En septiembre de 1936, el mismo año en que se publica Esdeveniments en la irrealitat immediata, Mihail Sebastian viaja de Bucarest a Roman, en la actual Moldavia, para visitar durante un par de días al autor, su amigo Max Blecher (1909-1938), y, a la vuelta, en el dietario que lleva anota lo siguiente: «Me voy abatido, exhausto (…) ¿Volveré a tener el valor de quejarme de algo jamás? ¿La desvergüenza de tener caprichos, de estar malhumorado o irritado? Él vive íntimamente con la muerte. No la muerte abstracta, nebulosa y a largo plazo. Es su propia muerte, concreta, precisa y determinada, y que conoce en todos sus detalles, como si fuera un objeto. ¿Qué le da valor para vivir? ¿Qué lo sostiene? Ni siquiera está desesperado (…) En varias ocasiones, al mirarlo, estuve a punto de ponerme a llorar. Por la noche lo oí gemir y gritar en su habitación, y noté que en la casa había alguien más aparte de nosotros, alguien que era la muerte, el destino, no sé quién».
Nacidos en la intersección, aparentemente incongruente, entre los hechos biográficos y el exclusivo triunfo literario, los escritores míticos como Max Blecher fascinan porque en el fondo sugieren que la experiencia vivida, y las capacidades creativas que se nutren de ella, no siempre se corresponden con nuestras expectativas sobre cómo una vida puede estar marcada y delimitada por sus circunstancias.
Max Blecher vio alterado el curso de su existencia en 1928, cuando el diagnóstico de una tuberculosis de columna vertebral lo condenó al viacrucis de recorrer un sanatorio tras otro, al calvario de pasarse hasta el día de su muerte postrado en la cama e inmovilizado por una faja de yeso mientras aguantaba el suplicio lancinante del deterioro de su cuerpo: bajo el yugo de tal tormento, ¿cómo pudo escribir tres libros casi perfectos? Pues seguramente gracias a lo que en Corazones cicatrizados (1937), novela basada en su estancia en un sanatorio de Normandía, llama el «aprendizaje de la enfermedad», una actitud que no consiste en la descripción meticulosa del dolor –una presencia irrefutable y fundamental, sin duda–, ni en la queja feroz contra la mala suerte y el sufrimiento físico, sino en ver y tratar su mal como una vía de acceso a un mundo grotesco, melancólico y fugaz, agriamente bello incluso, que le modela la sensibilidad de una manera singular y a menudo incómoda –¿no interpretan así la realidad los escritores?–, como si fuera la entrada a un mundo que le imposibilita el retorno a la cotidianeidad habitada anteriormente y que le impide «curarse» de la forma de sentir, mirar y pensar en qué se ha iniciado, escapar de su «madriguera iluminada», para usar el título de la tercera y última novela que escribió, acabada poco antes de morir. Como Kafka con su tuberculosis pulmonar, Max Blecher también hubiera podido hablar de aferrarse a la enfermedad como un niño a los pliegues de la falda de su madre e imaginarse la batalla verbal librada entre el cerebro y la parte averiada del cuerpo.





