En el año 1927, la revista Europe te encarga un reportaje sobre algún lugar emblemático de Francia, pero en lugar de hacer como los otros escritores invitados a participar en el proyecto, que se visten de viajeros intrépidos o de distinguidos cosmopolitas en búsqueda del rincón pintoresco o del sofisticado escondrijo de la elegancia, decides no apartarte del color uniforme de la rutina y, como cada día desde que te instalaste en el suburbio parisino de Bécon-les-Bruyères, tras separarte el año anterior de tu mujer, sales de la casa donde vivirás durante un invierno y una primavera, en el número 16 de la calle Madiraa, vagas de aquí para allá, y vuelves a constatar que los campos que antaño rebosaban de brezos, los que le dieron el apelativo al lugar, han sido ocupados por edificios de cuatro a ocho plantas que «llevan en la fachada la expresión de los hombres que han hecho sufrir a otros hombres y que disfrutan de una situación que descansa en la renuncia de sus amigos. Pero hay algo que los inmoviliza aún más. Los vecinos que asoman la cabeza por las ventanas, el humo de las chimeneas, las cortinas que vuelan hacia fuera no los animan en absoluto».

Pasas por delante del casino, echas un vistazo a las pistas de tenis, entrevés el cementerio para perros, la bulliciosa actividad de las fábricas te es tan indiferente como la aburrida desolación de los descampados, y una vez llegas a la estación de tren, tienes la certeza de que el núcleo urbano en el que habitas existe únicamente porque los espacios de su entorno se han ido llenando al tuntún, sin ningún tipo de planificación urbanística. Y entonces piensas que «igual que ante una persona que nos presentan diciendo que es muy divertida, y con la cual de golpe te quedas solo hablando seriamente después de que el amigo que te la ha presentado se haya ido, cuando llegas a Bécon-les-Bruyères te encuentras sumido en la sensación de que a partir del momento en el que las cosas son, dejan de ser divertidas». Te entretienes un momento meditando los motivos por los cuales no es necesario que ningún forastero visite esta zona impersonal y sin gracia y vas forjando la sensación antiguía turística que será Bécon-les-Bruyères (Editorial Minúscula, 2010).

Es imposible que lo sepas todavía, pero Peter Handke la valorará como una de tus obras maestras y la tomará como modelo a seguir en no pocos de sus libros. Si has escogido describir este lugar cualquiera y sin carácter de la periferia de París, pese a todo, no ha sido por afán provocativo, ni para contradecir los previsibles oropeles majestuosos del rumbo que emprenderán tus colegas; no habrás sucumbido, tampoco, a la voluntad reivindicativa de la existencia proletaria en los arrabales de una gran ciudad, y mucho menos a una especie de desaire irónico hacia la vida en minúscula de sus habitantes.

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