No era la primera vez que pasaba por una audiencia del Congreso pero ninguna había sido como esta. Un día antes de la toma de posesión de Joe Biden como presidente, la economista Janet Yellen se sentó delante del ordenador de su casa y se conectó por videoconferencia con una sala semi vacía del Senado para ser examinada por los legisladores. La conexión a internet fallaba y a ratos no se la veía pero Yellen no se alteró.

«Como secretaria del Tesoro, creo que tendré una misión doble: ayudar a los estadounidenses a superar los últimos meses de la pandemia» y, a largo plazo, «reconstruir la economía de forma que produzca mayor prosperidad para las personas y permita a los trabajadores de nuestro país competir en una economía global cada vez más competitiva», planteó a los senadores, muchos también conectados a la audiencia desde sus casas.

Su marido, George Akerlof, coganador del Nobel de Economía, y su hijo Robert, profesor de la misma disciplina, los estaban viendo desde otra habitación. «No son solo dos personas maravillosas sino también dos economistas maravillosos y llenos de opiniones. Así que estoy acostumbrada a debatir sobre todos estos temas en casa, me gustaría hacerlo también con el Senado», dijo Yellen como cierre de su intervención.

Tenían cosas que debatir, claro, pero la audiencia tenía un aire evidente de trámite, como quedó demostrado por el resultado de la votación final del Senado, 84 a favor y 15 en contra. Famosa por su capacidad para forjar consensos allí donde ha trabajado, tras su alabado paso por la Reserva Federal, la propia figura de Yellen ha resultado ser una de las pocas capaces de poner de acuerdo a demócratas y republicanos, a los activistas y a los banqueros.

Su padre, explicó aquel día, tiene mucho que ver en su visión de la vida y la economía, su gran pasión. Nacida en 1946 en Brooklyn, Janet Louise Yellen se crió en una familia judía de clase media. Su madre era maestra y su padre, médico. «Sus pacientes cogían el autobús desde las fábricas o desde el puerto e iban a verlo a su sótano, pues es donde él tenía su consulta. Era ese tipo de médicos que trata al paciente en todos los sentidos. Se sabía sus vidas, si habían sido despedidos y no podían pagar».

 

Fascinada por las matemáticas

Sus padres se criaron durante la gran depresión y siempre fueron muy sensibles a las consecuencias de la pobreza. «La economía se considera a veces un tema árido pero siempre he abordado mi ciencia de la misma manera que mi padre abordaba la suya: como una forma de ayudar a la gente». Aplicada y fascinada por las matemáticas, se licenció con las mejores notas de su instituto de secundaria. Siguiendo la tradición, la directora del periódico escolar la entrevistó. Firmó la deliciosa conversación (más bien monólogo) Janet Yellen.

En la universidad de Brown, donde iba a estudiar filosofía, descubrió las ciencias económicas. Fue un flechazo. La disciplina le permitiría compaginar su pasión por las matemáticas con su sensibilidad social y así entender mejor el mundo. Se graduó cum laude. Después se doctoró en Economía en Yale. Entre los profesores que supervisaron su tesis estaban James Tobin y Joseph Stiglitz, dos miembros de la corriente del keynesianismo a la que ella misma pertenece, que defiende la intervención del estado en la economía en determinados momentos para corregir problemas.

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Lejos de dejarse tentar por las ofertas de trabajo de Wall Street, en 1971 se puso a dar clases en Harvard, un periodo que califica de «solitario y desalentador». Ante la imposibilidad de avanzar en su carrera académica, en 1977 aceptó un empleo en la Reserva Federal. Allí, en la cafetería de la Fed, conoció a su marido. Un par de años después ambos se trasladaron a Londres para dar clases en la London School of Economics. Después volvieron y se integraron en la universidad de Bekerley, California.

Yellen y Akerloff han elaborado juntos numerosos estudios económicos considerados la base del nuevo keynesianismo. Sus trabajos han revelado fallos en la teoría de la eficiencia de los mercados y demostrado que los gobiernos y los bancos centrales pueden adoptar políticas económicas que mejoran las vidas de la gente. La pareja tiene un hijo, picado también por el virus de la economía. La flexibilidad del mundo académico ayudó a que ambos pudieran fundar una familia y proseguir sus carreras, ha explicado Yellen, que calcula que su marido ha puesto quizás más horas que ella en el hogar.

Yellen fue la primera mujer de la historia en presidir la Reserva Federal y una de las pocas banqueras centrales del mundo.

En 1994 pidió una excedencia en Berkeley para trabajar como miembro de la junta de gobernadores del Sistema de la Reserva Federal. Estuvo tres años en el puesto, hasta que en 1997 el presidente Bill Clinton la nombró presidenta del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca. Era la primera vez que una mujer ostentaba el cargo, el primero de los techos de cristal que esta mujer de talla menuda ha roto a lo largo de su carrera.

 

Análisis acertados

En 1999 volvió a Berkeley y siguió dando clases hasta el 2004, cuando fue nombrada presidenta de la Reserva Federal del Banco de San Francisco. Su obsesión con las personas y su conocido método de cuestionar todo y plantear cuáles pueden ser las consecuencias de sus errores le llevó a dar la alerta, antes que nadie, aunque demasiado tarde, sobre la burbuja inmobiliaria que se estaba formando en California y otras partes del país.

