía lo es más fundamentarla y fomentarla en la emoción.

Hay dos elementos básicos, físicos, de la nación: el conjunto de individuos que se sienten nación, unos dicen pueblo, otros, como Bertolt Brecht, prefieren decir población, sin el cual la nación no existe, y el territorio donde se asienta la nación si bien este elemento puede tenerse que reemplazar o que abandonar temporalmente. A lo largo de la historia ha habido expulsiones manu militari, diásporas forzadas y retornos afortunados, el más conocido, el de los judíos que, dispersados por el mundo, perseguidos, conservaron un sentimiento de singularidad colectiva y siglos después han vuelto a tierras de Israel. Y un tercer elemento cohesionador, metafísico este: la etnia, la religión o la lengua, y a veces una combinación de los tres o de dos.

 

El territorio

El territorio de Cataluña es el comprendido dentro de los límites geográficos y administrativos actuales de la Generalitat. Con una superficie de 32.108 Km², el 6,3% del total de España. Hay Estados europeos más pequeños (Albania, Andorra, Bélgica, Eslovenia, Luxemburgo, Macedonia del Norte y Montenegro) y en la red de áreas industrializadas, «Cuatro motores para Europa» (Auvernia-Ródano-Alpes, Baden-Wurttemberg, Cataluña y Lombardia), Cataluña es la tercera en superficie.

Cataluña dispone, pues, de un territorio apreciable en términos comparativos, aunque pobre en recursos naturales no renovables. La ubicación geográfica es estratégica en el extremo noroeste del Mediterráneo, tiene cerca de 200 kilómetros de frontera con Francia, 63 con el Principado de Andorra, y 580 kilómetros de costa con dos grandes puertos, Barcelona y Tarragona. Todo ello hace que posea holgadamente el territorio para alojar la nación.

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La población

El 1 de enero de 2023 la población de Cataluña era de 7.899.056 habitantes, según el Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat), una masa crítica suficiente para apoyar a la idea de nación. La composición demográfica de Cataluña es a la vez un valor social por la variedad y un punto débil para la formación de una identidad nacional mayoritariamente compartida.

Desde julio de 2010, cuando la nación definida en el preámbulo se hace emoción en la calle –el 10 de julio se celebró en Barcelona una multitudinaria manifestación detrás de la pancarta «Somos una nación. Nosotros decidimos» como reacción a la Sentencia del Tribunal Constitucional relativa al Estatuto de Autonomía–, la población se ha incrementado alrededor de un 6%, mayormente por la inmigración. Un incremento elevado y acelerado para el estándar demográfico europeo que, acumulado a la inmigración anterior, resulta un dato ineludible en cualquier visión de Cataluña.

La distribución territorial de la población está descompensada, más de la mitad de los habitantes se concentran en el área metropolitana de Barcelona de 636 km² –apenas el 2% de la superficie de Cataluña–, concentración que tendría consecuencias en la composición política del Parlamento, si la ley electoral general de 1985 –que se aplica por no tener Cataluña una de propia por la resistencia de los partidos nacionalistas– no beneficiara las circunscripciones provinciales menos pobladas pero globalmente más uniformes en la composición.

 

La procedencia

Los orígenes de los habitantes reflejan una gran variedad de procedencias, solo poco más del 60% ha nacido en Cataluña, un 20% en el resto de España y cerca de un 20% en el extranjero. Del 1.660.435 empadronados el 1 de enero de 2023 en Barcelona, el 50,7% no ha nacido en la ciudad y un 22% son extranjeros que suman 177 nacionalidades con más de 300 lenguas. Y también poblaciones del interior de Cataluña cuentan con elevados porcentajes de extranjeros, entre otras, Olot 23,16%, Manlleu 24,10%, Mollerussa 27,37%, Vic 28,85% o Salt 38% (Idescat, 01.01.2022).

La pregunta obligada, que no se hacen los ideólogos de la nación, es si los marginados sociales, estos 2 millones de compatriotas catalanes, casi un 25% de la población, se sienten nación.

Ligar este conglomerado poblacional, lastrado por tan fuerte presencia de individuos de procedencias tan diversas, con una emoción nacional persistente a favor de una entidad subestatal de una minoría lingüística resulta improbable, si en vez de una construcción ideológica se aspira a una auténtica nación.

