Zbigniew Brzezinski murió en 2017 con 89 años, todavía a tiempo de ver cómo empezaba la crisis y propiamente la guerra de Ucrania, incluso de resignarse a la idea de una Ucrania sometida a la vigilancia de Moscú, en un régimen similar al de Finlandia durante la Guerra Fría, que dio lugar al concepto de finlandización. El origen y la cultura polaca de quien fue consejero de Seguridad del presidente Carter gravitaron durante sus últimos años de vida, cuando imaginó soluciones para Ucrania ahora plenamente rechazadas desde Washington, Bruselas, y naturalmente, Kiev, pero sus ideas fundamentales, sobre todo las desarrolladas en su libro más destacado (The Grand Chessboard. American Primacy and its Geostrategic Imperatives, 1997) tienen una extraña vigencia, hasta el punto de que se han convertido en referencia obligada en las principales capitales implicadas en la guerra, sobre todo Moscú y Kiev.

Ucrania es la pieza central en el damero del poder euroasiático para quien fue consejero de Seguridad de la Casa Blanca.

Zbig, tal como se le conocía en el mundo diplomático y académico, tenía cualidades de estratega excepcional y visionario, lo cual le llevó a acertar en lo más fundamental sobre el negro futuro de la Unión Soviética, pero también, tal como ha señalado su biógrafo Justin Vaïsse (Zbigniew Brzezinski. America’s Grand Strategist, 2018), a convertirse en «fuente de inspiración para todos los que quieren considerarlo como el arquitecto de los más oscuros diseños dominadores del imperio americano». Coincide con Vladimir Putin en su consideración del hundimiento soviético como la catástrofe geopolítica más importante del siglo XX, valoración tan optimista y positiva para él como tenebrosa y negativa para el presidente ruso. Coinciden también en el rol de Ucrania como pieza central del imperio ruso, tan bien definido por una sentencia suya muy utilizada en esta crisis: «Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático».

La apuesta de Zbig, partidario decidido de la ampliación de la UE y de la OTAN a todos los países del antiguo bloque soviético, contaba incluso con la misma Rusia para salir del agujero negro en cual se había hundido como resultado del desenlace de la Guerra Fría. Lo que ha fallado para llegar al punto trágico de la guerra actual es que la Rusia post-soviética, «demasiado débil para ser un socio en igualdad de condiciones y demasiado fuerte para ser un socio europeo más», ha visto frustradas sus pretensiones de condominio con Estados Unidos sobre Europa, una especie de derecho de veto del Kremlin a las ampliaciones de la UE y de la OTAN.

Una extraña coincidencia se produce entre dos diagnósticos sobre la desaparición de la Unión Soviética, el de un pensador antirruso y el del mismo Putin

Una lectura como la que hacía Zbig del mapa europeo permite observar el nuevo peso geopolítico y militar de Polonia, auténtica fuerza emergente dentro de la UE y la OTAN, el papel destacado de las repúblicas bálticas y la aportación capital de la Finlandia recién ingresada en la alianza. Hay que subrayar que son exactamente estos países los que sufrieron directamente los efectos de los acuerdos secretos del Pacto Ribbentrop-Molotov (1939), que comportaron el reparto de Polonia entre Hitler y Stalin, la anexión rusa de las bálticas y la invasión de Finlandia, en un primer zarpazo ruso que se repetiría y prolongaría con los acuerdos con Roosevelt de reparto del continente entero en dos esferas de influencia al acabar la Segunda Guerra Mundial. En los hechos, la Europa que está emergiendo ahora con la guerra desplaza su centro de gravedad a los países que rechazan los pactos de Yalta y de Potsdam (1945), con los cuales se encontraron abandonados dentro de la zona de influencia soviética, sin disfrutar de la libertad, la prosperidad e incluso la independencia nacional como el resto del continente.

 

Imperialismo eurasianista

En este libro premonitorio ya se explica la ideología del imperialismo eurasianista actualmente vigente en el Kremlin, como «alternativa coherente al comunismo soviético y reacción a la supuesta decadencia occidental» y se avanza la posibilidad de alianzas estratégicas de Rusia con China y con Irán. Destacan sus advertencias respecto a China, a la cual «no se le tiene que aplicar una política de contención ni de apaciguamiento, sino tratarla con respeto en calidad del Estado en desarrollo más grande del mundo y como mínimo hasta ahora bastante exitoso». Zbig patrocinó la idea ahora caducada del G-2, un mundo dirigido como un condominio de Washington y Pekín, y siempre ninguneó a Taiwán, unas ideas que tienen también una renovada vigencia después de los esfuerzos europeos, de Berlín y París sobre todo, para distanciarse de la polarización entre China y los Estados Unidos. Inspirado directamente en el pensamiento geopolítico más clásico, y muy cerca de las ideas de Kissinger, Brzezinski pensaba que la alianza occidental con China y el compromiso transatlántico con Europa eran indispensables para evitar que el corazón geopolítico del continente euroasiático, situado entre Ucrania y Rusia, quedara bajo el control autocrático de Moscú.

 

Simpatía por Pekín

Hace ya 25 años, Brzezinski solo veía para Rusia una opción geoestratégica moderna y estable, con un sistema político mínimamente democratizado y un papel internacional realista y aceptado por todos. Era precisamente en dirección contraria a la de Putin, pues exigiría la aceptación «sin ambigüedades de la existencia individual de Ucrania, de sus fronteras y su propia identidad nacional» y la disolución de la actual estructura imperial rusa. Estas ideas, que contrastan con la simpatía del gran estratega por el régimen de Pekín, son las que desde el Kremlin se interpretan como parte de la conspiración internacional para liquidar el imperio ruso y hacen que se haya vuelto a leer con tanto interés.