«Creemos que podemos empezar un proyecto así y, en cambio, somos incapaces de hacerlo, siempre está todo en nuestra contra y en contra de un proyecto como este, por eso lo dejamos para más adelante y no nos ponemos nunca, por eso tantos trabajos intelectuales que se deberían escribir no se escriben, tantos textos que durante mucho tiempo, durante años, tenemos en la mente, se quedan en nuestra mente. Recurrimos a todo tipo de motivos inimaginables para no tener que empezar un trabajo como este, ponemos todas las excusas inimaginables, invocamos a todos los espíritus inimaginables, que solo pueden ser malos espíritus, para no tener que empezar lo que deberíamos empezar. Esta es la tragedia del que quiere escribir alguna cosa, que grita una y otra vez a quienes obstaculizan su escritura», escribe Franz-Josef Murau, el protagonista y narrador de Extinció (1986), la última novela de Thomas Bernhard (1931-1989).
Farsa lóbrega o sátira despiadada, suma intrépida de un arte literario virtuoso y demoledor, da la razón a Ricardo Piglia cuando decía del autor que, si gustaba tanto a los escritores, era por la particularidad de haber convertido la creación de las circunstancias propicias para escribir —aquel estado de ánimo espiritualmente oportuno, aquella tranquilidad física, aquella calma ambiental— en el tema principal de sus novelas.
Sería excesivo afirmar que es el único tema —ya veremos que no—, pero recordemos La fàbrica de calç (1970) y a su protagonista, obcecado en sacar adelante el tratado matemático-filosófico más grandioso nunca concebido sobre la audición humana y del cual no ha conseguido escribir ni una sola palabra; o recordemos al narrador maníaco y enfermizo de Formigó (1983), que pretende realizar el ensayo definitivo sobre Mendelssohn y tras diez intensos años de preparativos, acumulando y estudiando toda la bibliografía existente sobre el músico, se declara incapaz de confeccionar una simple frase relacionada con la materia que investiga; o recordemos, en fin, la primera novela de Thomas Bernhard, Gel (1963), donde encontramos ya lo que se convertirá en una constante en su obra, el malogrado héroe patológicamente perturbado por la cultura, la figura del artista convencido de su genialidad —aquí un pintor aislado en un valle alpino que quema los cuadros ejecutados—, obsesionado con un proyecto imposible, y que finalmente acaba destruido por la tensión entre la necesidad de la perfección absoluta que se exige y la certeza de que dicho anhelo es inasequible.





