«La historia del capitalismo, resulta indudable, es un relato de horror». Lo escribía en 2014, dos años antes de que Donald Trump llegara al poder por primera vez, Nick Land, filósofo maldito y principal teórico de la filosofía aceleracionista. Para adentrarnos en sus concepciones nos fijaremos en dos textos bastante breves, los dos publicados en 2014, Teleoplexy: Notes on Acceleration y Abstract Horror, que circulan por nuestro país en traducción castellana de Ramiro Sanchiz, publicados en el volumen Teleoplexia. Ensayos sobre aceleracionismo y horror, que publicó Holobionte Ediciones en 2021.
Lo primero que hay que decir sobre las tesis de Nick Land es que llevan directamente a posicionamientos ultraconservadores o de extrema derecha. El mismo Nick Land, que no escribe nada sustancialmente diferente en su etapa inicial en la Universidad de Warwick durante los años noventa que en su segunda época, ya instalado en Shanghái, no ha dudado en apadrinar la hegemonía política más extremista desde las redes sociales, especialmente Twitter. El objetivo de este artículo consiste en demostrar que los diagnósticos de Nick Land coinciden con el despliegue de los planteamientos políticos trumpistas y conspiranoicos y con la hegemonía imperial desterritorializada empujada por los tecnooligarcas y los gurús de la ideología californiana. En la última parte exploraremos alternativas a este estado de la cuestión no especialmente esperanzador.
El capitalismo, decíamos, es el protagonista de una historia global de horror. Pero, ¿qué es el horror?, se plantean tanto Nick Land como su discípulo de izquierdas más célebre, Mark Fisher. Según Land, el Horror no puede ser otra cosa que un principio inexorable que proviene de un exterior radical. Y esto es lo que vendría a ser la teleoplexia, es decir, el dominio capitalista: una fuerza de sumisión totalmente incontrolable, irrefrenable, absoluta y que, además, acelera.
Land señala que Marx ya había prefigurado y asumido el pensamiento aceleracioncita cuando escribió que la fase librecambista del capitalismo aceleraría el absolutismo de clase y, por lo tanto, su ruptura posterior en manos de la clase obrera. Podríamos añadir que Marx también describió fenómenos aceleracionistas cuando describió extensamente la naturaleza de la alienación de los burgueses, es decir, la propia sumisión de los propietarios de los medios de producción. Mientras los burgueses estaban obligados a vivir en la moral burguesa, Marx reconocía también que el librecambismo empeoraría las condiciones de vida de los obreros y que, por lo tanto, aceleraría la llegada de la Revolución. Marx, según esta interpretación, era aceleracionista cuando se declaraba partidario del librecambismo económico. Por lo tanto, la primera conclusión es la siguiente: el aceleracionismo no es una escuela ética ni una metafísica concreta, sino que busca ser una mera descripción factual de la Modernidad entendida como despliegue del dominio capitalista.