 

Los marginados

La estructura social de la población tampoco acompaña el clamor de Som una nació. Cataluña en términos macroeconómicos no es pobre. El volumen del PIB representa el 19% del total de España y el PIB por habitante es superior a la media de España y de la Unión Europea. Pero la riqueza de Cataluña está mal distribuida –no consuela que la mala distribución sea un problema generalizado, en cada lugar produce consecuencias específicas–, en diciembre de 2022 el riesgo de pobreza o exclusión social afectaba en Cataluña a cerca de 2 millones de personas de las cuales unas 650.000 se encontraban en una situación de privación material y social severa.

La pregunta obligada, que no se hacen los ideólogos de la nación, es si los marginados sociales, estos 2 millones de compatriotas catalanes, casi un 25% de la población -se entra más fácilmente en el cómputo que se sale-, se sienten nación. Probablemente no se sientan. ¿Existe la nación sin ellos? Como tampoco se hacen la pregunta respecto a quiénes, por la lengua u otra razón, como la de sentirse miembros de otra nación, no quieren formar parte de la nación, la idea y la emoción de la cual no comparten.

 

La lengua

Una nación es una creación humana y se construye con elementos estructurantes con los cuales se forja una identidad nacional que se puede oponer a otras identidades de otras construcciones. En Cataluña sin poder apelar a etnia o religión diferentes del resto de España este elemento es la lengua.

Pero, resulta que por la composición de la población el catalán es minoritario como lengua materna y de un uso social vacilante y territorialmente desigual –no se hace el mismo uso en Manresa que en Cornellà– por la presencia envolvente del castellano, que como idioma español es una lengua universal con casi 600 millones de hablantes y esto tiene un peso cultural agobiante. Al recién llegado a Cataluña le costará preferir el catalán al español igual que a quien tiene el castellano o español como lengua materna.

La inmersión lingüística oficializada en las escuelas el 1983 ha sido un éxito porque ha evitado comunidades docentes separadas y ha facilitado que la población que a lo largo de cuarenta años pasaba por la escuela pública tenga un conocimiento razonable del catalán, pero no ha podido contrarrestar la inevitable dominación lingüística del castellano-español en la calle.

El catalán sí que es un elemento cohesionador, y exigido, de quienes se sienten nación, cosa que en el contexto de las tensiones del procés no ha beneficiado la percepción del catalán por sectores de los catalanes no independentistas. El catalán no ha podido hacer de melting pot en el que fundir las diversas procedencias y culturas.

 

Una improbable nación, una singularidad cierta

En resumidas cuentas, Somos una nación tiene una improbable confirmación en la realidad de Cataluña, una improbabilidad que convierte «somos» en sinónimo de «todos» (los catalanes). ¿existen naciones solo del 30, el 40 o el 50% de la población total de un territorio?

Aun así, la improbabilidad no descarta la existencia de una singularidad de Cataluña, que, teniendo en cuenta todos los elementos, incluso con sus limitaciones, y sostenida por la tradición todavía viva -de un contenido asumible por quienes no la tuvieron como propia- de valores cívicos de rigor, trabajo bien hecho, ahorro, exigencia, pacto, en definitiva, de un republicanismo civil, podría ser bastante satisfactoria, atractiva y competitiva en el contexto de España y de Europa.

Los recursos y medios actuales de la Generalitat -más los que le faltan, la demanda de los cuales concita un gran consenso- traducidos en buen gobierno para dar satisfacción razonable a las necesidades materiales de la mayoría de la población haría prescindible tener que recurrir a ilusiones hipnóticas.

Si las energías que se invierten en la afirmación de la nación improbable se aplicarán a desarrollar la singularidad cierta de Cataluña se podrían sumar las voluntades ahora indiferentes o resistentes de quienes ven Somos una nación como la imposición de una minoría.

Repito la idea final de la reflexión «¿Hasta cuándo la nación?» (política&prosa n.º 38): «Sociedades que han logrado un alto nivel de desarrollo y de cohesión social no son muy de nación, se sienten ya identificadas y reconocidas en su éxito.»

Y añado una conclusión: la improbabilidad de la nación deja sin argumento la exigencia de un «estado propio», por lo tanto, la independencia.