En una mañana de junio en el parque nacional de Kibale en Uganda un chimpancé adolescente del grupo de los Ngogo cruzó en busca de comida al territorio colindante. Al ser identificado por el otro grupo de chimpancés local trató de huir corriendo colina abajo, pero una manada grande de chimpancés lo atrapó y lo atacó con golpes y mordiscos hasta matarlo. Su error mortal: salir solo, sin el calor y la protección de su grupo. Esa es una de las conclusiones a la que llegan un grupo de antropólogos en una investigación publicada en el American Journal of Primatology. Para los chimpancés, como para nuestros antepasados humanos, el éxito en la supervivencia dependía del éxito del grupo, ya fuera para cazar animales o para protegerse frente a enemigos externos.

Ahora viajemos al Reino Unido. Un grupo de sesenta y cuatro niños de entre 14 y 15 años se reúnen en un laboratorio. La persona a cargo del experimento les enseña pinturas de Paul Klee y Wassily Kandinsky. Acto seguido se divide a los niños en dos grupos según sus preferencias pictóricas y se les da dinero para repartir en diferentes situaciones hipotéticas. Los resultados son sorprendentes. Cuando los adolescentes actúan fuera del grupo distribuyen el dinero de forma equitativa. Sin embargo, su comportamiento cambia radicalmente cuando pasan a formar parte del grupo. Incluso con una identidad de grupo tan débil como la preferencia sobre un cuadro, los adolescentes reparten mucho más dinero a los suyos. En determinados escenarios, la propia identidad de grupo les vuelve «irracionales»: puestos ante la tesitura de maximizar el beneficio de ambos grupos o penalizar a los del grupo rival; los adolescentes prefieren sacrificar el beneficio propio, si eso significa que la diferencia de ingresos con el grupo rival es mayor. El autor de este pionero experimento en los años setenta, el psicólogo social Henri Tajfel concluye que el instinto de tratar con favor a los miembros de «nuestro grupo» y con rechazo a los del grupo ajeno opera por vías «previas» al razonamiento.

Bioquímicos y neurólogos han testeado esas hipótesis y encuentran explicaciones de base química al comportamiento grupal. Por ejemplo, en un experimento de 2011 publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, un equipo de neurólogos encuentra que la oxitocina, una hormona asociada tradicionalmente con el cuidado y el comportamiento prosocial en los humanos, solamente genera ese tipo de comportamientos con miembros del propio grupo. En la interacción con otros grupos, la oxitocina nos vuelve, por el contrario, agresivos y xenófobos.

En las últimas décadas la investigación en ciencias cognitivas, neurología, psicología social, lingüística y economía del comportamiento ha acumulado crecientes evidencias que contradicen un supuesto clave en el pensamiento occidental desde la ilustración hasta aquí: la idea de que los humanos tenemos fuertes instintos, pero que al final terminamos tomando decisiones calculadas y racionales que maximizan nuestro interés individual.

En esta otra visión del ser humano, el proceso se invertiría: nuestros instintos y sesgos cognitivos marcan la dirección y después los humanos funcionamos como seres «racionalizadores» para justificar o corregir nuestros sesgos establecidos de antemano. El psicólogo y premio Nobel de economía, Daniel Kahneman propone separar en dos sistemas nuestros procesos mentales. El sistema 1 es automático, emocional y subconsciente y genera de forma permanente intuiciones (sesgos cognitivos) que a veces nos son útiles y otras veces nos traicionan. El sistema 2 es más lento, consciente y calculador, y es el encargado de tomar decisiones y tratar de gobernar los impulsos del sistema 1. Jonathan Haidt el psicólogo moral y profesor de ética de New York University va un poco más lejos: «La mente está dividida, como un jinete sobre un elefante, y la función del jinete es servir al elefante. El jinete es nuestro razonamiento consciente (…). El elefante es el otro 99% de procesos mentales».

¿Qué nos dice ese elefante sobre la polarización política? Los humanos tenemos una tendencia tribal innata y no necesitamos razones objetivas de peso para formar parte de un grupo. Una vez que hemos definido el «ellos» y el «nosotros» en nuestro cerebro se activan inmediatamente las dinámicas grupales y desarrollamos una fuerte predisposición a recoger los argumentos de los nuestros con favor y a tratar de forma escéptica u hostil a los del grupo rival.

