Simon Kuper acabó su libro sobre el Barça (el mejor que se ha escrito sobre el club, lástima de la traducción) con la elección de Joan Laporta por segunda vez como presidente. Mientras no se ponga Kuper de nuevo manos a la obra, la continuación de la historia la tendremos que escribir los otros. La estrategia laportiana de recuperación deportiva y financiera del club se puede caracterizar por el concepto de «gambling for resurrection», o apostarlo todo (en una decisión que sería irracional en cualquier otro contexto) a la resurrección deportiva, dejando para más adelante el saneamiento financiero de la entidad, de acuerdo con una reflexión que hizo el economista Xavier Vives en un artículo en La Vanguardia.

La apuesta (premiada este año con la reelección) de momento no le ha salido mal, gracias a la fertilidad permanente de la Masía y al fichaje de Hansi Flick, uno de los pocos entrenadores en el mundo del fútbol que marca la diferencia y que, además, tiene buena imagen. Flick ha supuesto dejar de mirar al pasado glorioso del club (Koeman, Xavi) y mirar hacia el futuro y de nuevo hacia el talento extranjero (en este caso, un pool notable de entrenadores alemanes que ha introducido innovaciones los últimos años, igual que los entrenadores holandeses introdujeron innovaciones en los años 60 y 70), talento que a menudo ha dado buenos resultados a la entidad cuando se ha combinado bien con talento local.

El entrenador actual del Barça es probablemente el primer técnico que hace un uso estratégico de la tecnología del VAR, recurriendo sistemáticamente a la táctica del fuera de juego, a pesar de las críticas puntuales que recibe por practicar un estilo supuestamente demasiado arriesgado (críticas que, como buen líder que cree en lo que hace, no parece que le causen ningún efecto).

Una de las paradojas del mundo del fútbol es que las limitaciones financieras del Barça, que le han impedido, de acuerdo con la reglamentación vigente, ir al mercado de fichajes con normalidad, han servido de «camisa de fuerza» o mecanismo de compromiso (atado al palo mayor mientras oye el canto de las sirenas), para obligarlo a mirar hacia la Masía, y sacar el máximo partido de unos activos que, cuando se puede ir con normalidad al mercado de fichajes, quizás son lo último que se mira (pero que tienen una calidad indudable, por razones que van mucho más allá de Joan Laporta). Otra cosa es que todo esto sirva para ganar la Champions League. De momento no, pero, al menos, el equipo ha dejado de hacer el ridículo en Europa.

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La duda razonable es si la recuperación deportiva precederá y permitirá la recuperación financiera de la entidad, en un contexto caracterizado por la globalización del capital.

La duda razonable es si la recuperación deportiva precederá y permitirá la recuperación financiera de la entidad, en un contexto caracterizado por la globalización del capital, también en el mundo del deporte. Primero se globalizó el factor trabajo, con la sentencia Bosman de los años 90, y la globalización de la propiedad de los clubes ha venido después, con más lentitud, pero con un impacto notable en el éxito de clubes como el Manchester City o el PSG. Clubes propiedad total o parcial de los socios, como el Barça, el Real Madrid o los clubes alemanes, conviven y compiten con clubes con bolsillos prácticamente sin fondo, o con posibilidades de levantar fondos de fortunas de cualquier parte del mundo.

 

Islas de poder no lucrativo

El fútbol refleja la economía y la geopolítica global y, por lo tanto, en la medida en que es el deporte más exitoso y globalizado, se ve afectado por la combinación de la interconexión de las relaciones económicas, la fragmentación política y, al mismo, tiempo la globalización de la gobernanza privada del fútbol. Esta gobernanza privada (con la FIFA en lo alto) tiene paralelos con la gobernanza de los clubes propiedad de los socios: son islas de poder jurídicamente no lucrativo, contratando con sectores ilimitadamente lucrativos.

En el caso de la FIFA, es la estructura que gobierna el deporte más exitoso, unificado y globalizado, repartiendo de forma clientelista los beneficios de un sistema en el cual los costes a menudo son cargados a los contribuyentes de los países que organizan grandes campeonatos como los mundiales de fútbol. Clubes como el Barça, en este sistema globalizado en que el objetivo del club no es maximizar beneficios, sino maximizar títulos, tienen que recurrir a la deuda bancaria o a vender ingresos a entidades no siempre transparentes que acabarán teniendo poder en las decisiones a medio y largo plazo.

