La Iglesia de la España «evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento» --según escribió en 1882 Marcelino Menéndez y Pelayo, quien unía catolicismo con hispanidad--, transitó del siglo XIX al XX siendo religión oficial del Estado. Con clérigos muchas veces funcionarios de lo sagrado y fieles laicos cristianos por tradición, únicamente determinadas iniciativas sociales alumbraban la oscuridad.
Estuvo al margen del movimiento teológico «modernista», que entonces sacudió a la Iglesia romana en algunos países europeos. Frente al integrismo, proponía adaptar el cristianismo a la evolución de las ciencias y del pensamiento, recibiendo la condena papal. Así, la visión nacionalcatólica de D. Marcelino continuó adelante, con su máxima expresión en una postguerra reflejada por el jesuita Alfonso Álvarez Bolado en El experimento del nacionalcatolicismo (1976).
En los pasados años 50 el episcopado español también estuvo al socaire de las novedades procedentes de la teología y de los estudios bíblicos en Bélgica, Francia, Suiza o Alemania. El enfoque doctrinal de los obispos carpetovetónicos, la formación en los seminarios, sus actuaciones prácticas y su visión puramente jerárquica de la Iglesia desentonaban con lo emergente tras los Pirineos. Y defendían el derecho de la Iglesia a plasmar sus principios morales en la legislación civil.
El concilio Vaticano II (1962-1965) intentó afrontar los cambios en una sociedad diversa, con la casi totalidad de la Iglesia hispana a contrapelo y en simbiosis con el franquismo. La inmensa mayoría del episcopado se opuso a la declaración conciliar Dignitatis Humanae, sobre la libertad religiosa. El obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain, escribió a la Secretaría conciliar: Utinam ruat cupula sancti Petri super nos antequam approbemus Declarationem de Libertate Religiosa [ojalá se derrumbe la cúpula de San Pedro sobre nosotros antes de que aprobemos la Declaración de Libertad Religiosa]. Los obispos españoles deberían situarse en una sociedad plural y sin religión oficial.
Algunos movimientos desde Roma para impulsar la influencia de los pocos obispos «aperturistas» promovieron la recepción española del concilio y un distanciamiento del Estado, con una Iglesia de base que compaginaba la reforma eclesial y el antifranquismo. Desde finales de los años 60 y durante los 70, hubo cambios externos visibles y cierto grado de aggiornamento doctrinal, dentro de una ligera primavera eclesial, con el cardenal Vicente Enrique y Tarancón al frente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) entre 1971 y 1981.





