En los últimos tiempos, ya es un tópico decir que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Atribuida casi siempre a Mark Fisher, que la desarrolló ampliamente --aunque podría tener también su origen en la obra de Slavoj Zizek o Fredric Jameson—, tal afirmación podría estar incluso un poco desfasada, sobre todo en un contexto en el que el propio fin del mundo se ha convertido igualmente en una mercancía, casi en una banalidad con la que tratamos a diario y que, por lo tanto, ya es muy fácil imaginar.
¿Y qué decir del «capitalismo», ese constructo multiuso que ha cambiado mil veces de forma y significado, que se ha convertido en una cáscara vacía? ¿Se puede calificar de «capitalista» un mundo gobernado por Trump y Netanyahu, cuya estructura se inspira más en la que rige las castas mafiosas que en cualquier sistema político o económico conocido?
Las dudas desaparecen cuando nos olvidamos de Platón y descendemos del mundo de las ideas al mundo sensible para apercibirnos de que, en realidad, no se trata de dos universos distintos sino de uno solo: el mundo del dinero y del trabajo es el único que rige nuestras vidas. ¿Hay alternativa, como preguntarían los émulos contemporáneos de Fisher o Zizek? Dos películas recientes intentan responder a esa pregunta de formas muy diferentes, en realidad opuestas. El diablo viste de Prada 2 lo justifica todo con tal de mantener el statu quo, esa máxima gatopardesca que el cine de Hollywood parece estar haciendo suya en los últimos tiempos.
El propio fin del mundo se ha convertido igualmente en una mercancía, casi en una banalidad con la que tratamos a diario.
En cambio, Pizza Movies propone otros modelos de supervivencia, alternativas ya no a la falta, sino a la imposibilidad de la imaginación que parece estar imponiendo eso que algunos llaman el «nuevo orden». Y se trata también, por supuesto, de enfrentar dos maneras por completo divergentes de entender el cine.