En este sentido, el «gambling for resurrection» del Barça ha ido acompañado de un relajamiento de las normas de gobernanza de la entidad, que quizás no se darían, por ejemplo, en una sociedad que cotizara en bolsa (modelo que no solo tiene ventajas, sino que también tiene inconvenientes para los clubes deportivos). De todos modos, esta relajación de la gobernanza no necesariamente tiene que ir acompañada de una falta de éxito en el objetivo principal del club (el éxito deportivo), porque el éxito no siempre va acompañado de la pureza gestora en nuestra sociedad. Aunque el Barça sea legalmente una entidad no lucrativa, sus directivos (que no cobran un salario por el tiempo que dedican a la entidad) y personas que se relacionan con él, tienen todo tipo de oportunidades para llegar a acuerdos más o menos transparentes con entidades lucrativas, como intermediarios, proveedores, patrocinadores, medios de comunicación, etc.

Las relaciones entre dirigentes deportivos y agentes de futbolistas hacen que el control y la propiedad en el modelo de club propiedad de los socios no siempre estén muy alineados.

Todos estos potenciales «contratistas» se mueven, en el mundo del fútbol, en una industria caracterizada por la globalización económica y la fragmentación política, y, por lo tanto, por el sálvese quien pueda. A lo largo de la historia, hay numerosos ejemplos de entidades públicas, privadas e intermedias que han presentado problemas graves de gobernanza (y en casos extremos, de corrupción) y que han tenido un éxito enorme en sus objetivos. A veces el éxito atrae el vicio.

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Barcelona Districte 4.0. Anticipem el què, el com i l'on de la reinvenció

Las relaciones entre dirigentes deportivos y agentes de futbolistas hacen que el control y la propiedad en el modelo de club propiedad de los socios no siempre estén muy alineados. Igual que los grandes bancos son too big to fail (demasiado grandes para quebrar), los grandes clubes deportivos son too important to fail (demasiado importantes para quebrar), y por tanto existe la noción implícita de que los problemas financieros de las entidades se pueden mantener de forma prolongada en el tiempo, bajo el supuesto de que el socio, o en última instancia el contribuyente (pero no los gestores o directivos), acabará pagando las consecuencias.

 

Nuevos formatos competitivos

En los próximos años seguirá habiendo cambios en el mundo del fútbol. Los temores sobre su potencial caída de popularidad ante la competencia por la atención de las generaciones más jóvenes se han demostrado hasta ahora infundados. En realidad, la industria del fútbol se sigue expandiendo, y los formatos competitivos irán respondiendo a la existencia de una demanda enorme y que todavía puede crecer especialmente en regiones del mundo donde el fútbol todavía es minoritario. Por eso proliferan nuevos formatos competitivos o se alargan los actuales con mundiales de clubes, mundiales de 48 selecciones o supercopas con 4 equipos.

¿El dominio de las competiciones de clubes por parte de un sistema balcanizado de ligas nacionales es eficiente? La respuesta inmediata es que no.

La fracasada Superliga europea, liderada por Florentino Pérez con el apoyo del Barça en buena parte de su recorrido, era un intento por parte de los clubes europeos de apropiarse de una parte más grande que la actual de las potenciales ganancias de este mercado creciente. Pero de momento, las grandes federaciones internacionales (la UEFA y la FIFA) están ganando la batalla. La Superliga fracasó al intentar dar respuesta a una pregunta que, no obstante, era adecuada: ¿el dominio de las competiciones de clubes por parte de un sistema balcanizado de ligas nacionales es eficiente? La respuesta inmediata es que no, pero es un sistema muy resistente y la construcción de una alternativa se tiene que hacer con una ingeniería, unos equilibrios y una narrativa que no están al alcance de operadores del siglo pasado como el Sr. Pérez. Pero un sistema que dé más peso (y no solo entre semana) a los enfrentamientos entre los grandes clubes europeos podría recoger mucho dinero que ahora está encima de la mesa (con la tecnología y la demanda existentes) y que no captura nadie.

 

Ahorrarnos el ridículo

En definitiva, el Barça se irá situando mejor o peor en este mundo de intereses y sentimientos que es el fútbol, en un contexto de cambios tecnológicos y geopolíticos que afectan a todos los sectores económicos e institucionales. A pesar de que no tenemos que esperar ninguna correlación positiva entre éxito deportivo, o eventualmente económico, y buena gobernanza, sí que al menos seria de esperar, por parte de aquellas instituciones sociales preocupadas por el futuro democrático de la humanidad (gobiernos, medios de comunicación), más presión para que el fútbol en conjunto no se ponga en manos de intereses autocráticos.

Ha sido lamentable en este sentido que la FIFA, que siempre que ha podido ha usado su poder para imponerse a la soberanía de gobiernos democráticos, haya sucumbido a los cantos de sirena de Trump, e incluso se erigiera en sustituta de la institución que otorga el Premio Nobel de la Paz. Como aficionados al deporte más excitante, sabemos que tendremos que tragarnos muchos sapos, pero si nos pudiéramos ahorrar el ridículo, mejor.