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En política no funcionamos muy distinto a los niños en el experimento de los cuadros de Kandinsky o a los aficionados de un partido de futbol: una vez las lealtades de grupo se han establecido, pensar no consiste tanto en un proceso deliberativo que supuestamente nos acerca a la verdad, sino más bien se parece a un ejercicio, más o menos efectivo, de recopilar argumentos para defender las premisas de nuestro grupo establecidas de antemano. Los psicólogos lo llaman «razonamiento motivado». Por eso resulta tan difícil convencer con argumentos racionales a personas que piensan distinto. Seguro que les sucede en las cenas con sus familiares: pueden predecir con altísimo grado de fiabilidad lo que su primo o cuñado pensará sobre una determinada cuestión…y también que cuando termine la comida seguirán sin estar de acuerdo.

El partidismo es otro tipo de expresión de nuestra identidad. Pero no es una identidad cualquiera. Como explica Ezra Klein en Why We’re Polarized, nuestro voto es una especie de «superidentidad» en la que se juntan muchas otras identidades que definen lo que somos. Nuestro voto habla más del barrio donde crecimos, de la música que escuchamos, de nuestra relación con la religión o de las lenguas que hablamos en casa, que de nuestras preferencias específicas contrastadas sobre diferentes políticas públicas específicas. Visto desde esa perspectiva, cambiar lo que somos o corregirlo es un proceso psicológico mucho más difícil de lo que a primera vista podría parecer. Llevado al extremo, cuando la política se convierte en el instrumento de expresión de nuestra identidad nacional, el proceso político se convierte inmediatamente en un diálogo de sordos. «La raó de tot: els meus», dice en su biografía de Twitter una conocida diputada nacionalista catalana. Contra eso poca deliberación cabe.

¿Pero qué ha cambiado para que ahora estemos más polarizados que antes? En Estados Unidos hace décadas que el Pew Research Center recopila datos para hacer seguimiento de la polarización. En las últimas décadas todos los indicadores han empeorado: el grado de rechazo al partido rival, el movimiento a posiciones más extremas, la homogeneización de las posiciones de uno y otro lado, la reducción del número de independientes y hasta el rechazo personal a los miembros de opciones políticas distintas. Por ejemplo, en 1960 el número de republicanos y demócratas que se sentiría disgustado si su hijo o hija se casara con un votante del partido rival era del 5% y 4% respectivamente. En 2010 ese porcentaje había subido al 49% de republicanos y 33% de demócratas.

En España tenemos muchos menos datos. Pero se observan al menos tres procesos. Como ha explicado Sandra León, en años recientes ha habido un aumento de lo que los politólogos llaman la «polarización afectiva», que consiste en cómo de distantes se sienten los ciudadanos de un partido determinado respecto a los del resto de partidos. También hay una creciente homogeneización de las posiciones dentro de los partidos y de los bloques (lo que en inglés llaman sorting). En el PP y PSOE los discursos moderados cotizan a la baja. Como ha señalado Elena Costas, la aparición de los nuevos partidos podría haber contribuido a ese proceso, puesto que el eje de la batalla de la competición política se ha movido del centro del tablero al centro de cada uno de los lados (como competidores en un modelo de Hotelling). Finalmente, se observa también una distancia ideológica creciente entre los electores según su preferencia por el modelo territorial. Este último punto, es en mi opinión, es el más importante para entender el problema de la polarización política en España.

Las razones del aumento de la polarización son muchas. Los investigadores estudian la influencia de las redes sociales, la menor responsabilidad editorial de los medios, los cambios demográficos, la creciente desigualdad regional o causas institucionales como el tipo de sistema electoral. Sin embargo, importan mucho las características específicas de cada contexto político.

Haidt habla del «interruptor de la colmena». Un determinado momento en el que una causa exógena hace que se resuciten y aviven nuestras emociones más primarias. Amy Chua, la Profesora de la Universidad de Yale, lo define de la siguiente manera en Political Tribes: «Cuando los grupos se sienten amenazados, se protegen en el tribalismo. Cierran filas, se vuelven más aislados, más defensivos, más castigadores, más “nosotros contra ellos”. Esa ansiedad se activa sobre todo en periodos de crisis. Cuando nos sentimos amenazados, necesitamos buscar explicaciones a lo que nos sucede. Y a menudo aparecen líderes que nos ofrecen un relato sencillo con un chivo expiatorio que podemos identificar fácilmente y al que podemos culpar de todos nuestros males. El otro».

