Hace unos meses Yolanda Díaz estaba sentada en una terraza un fin de semana, con unas amigas, compartiendo anécdotas sobre lo más relevante que a cada una de ellas les había ocurrido en las jornadas anteriores. Le preguntaban a la vicepresidenta de Trabajo, con naturalidad y sin los corsés propios de la política, qué tal le había ido en Bruselas con los señores del dinero, esto es, aquellos ante los que tuvo que explicar la esencia y las tripas del plan español de reformas junto a otra vicepresidenta, Nadia Calviño.

En esa conversación distendida Díaz confesaba a las suyas, a las de siempre, que la cita le había resultado menos tensa y más digerible de lo esperado… y es que si en algo se ha doctorado en la temporada que lleva en el Gobierno es, sin duda, en saber defenderse en el curso de negociaciones complejas.

De esa clase de negociaciones duras, casi todas con patronal y sindicatos que ha capitaneado últimamente Díaz, hija y sobrina de sindicalistas y militante con carnet del partido comunista (en estos momentos el único identificativo político que conserva) se había oído hablar en las instituciones de la UE. Y se lo hicieron saber. «¡La campeona del diálogo!», bromearon con ella desde el equipo del vicepresidente económico de la Comisión, Valdis Domvrobskis, su principal interlocutor en los momentos en que tocaba defender planes reformistas en España a cambio de fondos para la recuperación.

De todo esto charlaba en un ratito de relax con sus amigas, a las que dice necesitar como válvula de escape, Yolanda Díaz, una vicepresidenta coruñesa nacida en los años 70 en la Galicia de los astilleros y los conflictos laborales permanentes. Abogada con tres postgrados (urbanismo, relaciones laborales y recursos humanos) en su currículum, lleva ya a sus espaldas y en su cartera ministerial pactos como el de la subida del salario mínimo interprofesional (SMI) hasta los 950 euros, así como una ansiedad que no esconde por seguir ampliando esta cantidad en consonancia con otros países europeos.

De momento ese anhelo la lleva al roce –que no al choque estridente, del que no es muy partidaria, a diferencia de Pablo Iglesias– con los socialistas, los socios de coalición, que creen que no es momento de tirar más de esta cuerda. Los empresarios están de acuerdo.

 

Palabras que queman

También ha logrado esta gallega cuadrar en varias ocasiones el círculo de la renovación de los ERTE, uno de los más relevantes colchones económico-sociales de miles de trabajadores y de empresas en tiempos pandémicos, o la nueva Ley de teletrabajo o la Ley rider para hacer frente al usual fenómeno de los falsos autónomos en las plataformas del teletrabajo… pero le queda por hacer lo más difícil: acordar con los agentes sociales una nueva legislación laboral que satisfaga en Bruselas y que no incomode a los miles de seguidores de la izquierda –entre otros los responsables de las entidades sindicales– que lo que aguardan es una «derogación», vocablo que pese a estar recogido en el pacto que dio origen a la primera coalición gubernamental de la democracia, ella intenta no utilizar en demasía. Hay palabras que, llevando según qué galones de ministra, queman al pronunciarlas, por más que antaño fueran compañeras habituales de conversación.

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Abogada con tres postgrados lleva ya en su cartera ministerial pactos como el de la subida del salario mínimo interprofesional

En esto de restar decibelios a su forma de expresarse y de trabajar ha cambiado una madura y más experimentada Yolanda, algo insomne y aficionada a la plancha, que por lo oído le relaja como actividad de madrugada. Ahora, además de pocas arrugas en la ropa que luce, exhibe un mayor sosiego escénico, pese al estrés que provoca su ceñidísima agenda, donde intenta abrir pequeños refugios de vida familiar para compartir camino con Juan Andrés Meizoso (el delineante del que dice estar «profundamente enamorada» y con quien se casó vestida de rojo-PCE) y con su hija.

Y es que si de algo hace gala esta mujer en cuyas manos está el futuro del empleo en España es de ser la madre de Carmela y la hija de Suso. Carmela fue antaño el bebé testigo de algunas de las peripecias políticas de una mamá con escaño que la llevaba consigo para garantizar el tipo de crianza en el que creía.

 

Entenderse con la patronal

Suso Díaz representa, sin duda, el faro vital de la ahora vicepresidenta. Es llamativo el orgullo con el que constantemente se refiere y recuerda a su padre, un sindicalista gallego que probó las hieles de la cárcel franquista y que conoce bien el umbral del dolor obrero en tiempos de crisis. De esto parece haber hablado largo y tendido durante años con una hija que se dice profundamente concienciada. Aunque ahora lo que le toca a ella es gestionarlo y entenderse sí o sí también con la patronal, tarea que acata con serenidad, superados otros tiempos.

Es llamativo el orgullo con el que constantemente se refiere y recuerda a su padre, Suso Díaz.

