El perfil del socio del Barça tiene un alto componente emocional con tendencia a perdurar a lo largo de toda una vida. Se puede cambiar de ciudad, de país, de pareja, de empresa o de religión, pero raramente se abandona al equipo con el que uno se haya identificado siempre.

Esta faceta emocional del socio del Barça coincide a menudo con una señal de identidad inconfundible sin otros vínculos que un sentimiento de pertenencia a un club y a cierta idea transversal de Cataluña que no se corresponde con el más vertebrado mapa social y político del país. Un futbolista del Liverpool del siglo pasado, Bill Shankly, es recordado por una frase ocurrente que decía que «el fútbol no es una cuestión de vida o muerte sino que es mucho más importante que esto».

¿Por qué un deporte inventado en un pub de Londres, el Freemason’s Tavern en 1863, donde nació The Football Association y se empezaron a redactar las primeras reglas unificadas del fútbol moderno, podía llegar a ser el deporte de masas en todo el mundo? Esta era una de las preguntas que fascinaban al historiador marxista, Eric Hobsbawm, que dedicó su vida a estudiar revoluciones, imperios, clases sociales y nacionalismos. No era un cronista deportivo ni un forofo obsesivo del fútbol. Su interés por el juego era diferente. Quería entender por qué once jugadores corriendo detrás una pelota podían representar algo mucho más grande que un simple espectáculo deportivo.

Su respuesta se convirtió en una de las reflexiones más citadas de la historia de la sociología del deporte. «La comunidad imaginada de millones de personas parece más real en la forma de un equipo de once personas con nombre y apellidos.» Con una sola frase, Hobsbawm explicaba un fenómeno que continúa definiendo el mundo contemporáneo en relación con el fútbol. La idea de «comunidad imaginada» no era suya. Provenía de los estudios sobre el nacionalismo, que describen la nación como una comunidad formada por personas que no se conocerán nunca personalmente, pero que se sienten unidas por una identidad compartida.

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La comunidad de socios del Barça es más abstracta que real. Pero existe y forma una fraternidad invisible que se concreta en una realidad visible cuyo núcleo son once jugadores que corren, disfrutan, meten goles, pierden o ganan. No es un sentimiento emocionalmente ganador o perdedor. Es una identificación con unos colores, con su himno, su historia, sus frustraciones y sus victorias.

La gente del Barça, como la de cualquier otro equipo, ve caras, nombres, colores y una trayectoria compartida. Los socios, más de 140.000 según el último censo, no ven una idea política sino a once personas que representan aquello que consideran suyo. Hay un barcelonismo mucho más amplio, universal, en el que constamos lo que yo entiendo como barcelonistas sin papeles, es decir, los que no somos socios a pesar de ser apasionadamente culés.

 

Una colectividad sentimental

La proyección internacional del Barça se ve también en las numerosas camisetas azulgranas que se divisan en muchos aeropuertos y ciudades del mundo, desde Lima hasta Nairobi pasando por Oslo o Manila. La historia del Barça es, de alguna manera, paralela a la del país. Fundado en 1899 por el suizo Joan Gamper, el equipo ha vivido las convulsiones del siglo XX y hoy es una forma, entre otras muchas, de exhibir la catalanidad personal y también un sentimiento muy mayoritario de pertenencia a una colectividad sentimental.

Eric Hobsbawm observaba este fenómeno con la mirada de un historiador. Sabía que el nacionalismo moderno no había aparecido espontáneamente. Las naciones se construyen a través de símbolos, rituales y tradiciones. Himnos, banderas, conmemoraciones públicas y ceremonias contribuyen a crear el sentimiento de pertenencia. El fútbol, en el siglo XX, se ha convertido en uno de los instrumentos más poderosos de este proceso.

El Clásico es una confrontación deportiva que tiene dimensiones políticas y sociales que llegan a todo el mundo aunque no se pueda dar una explicación racional y coherente del fenómeno.