Sus acertados análisis llamaron la atención en Washington y en el 2010 fue nombrada vicepresidente de la junta de gobernadores de la Fed, puesto desde el que defendió la necesidad de políticas monetarias expansivas y alertó de los riesgos del desempleo de larga duración. Su carrera nacional no había hecho más que despegar. En el 2013, con la crisis financiera todavía dando coletazos, el presidente Barack Obama la nombró presidenta de la Reserva Federal tras renunciar a otro candidato mucho más polémico, Lawrence Summers. Los republicanos la recibieron igualmente con desconfianza.

Es «lista, dura y con principios» y como presidenta de la Fed «plantó cara a los grandes bancos», reconoció Elizabeth Warren.

A diferencia de lo que ocurre con el Banco Central Europeo, cuya misión se limita formalmente a mantener a raya la inflación, la Fed tiene un doble mandato: estimular la creación de empleo y controlar los precios. Los conservadores temían que Yellen se dedicara demasiado a lo primero y poco a lo segundo, con Obama en la Casa Blanca, diera pie a políticas demasiado intervencionistas para su gusto.

Yellen defendió que, a su juicio, la Fed había hecho demasiado poco al principio de la crisis para apoyar a la economía. Al final fue confirmada por 56 votos a favor y 26 en contra, un margen 10 puntos más estrecho que su predecesor, Ben Bernanke. Yellen fue la primera mujer de la historia en presidir la Reserva Federal y una de las pocas banqueras centrales del mundo.

 

Reducción del paro histórica

Los republicanos no se equivocaban. Al tiempo que Yellen retiraba la red de seguridad lanzada al sector financiero al principio de la crisis, dio prioridad a la creación de empleo. Cerró su mandato con una reducción del paro histórica. Su legado incluye la introducción en el debate bancario de indicadores sobre la desigualdad. Su gestión fue aplaudida por los dos grandes partidos de Estados Unidos. El diario conservador The Wall Street Journal la despidió con nota.

Cumplido su mandato de cuatro años, Trump se saltó la tradición y privó a Yellen de un segundo mandato. En febrero del 2018, fue relevada por Jerome Powell. Famosa por su temple, en alguna ocasión la economista no supo contenerse cuando le preguntaron por los intrusos comentarios del presidente sobre las decisiones de la Fed. Pero Yellen, fácilmente reconocible por su media melena gris y coloridas chaquetas con las solapas subidas en medio de la marea de trajes negros que domina el mundo de las finanzas, se ha mantenido al margen de la política y volcada en la investigación desde la Brookings Institution. Sus opiniones nunca han dejado de cotizar alto: en los últimos años, ganó siete millones de dólares con sus discursos en Wall Street.

Su gestión fue aplaudida por los dos grandes partidos de Estados Unidos. El diario conservador ‘The Wall Street Journal’ la despidió con nota.

El presidente electo Biden garantizó que su elección para dirigir el Tesoro gustaría a todos. Cuando se filtró que la elegida era Yellen, todos entendieron lo que quería decir. La senadora Elizabeth Warren, para quien el sector progresista del Partido Demócrata reclamaba el puesto de secretaria del Tesoro, celebró el nombramiento. Es «lista, dura y con principios» y como presidenta de la Fed «plantó cara a los grandes bancos», reconoció.

«Una elección excelente», coincidió Gary Cohn, expresidente de Goldman Sachs y ex consejero económico de Trump. «La experiencia, conocimiento, juicio y personalidad de la doctora Yellen la convierten en una persona singularmente cualificada para este papel», dijeron ocho exsecretarios del Tesoro, cuatro demócratas y cuatro republicanos, en una carta al Senado en la que pedían que la confirmaran cuanto antes.

El 26 de enero, Yellen se convirtió en la 78ª secretaria del Tesoro de Estados Unidos y la primera mujer al frente del departamento desde su creación en 1789.“«La economía no es solo algo que se encuentra en los libros de texto. Puede ser una potente herramienta para corregir errores del pasado y mejorar las vidas de las personas», dijo al convertirse en una más de los 84.000 empleados del Tesoro.

 

Evitar mucho sufrimiento

La audiencia en el Senado transcurrió sin sobresaltos. Era al fin y al cabo la cuarta vez que los legisladores examinaban a la economista. Alabada por casi todos como una mano firme, segura y pragmática para sacar a Estados Unidos de la crisis económica provocada por la pandemia, los miembros de la comisión de asuntos económicos mantuvieron no obstante una animada discusión con Yellen.

Está convencida de que es el momento de gastar «a lo grande» y hacer lo posible para llegar hasta los más desfavorecidos.

Las tesis de esta economista keynesiana chocan con el celo ahorrador que, ahora que Trump ha dejado la Casa Blanca, su partido ha redescubierto de repente. Yellen está convencida de que es el momento de gastar «a lo grande» para evitar daños permanentes a la economía, algo parecido a lo que defiende la Fed, y hacer todo lo posible para llegar hasta los más desfavorecidos.

«Sin más acciones, nos arriesgamos una recesión más prolongada y dolorosa ahora y con cicatrices a largo plazo de la economía más adelante», avisó a los senadores. Le preocupan especialmente los trabajadores «con ingresos más bajos», los más expuestos, como los pacientes que veía su padre en su consulta médica de Brooklyn, que unos días podían pagar y otros no. «Espero que cuando los economistas echen la vista atrás a la pandemia, concluyan que las acciones del Congreso ayudaron a evitar mucho sufrimiento».