Su entorno coincide al admitir que era más férrea, vehemente y hasta agresiva cuando en 2005 se estrenó en Esquerda Unida (EU) como coordinadora general. No tuvo suerte en su primer intento de llegar a la Xunta, porque ni siquiera logró sillón en el parlamento gallego. Dos años después, por ese mismo partido, se convirtió en teniente de alcalde mientras seguía ejerciendo de abogada laboralista. En 2012 volvió a probar en la política autonómica con Alternativa Galega de Esquerda (AGE). Cosechó nueve diputados y tuvo como asesor en la campaña electoral a alguien que primero sería su amigo y después su jefe: Pablo Iglesias.

Por aquel entonces las apelaciones de Díaz a la unidad de la izquierda ya eran constantes. En el 2015 se presentó a las elecciones generales con En Marea y se incorporó definitivamente a la política nacional como número dos por A Coruña. En ese periplo dejó de ser coordinadora de EU y terminó abandonando Izquierda Unida, con cuyos líderes no tenía ni tiene la mejor de las relaciones. Así, paso a paso y poco a poco Yolanda Díaz entró en la vida del Congreso, donde lleva varias legislaturas y donde es habitual oírle decir, en algún pasillo, el patio o la cafetería cuánto echa menos su tierra y a sus paisanos.

 

Vértigo a ser ministra

Ahora, esta mujer curtida, bien formada, que asegura no estar dotada de «ambición política» y que se resistió, por vértigo, a ser ministra, goza de una buena imagen pública en distintos espectros ideológicos, de edad y de género (así se lo lleva reconociendo el Centro de Investigaciones Sociológicas desde hace varios meses). Y tiene que tomar una decisión relevante en lo personal y en lo profesional en el medio plazo: si acepta o no ser la candidata a las elecciones generales por Unidas Podemos y sus confluencias en 2023, una vez que Iglesias ha dicho adiós.

Fue precisamente Iglesias el primero que verbalizó que Díaz era y sería en un par de años la candidata más potente que podrían avalar los morados para disputarle la Moncloa al socialista Pedro Sánchez, el hombre con el que ella dice entenderse en el día a día de la coalición, lo que no significa, advierte, que le dé la razón en todo o que no le exija que cumpla acuerdos olvidados. Quiere decir, como puntualiza cuando se lo permiten marcando impronta, que para discrepar no necesita montar escándalos ni dentro ni fuera de la habitación en la que mantiene las conversaciones que sean menester con el actual presidente del Gobierno.

El caso es que la vicepresidenta de Trabajo y jefa ahora de la delegación gubernamental de Podemos debe decidir si desea o no optar a la presidencia cuando toquen elecciones. Si tienta a la suerte para comprobar, como sugieren los sondeos, si es capaz de atraer voto de izquierda actualmente enredado en redes socialistas. Por el momento ha decidido no entrar en ese juego de deshojar la margarita que le dejó sobre la mesa Iglesias, dimitido tras su propio fracaso en las urnas madrileñas.

Goza de una buena imagen pública en distintos espectros ideológicos, de edad y de género, como reconoce el CIS desde hace varios meses.

«No toca», suele responder, sonriendo, cuando le plantean la cuestión. Sin embargo le cuesta ocultar, aunque lo intenta, que no le agradó que un hombre, por más que fuera su amigo, la señalara ante la ciudadanía con un «dedazo» como posible sucesora sin haber hablado con ella en profundidad del asunto. De poco sirvió para aliviar la molesta situación que añadiera la coletilla de «si los inscritos lo quieren». Efectivamente, cualquier decisión que emane de las filas moradas ha de ser ratificada después por su militancia… pero el primer paso ha de darlo quien aspira, si es que aspira, sin empujones ajenos.

A esto hay que añadir que la dirigente gallega no milita en Podemos. Ni en Izquierda Unida. Ni en ninguna de las confluencias que conforman el grupo parlamentario de Unidas Podemos. Solo es del PCE. ¿Se afiliará a alguna organización para desde ahí lanzar una candidatura? Está por ver. Hay casi consenso a su alrededor en que es a priori la mejor candidata. La gran opción. Una posible solución pese a las fuertes turbulencias moradas.

 

Relanzar el espacio morado

Pero ella no está tan segura. Ni de querer –el estrés, la morriña y las dudas sobre si sabrá acertar con el momento de la desconexión de la política le pesan– ni de poder: parece estar convencida de que la izquierda a la izquierda del PSOE debe terminar con la atomización para tener alguna posibilidad cierta. Y la reconciliación está llena de aristas. Lo sabe. Aunque sus colaboradores recalcan que ya le da vueltas a una lista de reencuentros.

Súmese a todo ello, como guinda, que si aceptara el reto de aquí a 2023 tendría que empeñarse en relanzar un espacio, el morado, que ha ido dando muestras de agotamiento en varias de las últimas contiendas electorales. Ahí están los resultados a modo de cruel espejo. En las más recientes, las de Madrid, perdió poderío, credibilidad y hasta un líder.

Eso ha supuesto que haya habido relevo de urgencia en Podemos, el partido, que ha quedado en manos de la beligerante, y también ministra, Ione Belarra, garantía además de una línea continuista con la trazada por Iglesias. ¿Es viable una bicefalia de estas características en una organización asamblearia pero a la vez acostumbrada a liderazgos poco flexibles como es la morada?. Díaz tiene en su mano la respuesta. Y tiempo para decidir, ella y solo ella, cuál ha de ser su camino.