Aquí va hipótesis para España: La última crisis activó el interruptor de la identidad nacional que se había mantenido semi-adormecido durante décadas, alcanzando su máxima expresión en el movimiento secesionista catalán. Puesto que ningún nacionalismo tiene el monopolio de las emociones, esa reacción nacionalista de un lado activó la amenaza al sentimiento nacional del otro lado. Y eso condicionó, en adelante, las estrategias políticas de todos los partidos moviendo el foco de la política española al eje identitario nacional y obligando a los partidos a posicionarse en ese eje. La moción de censura y el auge de Vox terminaron de hacer el resto. Con los electorados fuertemente polarizados en torno a la cuestión nacional, los acuerdos otrora posibles por en el eje ideológico, se convirtieron en más difíciles por razones identitarias. La batalla de rojos y azules estaba servida: el monstruo facha de las tres cabezas contra el socialismo bolivariano separatista. El partidismo convertido en una batalla más identitaria que nunca por la alineación de los dos ejes principales que mueven la política española.

Las consecuencias de la polarización son muchas. Todas malas. La confianza en las instituciones se deteriora, aumenta la crispación y los acuerdos se vuelven más difíciles. Pero sucede algo todavía más peligroso: se debilita la capacidad de los ciudadanos para distinguir las señales de la calidad de gestión del gobierno y ejercer, así, de contrapeso a los líderes. Esa es la conclusión a la que llega el politólogo de Yale Milan W. Svolik en una investigación reciente sobre el auge del populismo y el deterioro democrático, publicada en el Journal of Democracy: en sociedades polarizadas los electorados están dispuestos a intercambiar principios democráticos por intereses partidistas. En esos entornos, los líderes apelan solamente a los suyos, los ciudadanos se alejan entre sí en cámaras de eco partidistas, desaparecen las discusiones razonadas sobre políticas públicas y el debate público se subsume en una estéril cacofonía tribal de los míos contra los otros.

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¿Y cómo interacciona todo eso con una pandemia? Aquí va una segunda hipótesis: cuando las sociedades parten de altos niveles de polarización política, una crisis puede actuar como catalizador de las divisiones existentes. Y eso dificulta mucho la posibilidad de tener una respuesta efectiva. El caso más extremo es el de Estados Unidos en el que los datos muestran que la polarización está teniendo un efecto directo en el coste de vidas humanas. A mediados de marzo en EEUU mientras un 50% de demócratas se mostraban ya muy preocupados por el Covid19, solamente un 15% de Republicanos decía estar muy preocupado. Eso se tradujo en una movilidad física mucho más alta entre republicanos y también en una mortalidad más alta en Estados republicanos.

En países polarizados los gobernantes se sienten menos responsables de rendir cuentas ante la otra parte del electorado. El valor de lo que digan los medios de comunicación del otro se diluye, porque los tuyos no lo leen. Y eso te lleva a una espiral peligrosa en la que ambas partes tienen incentivos en avivar guerras culturales polarizantes: ya sea para camuflar la mala gestión o para movilizar a los tuyos contra el otro. Si eso sucede en el contexto de la crisis económica más grave y profunda en más de un siglo, la incapacidad de llegar a amplios acuerdos para la reconstrucción convierte a la polarización en un problema económico de primer orden.

Por suerte los humanos a lo largo de los últimos siglos hemos logrado reprimir las batallas intergrupales fratricidas de nuestros primos los chimpancés. Hemos logrado cooperar y eso nos ha permitido alcanzar cotas inimaginables de progreso. Sin embargo, nuestras tendencias tribales siguen fuertemente arraigadas en nuestro cerebro. En periodos de crisis, esas identidades tribales se acentúan. En España además se mezclan con una peligrosa alineación entre las identidades partidistas y nacionales, que acentúa la dinámica de bloques. En el contexto de una pandemia esa polarización es un virus casi tan peligroso como el propio virus que causa la enfermedad.