El reto que todos tenemos por delante frente a la covid-19 es la ansiada vacuna y los antivirales sobre los que investigan y trabajan laboratorios de todas partes. El objetivo, desde el punto de vista ético y médico, es que estos fármacos lleguen a toda la población del planeta sin condiciones. Ello implica que su acceso no dependa de dónde se habita geográficamente, de la nacionalidad, de la capacidad económica individual o colectiva, del precio de las patentes, pero tampoco de las condiciones de vida, la edad, la salud personal, etc. Si no fuera así, la consecuencia sería una profunda e inaceptable inequidad. Esto debería ser suficiente para que cualquier solución contra el virus sea universal y a precios asequibles para todo el mundo.

La actual pandemia se está cebando con algunos colectivos a partir de factores biológicos y sociales. Entre los primeros, están la edad y determinados tipos de dolencias que predisponen al empeoramiento de la enfermedad. Entre los segundos están la pobreza, la falta de acceso a una sanidad de calidad, las condiciones precarias de trabajo, y un largo etcétera. Las cifras de muertos, infectados y curados no son las mismas incluso en los distintos colectivos de un mismo país, ni entre los distintos países y continentes. Los indicadores que marcan la diferencia van desde los económicos a las políticas sanitarias, pasando por la gestión personalísima de la pandemia por parte de dirigentes políticos entre los que destacan, negativamente, Trump y Bolsonaro, que parece que juegan a la ruleta rusa con el virus.

PUBLICITAT
Renfe / Viaja como piensas

En este punto, son especialmente relevantes los determinantes sociales de la salud, que constituyen el núcleo de la epidemiología social, dedicada a estudiarla distribución y causas de la salud en poblaciones humanas. La obra de M. Marmot y R. Wilkinson Los determinantes sociales de la salud. Los hechos (2004), constituye sin duda una referencia ineludible. Sin embargo, como apuntan P. O’Campo y J. R. Dunn, coordinadores de Rethinking social epidemiology. Towards a science of change (2012), los estudios empíricos que describen los determinantes sociales de la salud no son suficientes ya que necesitamos también la intervención pública y activa para revertir la inequidad en salud. En este sentido, las políticas sanitarias son, sin lugar a dudas, un factor relevante para mejorar la salud de la gente, pero no son suficientes. Hace falta reorganizar la sociedad, la economía y las relaciones de poder para que las inequidades en salud desaparezcan o, cuando menos, disminuyan drásticamente.

En el caso de la pandemia provocada por la covid-19, y teniendo en cuenta un mundo ya globalizado, la consecuencia de que las vacunas o los antivirales no lleguen a todas las naciones, Estados y poblaciones en condiciones de equidad, es decir, que no sean universales y a precios asequibles, contribuirá a una acentuación global de las desigualdades injustas en salud. No cabe duda de que el mundo ha empeorado en su conjunto con la llegada de la covid-19, pero no es verdad que este virus afecte a todos por igual como se dijo en un primer momento.

 

Vulnerabilidad

A estas alturas, sabemos a ciencia cierta que las personas socialmente vulnerables son las que más riesgo tienen de contagiarse y de morir a causa del virus, porque son las que viven en entornos hostiles, con trabajos precarios (incluso si son los llamados “esenciales”), a menudo apiñadas en viviendas pequeñas, y con la necesidad de salir a la calle en una búsqueda inaplazable del sustento para toda la familia. Esto es lo que nos teoriza la epidemiología social y lo que refrendan los datos de muertes y contagios de la covid-19. Los determinantes sociales de la salud afectan desigual e inequitativamente al riesgo de padecer la enfermedad y sus peores efectos sobre la salud y la economía familiar. Y la vacuna contra el virus, y los medicamentos que puedan surgir para paliar sus efectos, pueden actuar como un factor de compensación de esa inequidad en salud, si se reparten de un modo universal y barato, o como un acelerador de la injusticia social si no llegan a todos por igual.

PUBLICITAT
Correos Market

Por otra parte, si impera la política trumpiana del sálvese quien pueda (como estamos empezando a ver con el aprovisionamiento masivo de vacunas futuras para un solo país), el mundo, en su globalidad, se volverá aún más sombrío e injusto. La unilateralidad en las acciones contra la pandemia es algo impropio de un planeta interconectado. La salud no es un asunto privado, como muestra claramente la epidemiología social, y mucho menos nacional o nacionalista. Si una cosa ha dejado clara la expansión global de la covid-19, tanto del minúsculo virus como de los enormes efectos sanitarios, sociales y económicos que le acompañan, es la necesidad de afrontar colectiva, multilateral e internacionalmente cualquier medida realmente eficaz y definitiva contra ella. Y una vacuna universal y económicamente accesible es un elemento sine qua non de una gestión mundial ética contra la pandemia. No saldremos solos o con egoísmo de esta, sino únicamente juntos y fraternalmente.