Se atribuye al general de Gaulle una respuesta ocurrente a una pregunta relativa a cómo pintaba el futuro por aquel entonces (en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado). «No soy madame Soleil», contestó el presidente de Francia. Madame Soleil era una conocida adivina, pitonisa, tiradora de cartas o un batiburrillo de lo anterior. Se non è vero, è ben trovato, porque vislumbrar el futuro, aunque sea el más inmediato, es un reto con todos los números para no acertar. Pero el desbarajuste trumpiano, China on fire, el desafío de Vladímir Putin a Europa, la emergencia climática y el cambio inaplazable de la transición energética, la revolución de la inteligencia artificial, la soberbia de los tecno-oligarcas de Silicon Valley, el ascenso de la extrema derecha, y un montón de factores más inducen a reconsiderar lo que se puede ver dentro de una hipotética bola de cristal o en los posos de té de una taza cuando nos preguntamos qué nos espera en cuatro días (es un decir).

Algunas respuestas son muy inquietantes. Timothy Snyder, profesor de la Universidad de Toronto, ve el horizonte cada vez más negro, cree que Estados Unidos ha decidido suicidarse y pone en primerísimo plano la negación del cambio climático y la hostilidad de Donald Trump hacia el mundo académico al negarlo para subvencionar las energías fósiles y favorecer a la industria extractiva (petróleo y gas). Pero he aquí que Synder recuerda un hecho poco discutible: «Las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las demás fracasan». La visión de futuro de Snyder no es fruto de una especie de pesimismo agustiniano, sino de un realismo basado en pruebas y en un dato definitivo: «La idea del Estado como un servicio para los ultrarricos es incompatible con ganar guerras –se refiere a Irán– o con mantener los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna».

El conocido como Consenso de Londres, resultado o conclusión del trabajo de cincuenta prestigiosos economistas reunidos el año pasado para la London School of Economics va por el mismo camino: hay que corregir las estrategias de crecimiento y desarrollo productivo, la sostenibilidad y la inclusión social. En cambio, no tiene ni pies ni cabeza pensar en una especie de restitución del statu quo conocido hasta el primer mandato de Trump. Ni la sensación de desaceleración de la economía ni el crecimiento exponencial de las desigualdades tienen remedio sin cambios sistémicos profundos. Entonces aparece en la pantalla de la CNN un personaje como Stephen Miller, asesor de Trump, y dice: «Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre tratados internacionales y todo lo demás, pero es un mundo gobernado por la fuerza, la imposición y el poder. Estas son las leyes de hierro desde que el mundo es mundo».

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