A las dos peligrosas guerras que ya están en marcha en Ucrania y Oriente Medio, se añaden las nuevas amenazas que van tomando cada vez más fuerza en el creciente desorden mundial. Xi Jinping, el presidente chino, habló de ellas sin tapujos a mitad de mayo en su solemne cumbre con Donald Trump en Beijing, refiriéndose concretamente a la que tiene más cerca y más le interesa, alrededor de la isla de Taiwán. Según sus declaraciones, en torno al estatus disputado de la antigua isla de Formosa se concentra el mayor potencial para desencadenar una crisis bélica de grandes dimensiones entre Estados Unidos y la República Popular China. Sería la primera guerra del siglo XXI entre dos superpotencias, superando en peligrosidad a las dos grandes guerras ya en curso, en las que están implicadas una superpotencia cada una, Rusia en la guerra contra Ucrania y Estados Unidos, aliado con Israel, en la guerra regional contra la República Islámica de Irán.
En las grandes guerras no se juega tan sólo un contencioso o una rivalidad local, sino la configuración de un nuevo orden, que es como mínimo regional. Tratándose de superpotencias globales, con frecuencia entran en disputa elementos fundamentales del orden mundial. Este es el caso de la guerra de Ucrania, en la que se dirimen los límites de un imperio territorial expansionista y agresivo como el ruso y al mismo tiempo el protagonismo global de la Unión Europea y su capacidad de absorción de nuevas democracias dentro de su imperio optativo, pacífico y normativo. En Oriente Medio, en cambio, pugnan un conjunto de fuerzas multipolares fuertemente armadas para ocupar el espacio que todavía Estados Unidos no ha abandonado en su política de repliegue estratégico dentro del continente americano.
Las dos guerras en curso y la tercera que amenaza corresponden, respectivamente, a un imperio como Rusia que quiere recuperar espacios perdidos, otra como Estados Unidos que quiere desprenderse de compromisos internacionales y un tercero como China que quiere expandirse por la geografía que considera adecuada a su historia milenaria y su actual fuerza. Los tres imperios son ahora revisionistas respecto al orden mundial, con mayor visibilidad en el caso de Rusia y Estados Unidos, dado que China, que aparenta reivindicar el orden y las instituciones internacionales, lo hace para asegurar una cierta estabilidad global y la expansión que considera natural en su espacio geográfico inmediato. De este impulso se deriva la intensa ocupación y militarización de islotes y arrecifes en el Mar Meridional de China y su irredentismo radical respecto a Taiwán, considerada como parte inseparable del territorio nacional.





