Página tras página, mientras avanzamos en El que sabia la Maisie (1897), experimentamos unas impresiones que no sabemos fijar y describir con exactitud, como si el modo de hacer de Henry James (Nueva York, 1843-Londres, 1916) —ese escrupuloso insinuar sin decir, encarcelado en una espiral perturbada de circunloquios, esa inclinación a discurrir entre medias tintas y con unos matices tan tenues que a menudo nos hacen pensar que tan solo son fruto de nuestra imaginación, este novelar que parece escurrirse con demasiada delicadeza sobre alguna cosa que por alguna razón no puede ser demasiado explícita—, nos inculcara la convicción de que no somos lo bastante competentes para llegar al fondo del asunto que se va desplegando parsimoniosamente ante nuestros ojos, como si no fuéramos lo bastante sagaces para entender un argumento tirando a trivial y más bien tragicómico que, en un principio, no brindaría ningún tipo de complejidad insalvable.

Un matrimonio londinense, que desde el primer instante había convertido su vida de casados en «una oportunidad continuada para la bronca», se divorcia lleno de rencores mutuos, y el resultado más crucial del litigio, a causa de unas intrincadas cuestiones económicas, es que Maisie, su hija de seis años, pasará medio año con cada progenitor. Enseguida nos enteramos de los rumores, y sus ecos, que ocasionan en las amistades del padre y en las amistades de la madre las nuevas circunstancias de la pareja, como si se contemplaran unos imponderables sociales inéditos y abundantes en jugosos chismorreos, ya que la custodia de la niña les sirve para encarnizarse entre sí con un ímpetu despiadado.

Pero Henry James no seria quien es, el novelista excepcional que no teme nunca a adentrarse en lo inexplicable, si no cediera a la tentación y no tratara de dar otra vuelta de tuerca argumental para dotar a El que sabia la Maisie de una tensión que no siempre es fácil de elucidar. Hasta ahora tenemos a un padre y una madre que si querían a la niña «no era por el bien que le podían hacer, sino por el mal que, con su ayuda involuntaria, podían hacerse el uno al otro»; hasta ahora nos hemos limitado a intuir qué deben estar haciendo los padres y a seguir qué ve y qué no ve Maisie, qué no comprende y qué comprende a su manera en los trasfondos laberínticos de los anhelos y las pasiones de los otros, su «miedo tímido de no poderse creer del todo lo que le decían».

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