Entre la definición del Barça como «el ejército desarmado de Cataluña», la sutil ironía de Manuel Vázquez Montalbán a toda máquina, y «nuestras finanzas son imbatibles», la descarnada prepotencia de Roman Abramovich cuando era propietario del Chelsea, está la enorme distancia moral y material que separa y distingue el vínculo sentimental con un club de un negocio-anuncio publicitario con recursos ilimitados. A ambas proclamas las separa también una gran distancia emocional, dicho sea sin menospreciar a los seguidores del Chelsea, con más de un siglo de historia en el barrio londinense de Fulham. Es el signo de los tiempos, resumido por Jorge Valdano con su pulcra prosa: «Los clubs encontraron nuevos propietarios para impulsar su economía, actores económicos pintorescos, cuando no grotescos. El dinero quiere mostrarse y el fútbol es un gran escaparate que atrae a magnates internacionales ajenos a la cultura autóctona».
Valdano hila fino: es cierto, el dinero quería mostrarse, pero la política, la influencia de la nueva política, la necesidad de blanquear según qué y a según quién, también tiene que ver con el cambio sin límites del fútbol. Dicho sin rodeos en el periódico Le Monde un día después de que el PSG ganase su segunda Champions: Luis Enrique se ha beneficiado «de la generosidad de un propietario que no tiene límite financiero». ¿Y quién es este propietario? Qtar Sports Investments, que se ha gastado 1400 millones de euros en fichajes desde 2011 (quizá hayan gastado aún más, pero no hay forma de aclararlo). ¿Y quién preside el club? Nasser Al-Khelaifi, directamente emparentado con el emir de Catar, es decir, con el fondo soberano ad hoc que permite gastar sin peligro de entrar en quiebra, mientras las rentas del petróleo lo permitan.
¿A quién ganó el PSG? No fue a un club convencional que depende del bolsillo de los socios, de la publicidad y de los derechos televisivos, sino al Arsenal, en manos de una sociedad que preside Stan Kroenke, propietario de Los Angeles Rams (fútbol americano) del Denver Nuggets (básquet) y del Colorado Avalanche (hockey sobre hielo) entre otras franquicias. Dicho de otro modo, en la final de la Champions dos perfectas expresiones de la geopolítica hicieron una exhibición de poderes: un pequeño Estado petrolero inmensamente rico, con la necesidad de proyectar una imagen pública que haga olvidar sus aristas más cortantes, y un hombre de negocios, también inmensamente rico, con una potencia de fuego financiero, si no ilimitada, sí muy por encima de lo que son capaces de soportar los clubes, digamos, convencionales.

