Decía el arabista Fred Halliday (1946-2010), que «si no conoces Yemen, no conoces el mundo árabe». Yemen, el país más pobre del mundo árabe, pero también uno de los más poblados y orgullosos. Mahoma menciona a los piadosos yemeníes en el Corán; y en la mezquita de Saná se encontró, en 1972, la versión del Corán más antigua. Es también el último gran país tribal del mundo. Todo es ancestral, como si el tiempo tardara en pasar por sus fascinantes paisajes poblados por rascacielos de barro.

Yemen es también un poco africano, se nota la cercanía de Etiopía y Somalia; pero en Hadramut, los emigrantes que hicieron fortuna en Malasia e Indonesia construyeron sus lujosas residencias en estilo javanés. Hoy, la emigración se dirige hacia Arabia Saudí. El padre de Osama bin Laden fue uno de ellos y prosperó hasta amasar la segunda fortuna del país de acogida, detrás de la que atesoraba la misma familia de los Saud. Pero fue un caso excepcional, dado que la mayor parte de los numerosos trabajadores yemeníes que emigraron a Arabia Saudí nunca salieron de pobres. E incluso fueron devueltos masivamente 800.000 de ellos en pocos días, en 1990, como represalia del gobierno saudí contra Yemen por haber apoyado a Saddam Hussein en Kuwait.

Precisamente, la relación entre saudíes y yemeníes es otro de los parámetros que explican el conflicto que nos ocupa. Desde que se oficializo la independencia de ambos países, tras la Primera Guerra Mundial, se sucedieron varias guerras fronterizas en las cuales los saudíes tendían a llevar la peor parte. Junto con la motivación guerrera, generalmente favorable a los yemeníes, el gran reino del Norte siempre tuvo problemas para atender un frente situado en los bordes del Cuadrante Vacío, el enorme desierto que ocupa el centro de su territorio.

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