Quizá no sea una casualidad que Amarga Navidad, la última película de Pedro Almodóvar, se haya estrenado al mismo tiempo que Torrente presidente, la sexta parte de la saga de Santiago Segura, pues hay una estrategia que comparten: la aparición más o menos breve de figuras o personajes públicos, que desempeñan papeles muy menores en la trama, a veces incluso fugaces. Y ahí están para demostrarlo Rossy de Palma o Carmen Machi, la cantante Amaia o la modelo Nieves Álvarez, en el caso de Almodóvar; o cómicos trash como Cañita Brava o el Señor Barragán, y dudosas celebridades televisivas como el Pequeño Nicolás o Kiko Rivera, o incluso Alec Baldwyn o Kevin Spacey, en el film de Segura.
Esta técnica del collage, de inspiración claramente pop, crea una deriva estética común a ambas películas. Pero, por supuesto, ahí acaban los parecidos. Mientras Segura utiliza esos cuerpos extraños al film para asegurarse la complicidad de la audiencia, Almodóvar los inscribe en un tejido textual mucho más complejo que incluye reflexiones sobre esas mismas operaciones de ensamblaje. Amarga Navidad, entre otras cosas, demuestra que el cine de su responsable máximo ha llegado a un punto en el que ya no podrá sobrevivir si no muestra impúdicamente sus propias tripas, los modos según los cuales ha funcionado siempre pero también los misteriosos caminos en que –de un tiempo a esta parte— ha decidido hacerlos visibles.
Por mi parte, prefiero este Almodóvar inquieto y temeroso de sí mismo al esteta autocomplaciente y bromista de su primera época. Me interesa mucho más el cineasta que duda y se interroga sobre su modus operandi que el que se recrea en eso que se ha venido en llamar «lo almodovariano». En este sentido, Amarga Navidad se sitúa en la estela de Los abrazos rotos (2009), La piel que habito (2011) o Dolor y gloria (2019), pero no se trata de hablar de «procesos de creación», de pensar el propio oficio de cineasta, blablablá: en el último film de Almodóvar, la escritura se convierte en un personaje más, si no el personaje principal; la película está hecha con su carne y con su sangre, lo cual demuestra que las tiene.





