Aguas de primavera (1872), una historia de amor, de embrujo y posesión, rodeada de un enorme pesimismo romántico, es otra obra maestra de Iván S. Turguénev (1818-1883). Al modo de una comedia en la que los días sonríen a los personajes a medida que les pasan por encima, hasta que la pasión los expulsa de la realidad y los lleva a un lugar donde el tiempo parece detenerse, la novela tiene un tono, una franqueza y una economía narrativa que consigue que todos los hilos del relato se desplieguen armoniosamente hasta la conclusión.

En la nota preliminar, el traductor, Joaquín Fernández-Valdés, explica que Aguas de primavera parte de un episodio de la juventud del autor. Al volver a Rusia después de un viaje a Italia, Turguénev paró en Frankfurt, entró en una confitería y se encontró allí a una chica que pedía auxilio porque su hermano se había desmayado.

Lo que sucedió después es diferente de lo que ocurre en la novela, porque Turguénev decidió marcharse de la ciudad para frenar el flirteo iniciado con la chica; en cambio, el protagonista, un alter ego del autor, un hombre que quiere arreglarlo todo y que todo lo estropea, un ser ingenioso pero vacío y sin ningún sentido práctico, incapaz de llevar a cabo ninguno de sus proyectos, dotado de un talento que no sabe gobernar y que lo empuja hacia la miseria y la frustración, se enamora de Gemma Rosselli, la chica de la confitería: a los novelistas les resulta útil incluir una imagen despectiva de sí mismos para ganar perspectiva y liberar a la historia de la tentación de la sensiblería o de la confusión de la introspección. El mundo de Turguénev, dijo André Maurois, es pequeño, pero, precisamente por haber tenido el valor de limitar su universo a lo que observaba, es uno de los raros novelistas que no ha mentido casi nunca.

Debe ser por esta razón por la que Aguas de primavera irradia tanto vigor y equilibrio. Dmitri Pávlovich Sanin tiene cincuenta y dos años, es soltero, pertenece a la novela provinciana y, a la una y pico de la madrugada, llega a su casa después de haber asistido a una de aquellas veladas que tan frecuentes son en la narrativa rusa del XIX: unas damas bellas e instruidas, y unos caballeros inteligentes y entendidos, todos convencidos de que el sonido de las palabras es un arma eficaz para abolir el aburrimiento —suelen dominar el arte dialéctico hasta la exuberancia—, habrán hablado y discutido con inmodestia y entusiasmo acerca de unos asuntos que poca relación tienen con la administración de sus tierras, con su familia, con su futuro, con ninguna cuestión práctica en general; es más probable que las conversaciones hayan versado malévolamente sobre algún funcionario ingenuo y ridículo, sobre el prematuro envejecimiento de una antigua seductora, sobre las virtudes de un forastero prometedor, o quizá sobre la última novela francesa de moda leída por el anfitrión.

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