La negación de la dictadura franquista de los derechos y las libertades fundamentales comportó la prohibición de los partidos políticos y la persecución de sus miembros. Sin embargo, el franquismo no consiguió erradicarlos ni siquiera en los años de la posguerra con más violencia represiva. Tampoco pudo evitar el crecimiento de la militancia clandestina desde finales de la década de los 50 y, especialmente, desde mediados de los 60, pese a la actuación continua del formidable aparato creado para imposibilitar cualquier forma de oposición política y social al régimen.
Las organizaciones políticas de izquierdas fueron las que desarrollaron acciones contra la dictadura, de carácter testimonial y propagandístico en las etapas más duras, y de activismo en los movimientos sociales —obreros, estudiantiles, vecinales, profesionales y culturales— en el franquismo tardío. A su derecha, solo existieron pequeños núcleos democratacristianos, liberales y nacionalistas subestatales, que a menudo giraban en torno a una personalidad con una actividad profesional o académica relevante.
En 1975, cuando murió el dictador, pero no la dictadura, los partidos políticos continuaba en la ilegalidad y en la clandestinidad. La organización más numerosa y organizada era el PCE —en Cataluña, el PSUC— que desde los años 50 había optado por impulsar las luchas sociales reivindicativas como forma más eficaz de acción contra la dictadura. Desde finales de los años 60 y principio de los 70 habían crecido otros partidos; por una parte, un conjunto de grupos a su izquierda, con programas más radicales para llevar a cabo la revolución socialista, pero con actuaciones en los movimientos sociales no tan diferentes de las de los militantes comunistas, como es el caso de Bandera Roja, el PCE (i) que más tarde pasó a llamarse Partido del Trabajo de España, la Liga Comunista Revolucionaria, la Organización Revolucionaria de Trabajadores y otros partidos menores.
La ausencia del PSOE en el activismo antifranquista, determinada por la política de espera de la dirección en el exilio, comportó la aparición de grupos socialistas al margen del partido histórico, como el Partido Socialista del Interior, que más tarde se convirtió en el Partido Socialista Popular, y una serie de partidos socialistas regionales, además del socialismo catalán del Moviment Socialista de Catalunya y, más adelante, de Convergència Socialista de Catalunya y del Reagrupament Socialista i Democràtic de Catalunya. Iniciada la década de los 70, y en un escenario de crisis creciente del franquismo, el PSOE puso en marcha un proceso de renovación que le permitió estar en condiciones de jugar un papel relevante una vez empezado el proceso de transición e integrar a los principales grupos formados en los años anteriores.