Los Mundiales y las Eurocopas funcionan como una especie de teatro global donde las naciones se representan a sí mismas ante el mundo. Cada victoria es interpretada como un éxito nacional y cada derrota como una decepción compartida. La rivalidad entre el Barça y el Madrid va más allá de las nutridas vitrinas de trofeos que los dos clubes exhiben. El Clásico es una confrontación deportiva que tiene dimensiones políticas y sociales que llegan a todo el mundo aunque no se pueda dar una explicación racional y coherente del fenómeno. Representa el choque de dos maneras de ver no solo el fútbol, sino la política, la economía y la historia de dos realidades marcadamente diferentes que conviven desde hace siglos sabiendo que cada una preservará su idiosincrasia.

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Barcelona Districte 4.0. Anticipem el què, el com i l'on de la reinvenció

El Barça, cuando menos, es un laboratorio excepcional para captar la realidad de Cataluña. Ningún otro fenómeno cultural y deportivo reúne de manera tan visible emoción, identidad y participación de masas. Las grandes manifestaciones para celebrar un título en la ciudad de Barcelona concentran a gente que viene del norte y del sur, de aquí y de fuera, culés de toda la vida y niños llevados a hombros de los padres para ver el autocar de los vencedores.

Es interesante también analizar el hecho de que el eje  Les Corts-Sants-L’Hospitalet es la zona con más densidad de socios del mundo azulgrana porque combina proximidad al estadio, tradición obrera y popular y una gran concentración de población. En esto se asemeja mucho a los siete equipos de Londres que juegan en la Premier y que están muy identificados con los barrios donde tienen la sede y el estadio, desde el Arsenal al West Ham United.

 

Celebridades planetarias

La evolución del Barça ha sido espectacular como la del fútbol global. Los grandes clubes mueven cantidades astronómicas de dinero. Los jugadores se transforman en celebridades planetarias. Las retransmisiones llegan a todos los rincones del mundo. Pero por muy globalizado que sea el negocio, los equipos como el Barça tienen su particular singularidad que es muy intensa entre quienes van a ver todos los partidos, pero también entre quienes los ven por televisión desde cualquier parte del mundo.

Ningún otro fenómeno cultural y deportivo reúne de manera tan visible emoción, identidad y participación de masas.

Cuando un estadio se levanta después de un gol decisivo, cuando una bandera ondea entre la multitud o cuando una ciudad entera celebra una victoria deportiva, el barcelonismo adquiere una fuerza sorprendente. Los activos de Kubala, Cruyff y Guardiola están grabados en el imaginario colectivo del barcelonismo. Pero la estrella polar es, sin duda, Leo Messi que se puede considerar el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos y que salió disgustado con Jan Laporta. El Barça le debe más que una estatua o un homenaje reparador. Le tiene que rendir el agradecimiento proporcional a las glorias que con toda sencillez ha entregado su talento a un club en el que se estrenó con 12 años. Es de esperar que se encuentre la manera de hacerlo.

Los activos de Kubala, Cruyff y Guardiola están grabados en el imaginario colectivo del barcelonismo. Pero la estrella polar es, sin duda, Leo Messi, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos.

El estadio del Camp Nou se está rehaciendo y en unos meses se convertirá en el coliseo futbolístico más grande e impresionante de Europa. La incógnita es si el Barça podrá competir con las aportaciones de las cuotas de los socios en un mundo atestado de millones y millones de euros. Evidentemente que no. Por eso la gestión en este periodo de la historia del Barça tiene que ser transparente y estar sometida a las auditorías externas que garanticen la viabilidad económica del club. Se trata de que el socio sea el amo, pero, a la vez, hay que saber garantizar los recursos para ser competitivo en el mercado global.

Cuando un estadio se levanta después de un gol decisivo, cuando una bandera ondea entre la multitud o cuando una ciudad entera celebra una victoria deportiva, no estamos ante una abstracción lejana ante una realidad muy próxima.

La frase «El Barcelona es más que un club de fútbol», pronunciada por el presidente Narcís de Carreras en 1968 en el discurso de toma de posesión como presidente, tuvo y sigue teniendo un gran significado porque el Barça no es solo una entidad deportiva sino también una institución cultural y cívica vinculada a la identidad catalana, especialmente durante el franquismo.