Un libro es un espejo a lo largo de un camino; algo así decía Stendhal. Y a medida que andamos, van apareciendo historias durante el paseo por nuestro camino: cada vez que hay un punto y aparte el libro tiene que coger un nuevo aliento. Mi camino en la escritura (periodística) aparece a caballo entre el siglo pasado y este. Vi caer las Torres Gemelas desde el sofá de casa, pero, en cambio, cuando el siglo empezó a acelerar de verdad, mi carrera periodística estaba levantando el vuelo y en 2008 cubrí la caída de Lehman Brothers en primera línea, desde Nueva York.

2008 es un empacho geopolítico: es el principio del fin del enamoramiento entre los Estados Unidos y la globalización, el final de la discreción de China con aquellos Juegos Olímpicos, la crisis de la Organización Mundial del Comercio, la invasión de Gaza por parte de Israel y de Georgia por parte de Rusia y, por supuesto, el arranque de la Gran Recesión, la crisis de nuestras vidas, y de la década perdida de Europa, y el impulso de los etnonacionalismos que solemos tildar de ultraderecha neofascista o postfascista o vete a saber qué.

 

Escribir largo

Durante mis viajes por la geografía de la crisis (Grecia, Irlanda, Portugal, Chipre y una corresponsalía en Bruselas maravillosa y dificilísima) fui acumulando libretas y lecturas, y un gusano al estómago, las ganas de escribir un primer ensayo de un cronista letraherido-flaneur-noctívago. Hacia el 2015, Miguel Aguilar me invitó a comer en Barcelona con mi querido Javier Cercas: Aguilar me propuso escribir un libro sobre Europa y Cercas me prometió prorrogarlo. Dije que sí, pero fue que no: siempre he pensado que los periodistas que escriben libros no hacen bien su trabajo. Cuando acabó la corresponsalía empezaron los trabajos de gestión: jefe de Nacional, mamma mia, y director adjunto de El País, mamma mia de mi corazón. Pero cuando salí de la dirección del diario vi la oportunidad: no quería convertirme en un jarrón chino, que molesta lo pongan donde lo pongan, y me prometí ponerme a escribir largo.

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